15 diciembre, 2025

¡Gracias, Padre!

Al padre José Giner lo conocí hace muchos años, y desde entonces cuento con la bendición de su amistad.

En el año 2014, un grupo de peregrinos viajamos a Tierra Santa. El padre Giner fue con nosotros; nos acompañó también el padre José Marroquín (+). Fue una peregrinación inolvidable, y no solo por la parte espiritual y turística. El grupo vivió algunas experiencias impredecibles, como por ejemplo, un bombardeo en medio del Viacrucis.

Un hecho gracioso ocurrió cuando estuvimos en la tierra de Zaqueo, la ciudad de Jericó. Zaqueo era un personaje bíblico que vivía en la ciudad de Jericó y trabajaba como recaudador de impuestos. Era muy rico, pero también odiado por muchas personas porque cobraba impuestos de manera injusta, aprovechándose de los demás.

Cuando Jesús fue a Jericó, Zaqueo procuraba ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. Fue corriendo y se subió a un árbol sicómoro para verle, porque el Señor iba a pasar por allí.

Ese día, cuando visitamos Jericó, los sacerdotes ofrecieron una misa justo en el lugar bíblico. Luego de la celebración, el padre Giner trepó el árbol que estaba ahí y dijo: “Yo soy Zaqueo”, haciendo referencia a su baja estatura. Ante tal ocurrencia, algunos del grupo aprovechamos para tomarle unas buenas fotos.

Guardo en mi corazón el momento cuando visitamos el lugar de la crucifixión de Jesús. Es un sitio algo estrecho, en el cual hay que agacharse para introducir la mano y tocar el sitio donde estuvo la cruz de Cristo. Cuando llegó el turno del padre Giner, él nos pidió a mi esposo y a mí nuestros anillos de matrimonio, los unió a su alianza de sacerdote y con eso en su mano tocó el lugar sagrado.

El padre Giner ingresó al Opus Dei a los 18 años. Estuvo en Roma unos cuatro años, hasta que san Josemaría le pidió, en una tertulia —de las que compartían a menudo—, que viniera al Ecuador. Le dijo: “Piénsalo, Papé”. Y el padre Giner contestó: “No tengo que pensar, iré a Ecuador”. Desde entonces ha adoptado al Ecuador como su patria. Llegó al país a los 24 años, y en este 2025 cumple 70 años de sacerdote y de vivir aquí. Le encantan la comida ecuatoriana, los paisajes de la sierra y la gente de la costa.

Del padre Giner es admirable su buena salud, su habitual alegría y su solícita presencia en todo lugar. Puedo conversar con él de cualquier tema; nada lo espanta, ni siquiera mis novelas —las cuales, me dijo, ha leído todas—.

El padre Giner come poco, hace ejercicio físico de manera regular, duerme a las 11 y descansa siete horas diarias. Desayuna de forma saludable, no come dulces ni bebe alcohol. Si le preguntan si prefiere paella o ceviche, responde sin dudar: “Ceviche”.

En su familia son cinco hermanos: una hermana monja, dos curas y dos laicos. Una de sus mayores alegrías es su sobrina vietnamita, a quien bautizó.

Nació en Barcelona, España. Habla cinco idiomas; su libro favorito es El Principito y el pasaje bíblico que más le gusta es el de La mujer adúltera, porque en él podemos ver claramente la amorosa misericordia de Dios.

Una vez lo visité antes de hacer un viaje y le conté de mi miedo a los aviones. Entonces me puso de tarea leer Vuelo nocturno, de Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito. Fue una excelente recomendación. Cuando estoy en un avión, suelo recordar las peripecias de Saint-Exupéry y me siento más tranquila.

Pero no todo ha sido una vida feliz para el padre Giner. A los 59 años tuvo una depresión grave y estuvo dos años fuera del Ecuador; tuvo que volver a España para su tratamiento. Más allá de la depresión, estar lejos del país era lo que más le afectaba. Fue una gran alegría para él cuando le dieron el alta y pudo volver.

Gran jugador de tenis —ya casi no lo practica—, pero aún juega ping-pong. El fútbol no le apasiona, pero sus equipos favoritos son el Barcelona de España y el de Ecuador.

Hace poco lo visité en su casa, a propósito de su doble aniversario, porque conversar con él es siempre agradable y motivador. Como sabe que me gusta leer, me mostró todos los libros que compró en la FIL-Gye y me permitió tomar una foto, ya que me admiré de algunos autores que vi ahí.

Antes de despedirme, le pedí un consejo y me respondió: “Siempre deja una puerta abierta para los hijos; acéptalos y ámalos tal cual son”.

El padre Giner no lo sabe, pero uno de los piropos más lindos que me han dicho, me lo dijo él: “Hijita, eres una amiga fiel”.

¡Gracias, padre!

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