Conversando con mi amiga Karyna sobre nuestros hijos, recordé una experiencia que marcó mi vida como madre.
A veces, la vida nos sorprende en los lugares menos esperados. Como madres, solemos creer que sabemos lo que es mejor para nuestros hijos: actividades, disciplina, deporte, estructura… hasta que ellos nos muestran que su verdadera esencia va por otro camino.
Tres hermanos, un mismo rumbo… ¿o no?
Soy mamá de tres hijos varones. Desde pequeños procuraba que estuvieran unidos, compartiendo deportes como básquet, tenis o fútbol. Era mi manera de mantenerlos activos y juntos.
Pero un día, Luis, mi hijo menor, con tan solo diez años, me pidió algo distinto:
—Mami, quiero estudiar pintura.
Mi respuesta fue inmediata, casi automática:
—No, pintura no. O básquet, tenis o fútbol.
Aunque su rostro se entristeció, no lo comprendí en ese momento.
El inicio de un nuevo camino
Con el apoyo de su papá, finalmente lo inscribimos en clases de pintura. Comenzó en octubre, practicando con modelos sencillos. No imaginaba lo que se estaba gestando allí.
El 28 de abril siguiente se organizó su primera exposición, justo en el cumpleaños número 90 de mi abuelita. Dejé a su hermano Ignacio para que lo acompañara y yo me dediqué a organizar la reunión familiar.
La sorpresa que me cambió como madre
Cuando llegué a la exposición, me encontré con una escena que jamás olvidaré: Luis había ganado el segundo lugar con su cuadro de peras. Le entregaron una medalla y un diploma. Allí entendí que había cometido un error al no escucharlo desde el principio.
Pero lo más importante fue lo que ocurrió después. Esa sorpresa me cambió la vida: me convertí en su manager. Comencé a inscribirlo en varias exposiciones junto a artistas reconocidos en Venezuela, como Bladimir Zabaleta. Siempre era el más pequeño en la sala, pero su talento destacaba.
Más adelante, lo inscribí en un curso en el Museo de Arte de Fort Lauderdale, en Florida, donde pasó un mes aprendiendo técnicas de carboncillo y pintura de rostros, además de salir a la naturaleza para plasmar paisajes en sus lienzos.
Al finalizar, recibí un correo que me llenó de orgullo: dos de sus cuadros habían sido seleccionados para una exposición. Ese reconocimiento internacional confirmó lo que ya intuía: el arte no solo era un pasatiempo para él, era una vocación.
¡La lección aprendida!
Esa experiencia me enseñó que nuestros hijos no vienen a cumplir nuestras expectativas, sino a mostrarnos su propio camino. Como padres, nuestra labor no es imponer, sino acompañar, escuchar y confiar en sus pasiones.
Cuando les damos alas, ellos nos muestran hasta dónde pueden volar.
Escuchar sus voces, confiar en sus inclinaciones y acompañarlos en sus pasiones puede ser el regalo más grande que les demos.
Mi compromiso como coach
Hoy, desde mi experiencia como madre y como coach, he creado herramientas para acompañar a los padres en el desafío de apoyar a sus hijos en sus sueños. Porque cada niño merece que alguien crea en él, y cada padre necesita recursos para aprender a escuchar, confiar y acompañarlos.

Me encantó!!!
Gracias Pau!!
Me fascinó
Lo voy a compartir.
Tan bella ! Gracias
Muy buenooo