7 marzo, 2026

No saludadora 

Mi esposo es un “saludador” empedernido: puede ver a una persona a kilómetros de distancia y hará todo lo posible por saludarla. Yo, en cambio, soy una “no saludadora”. Dicen que los polos opuestos se atraen.
Me he quejado mucho con mi marido porque hay personas que conozco y no saludan. Él me responde: “¿Por qué no los saludas tú primero?” En ese momento aparece el ego, de la mano de un toque infantil, que me hace pensar: “¿Por qué tengo que ser yo la que da el primer paso?”
Al mismo tiempo, y como método de protección, decido volverme una “no saludadora”. Sin embargo, confieso que en muchas ocasiones puede haber despistes y también influye un problema de visión que tengo en mi ojo izquierdo. Pero eso es aparte. Lo que sí me puse a pensar es en cómo nos creamos una coraza para no sentirnos lastimados o rechazados.
También es cierto que hay personas que no merecen nuestro saludo, y miles más a las que realmente no conocemos. Recuerdo que hace algunos años, mientras me bañaba, inventaba en mi cabeza las batallas o aclaraciones más potentes que tendría con un tipo que habló mal de mí. Pasaron los años y, cuando llegó el momento de toparnos, él me saludó con los brazos abiertos y una gran sonrisa.
Me quedé sin piso, sin batalla, sin palabras. Y me di cuenta de que me había creado una historieta yo sola. Pensé en el mal negocio en el que mi cabeza me había metido. Y entendí que me quedaría como lección para toda la vida.
Hace unos días me topé con un familiar y su nueva pareja. No supe cómo actuar y evité saludar. Estaba nerviosa. Ese momento me hizo reflexionar, porque entendí que a veces las emociones nos ganan, y es parte de la vida. Es una bella invitación a no tomarnos tan en serio las cosas y recordar que no somos el centro del universo.
Algo bueno que nos dejó el Covid-19 fue esta costumbre de saludar con el puño, la mano o la cabeza. Tampoco estamos para prestarle nuestra mejilla a media humanidad, sin mencionar los virus y bacterias que podemos evitar.
Un buen gesto, una sonrisa o un “hola, ¿cómo estás?” puede cambiarle el día a cualquiera.

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