Cuando uno es pequeño y en casa siempre escucha expresiones como: “Fulanita, hay que arreglar la ropa de los niños, que esté bien planchada y ordenada”. “Zutanita, que las maletas de los niños estén limpias, hay que empezar a guardar ropa porque pronto salimos de viaje”.
Esas palabras te van marcando en la vida y se vuelven muy importantes.
Eso me ocurrió a mí. Me acostumbré a escuchar esas frases cuando se terminaban las clases y mis hermanos salían de vacaciones. Yo, en esa época, todavía no estudiaba porque era la menor; apenas contaba con dos años, por lo tanto no tenía nada que ver con lo que mis padres planeaban.
A mí me fascinaba viajar, por lo tanto era feliz. La primera vez que viajé lo recuerdo claramente: me sentí muy feliz.
La primera ciudad que visité fue Cuenca, una ciudad hermosa. Para mí lo más lindo era el parque al que mamá me llevaba siempre a jugar con mi hermano: el parque Abdón Calderón.
Conocí también el río Tomebamba, que en esa época era un río hermoso. Se lo observaba desde un puente que quedaba sobre él. Desde allí, al mirar hacia abajo, se contemplaban unas piedras inmensas que invitaban a sentarse en ellas. A la edad que yo tenía, me parecían espectaculares.
Íbamos siempre a Cuenca porque mi padre tenía familiares allí, y además porque era muy linda. Hoy está todavía más hermosa.
También viajábamos por la costa, que era maravillosa. Manabí era muy lindo y su gente muy amable; allí vivían unos parientes de papá.
Antes de llegar a Quito visitábamos diferentes ciudades como Riobamba y Ambato. En Quito terminaba el viaje, ya que mi padre era quiteño y teníamos familiares.
Así pasé parte de mi infancia y adolescencia: siempre viajando en las vacaciones.
Cuando la juventud tocó mi puerta, ese infantil deseo de salir de mi Ecuador se convirtió en una norma de vida. Sentía un fuerte anhelo de viajar y conocer otros países.
Recuerdo que cuando iba a cumplir 15 años, papá me preguntó: “¿Te gustaría ir a visitar a tu hermano a Santiago de Chile?”. Me quedé sin palabras, y apenas alcancé a responder: “Sí, papá. ¿Y cuándo sería ese viaje?”. “En septiembre”, me contestó.
En ese entonces yo cursaba el tercer año de Humanidades Modernas en el Colegio Inmaculada Concepción.
Y así fue: cuando cumplí quince años realicé mi primer viaje lejos de mi querido Ecuador. Viajé en un barco italiano muy hermoso, llamado Américo Vespucio, con gente muy educada, hasta la ciudad de Santiago de Chile.
Después de dos días de viaje llegamos al puerto de Callao, el principal del Perú. Recuerdo que no bajé porque sentí cierto recelo: llegamos de noche.
Continuamos, y cuatro días después llegamos al puerto de Valparaíso, en Chile, donde nos esperaba mi hermano mayor. Mi padre lo había enviado a estudiar allí cuando yo apenas tenía ocho años, por lo que casi no nos conocíamos. La llegada fue hermosa: abrazos y lágrimas que aún recuerdo.
Después de una semana en alta mar, llegar a tierra firme fue fabuloso. Con mi hermano visitamos Viña del Mar. Conocí el casino, muy elegante, y paseé en carroza tirada por cuatro caballos. Fue increíble.
Luego viajamos a Santiago. ¡Qué encanto de ciudad! La gente era muy amable y culta. Conocí muchos lugares hermosos donde uno se sentía feliz.
Un sitio que debes visitar es el cerro San Cristóbal, lugar de peregrinación. También es encantador hacer una excursión de un día completo al Cajón del Maipo, donde se contemplan paisajes muy lindos, como el túnel de Tinoco, y se recorren pueblos tradicionales como El Canelo, El Manzano y El Melocotón.
La ciudad tenía un toque especial. Recuerdo que ciertos días de la semana se presentaban orquestas sinfónicas en el famoso Parque Italia a partir de las 8 p.m. Allí escuché música clásica de Chaikovski, Beethoven, Debussy y Chopin. Por primera vez disfruté de los tres Claros de Luna de Debussy, Beethoven y Chopin. Fue una noche llena de estrellas y de música maravillosa.
En esa época también asistí a la presentación de una banda de rock: Bill Haley y sus Cometas, en un teatro ubicado en Huérfanos y Ahumada. Fue hermosísimo. Los jóvenes usábamos zapatillas especiales de color rojo para bailar rock and roll en la calle. ¡Fue algo inaudito!
Viví casi un año y medio en Santiago.
Luego regresé al Ecuador en un barco inglés llamado La Perla del Pacífico. El regreso fue muy lindo, pero a la vez muy triste para mí. Hubiera deseado que el tiempo se detuviera en la bella ciudad de Santiago de Chile.

Me encanta ese artículo. Me recuerdo mucho por mis primeros viajes de Ecuador. Visite Baños de Agua santa, Cuenca, Salinas y Quito. (Disculpe por mi español, no es mi idioma materna).
Viajar enriquece y nos abre la mente.
Hermoso relato, lo más lindo es viajar y conocer otras culturas.