«Una amenaza silenciosa para la democracia»
En los países de América Latina, la política siempre ha sido una cuestión de pasiones, se ha visto envuelta de marchas y ahora, se le suma también las redes sociales que se han convertido en escenarios de fervor y exagerada confrontación, la ciudadanía se moviliza, discute y defiende a sus líderes con una fuerza que, en ocasiones, roza la devoción religiosa, ya que, hemos dejado de tener representantes del pueblo, para ahora escoger ¨mesías salvadores¨. Sin embargo, cuando esa pasión lamentablemente se transforma en fanatismo, ese riesgo no sólo afecta a la convivencia social, sino a la democracia misma.
El fanatismo político no olvidemos que en la región tiene raíces profundas; la historia de caudillos, dictaduras y populismos dejó como herencia la idea de que el líder lo es todo y las instituciones muy poco o casi nada; así, muchos ciudadanos depositan su confianza ciega en figuras carismáticas que prometen redención, mientras desconfían de los organismos de control, la prensa independiente y los contrapesos democráticos.
El resultado es una peligrosa y profunda polarización, los simpatizantes no toleran la crítica, pues quien cuestiona al “mesías salvador” es tachado de traidor, antipatriota o enemigo del pueblo. Sin dudarlo ni por un segundo, las redes sociales amplifican este fenómeno, convirtiéndose en trincheras de peleas, insultos y desinformación; ya en un plano cotidiano, vemos que el fanatismo divide familias, fractura amistades y deteriora la posibilidad de diálogo social.
Las consecuencias son evidentes, vemos que la corrupción se justifica, el abuso de poder se normaliza y las instituciones se debilitan, incluso en algunos países, se celebra más la voluntad de un líder que el respeto a la ley; el ciudadano se convierte en seguidor fiel y no en fiscalizador crítico, lo que facilita que los gobiernos (de cualquier signo ideológico) gobiernen con poca rendición de cuentas.
Superar esta dinámica no significa renunciar a la pasión política, que es parte de la identidad latinoamericana; más bien significa, aprender a canalizarla hacia la construcción colectiva, la educación cívica, el fortalecimiento de instituciones independientes y la promoción de un debate plural.
La democracia no muere de un golpe, sino de pequeñas concesiones al fanatismo y en una región marcada por la desigualdad y la búsqueda de líderes salvadores, el reto es claro, debemos dejar de ver a la política como un acto de fe y empezar a asumirla como un ejercicio ciudadano de responsabilidad y crítica; es fundamental recordar que tenemos como pueblo, los gobernantes para los que nos alcanza.

Gran artículo! Ahora mi pregunta es, si en Ecuador la política ya es casi religión, será que algún día la educación recibirá aunque sea media oración? Porque en Ecuador y en latinoamérica en general los gobiernos prefieren un pueblo apasionado, pero no educado. Así jamás levantaremos el debate ni saldremos del tercermundismo.