18 febrero, 2026

Las alegrías más alegres

Hay alegrías que no pueden explicarse así nomás. Porque no son de este mundo. O al menos, no del mundo de las vidrieras, los números ni los reels. Son de otro mundo. Uno donde Dios se agacha. 

Las alegrías más alegres no hacen ruido. No necesitan bombos, ni fuegos artificiales. Aparecen en casas humildes, en cuartos donde el dolor ya dejó huella, en familias que aprendieron a sostenerse sin saber cómo. Aparecen como un perfume caro que nadie compró, pero que alguien dejó abierto. Y de pronto, todo huele distinto. 

No son alegrías de esas que la gente espera –ni viajes, ni celulares nuevos, ni likes. Estas son otras. Son las que se meten en medio de la tormenta, y en vez de calmarla, la abrazan. Son esas que llegan cuando alguien ya no puede más…y algo, alguien, en algún lado, responde. 

Y entonces entendés. Que Dios no se fue. Que Dios no está lejos. Que Dios, a veces, entra en una casa con forma de cama. Y se queda ahí. Silencioso. Presente. Como un suspiro que sostiene. Como una mano que no suelta. 

Otras veces entra en una olla llena. 

Con una enfermera que se queda un rato más. 

Con un vecino que toca el timbre y dice: “Yo me encargo”. 

Con un mensaje que llega justo a tiempo cuando se está por apagar la fe. 

Con una manta tejida por alguien que no conoce, pero ama igual. 

Con un abrazo que no cura el cuerpo, pero sana todo lo demás. 

Dios se cuela por rendijas. Se esconde en lo chico. Se deja ver en lo invisible 

Y cuando aparece, esas son las alegrías más alegres. 

Las que hacen que el corazón se ensanche. Y el alma, por fin, ser ría.

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