El US Open, último Grand Slam del año, probó un nuevo formato con apenas 16 parejas invitadas por la USTA para los dobles mixtos. Los participantes, principalmente singlistas, produjeron todo un show tenístico y un éxito rotundo de taquilla. Las expectativas individuales de la mayoría de sus participantes, empero, probablemente tuvieron una mayor correlación con el entretenimiento que con la competición en sí, sometiendo la evolución del tenis a un insostenible rédito económico.
Las exigencias físicas del tenis y un calendario de competencias sin descansos para nada propician, al contrario de lo que sucedía en el pasado, la actuación de grandes tenistas indistintamente en singles y dobles. Con un evidente superior desgaste, la longevidad tenística está por tanto considerablemente asociada con los dobles, y no con los singles, incluso por los extendidos ingresos económicos para aquellos fuera del ranking de los mejores 150 singlistas de la ATP.
Está probado que el discrecionalmente minimalista formato en dobles mixtos, por el reducido cuadro de competidores y marcadores con sets cortos y definiciones en super tie-breaks, llena estadios, pero no premia a una gran masa de tenistas con superiores niveles de compromisos individuales en sus propias pirámides de excelencias: talento, entrenamiento y disciplina, dentro y fuera de canchas. En conclusión, el tenis, junto con su rendimiento económico, debe buscar el máximo nivel de competición al mayor retorno posible en aras del espectáculo. Lo contrario no es sustentable.
