Estaba un hombre sentado en su trono personal,
sin poder concluir su objetivo principal.
Horas pasaba sentado, sin poder caminar,
tampoco se podía bañar,
mientras las horas pasaban, ni acostarse a dormir.
Ningún médico podía curar a este enfermo especial,
que cada día ganaba peso sin comer,
pues la grasa se acumulaba en su vientre magistral.
Un día salió a caminar, y sin más, se curó.
Así suele pasar a quien no se ejercita
y prefiere utilizar su carro particular.
El estreñido feliz se volvió a enamorar,
pero primero le preguntó a su nueva prometida
si sufría de estreñimiento.
Y esta le contestó: “Sí, pero me curé”.
“Hoy soy un hombre feliz”, dijo el estreñido,
“sufrí muchos años este mal, pero me curé.
Todavía recuerdo el dolor de esos años pasados
que no puedo olvidar.
Si te miras en este espejo, no te olvides de caminar;
al cielo te irás, sin este síntoma infernal.”
