Pongamos en contexto el tema: en varios corrillos de la oposición al régimen de Noboa se afirma que Ecuador mantiene una crisis económica, de gobernabilidad y de lucha contra las bandas delincuenciales y el narcotráfico, sin resultados ni precedentes. Se denuncia que el presidente Noboa no gobierna, sino que lo hace el grupo de Noboa y sus asesores desde Washington, quienes preparan leyes que producen golpes de efecto que solo tratan de solucionar los problemas de los políticos y de sus empresas, y no de los ecuatorianos.
Mi respuesta es la siguiente: esos rumores responden a una crítica recurrente en muchos países, donde se sospecha que intereses externos o grupos empresariales influyen en la política nacional para proteger sus propios beneficios. En el caso de Ecuador, por su nacimiento en EE. UU. y la relación con el régimen de EE. UU., así como por la aceptación de los condicionamientos o ajustes del FMI en relación con empréstitos que incrementan la deuda pública interna y externa, esos rumores circulan como falsos positivos que terminan afectando al país.
En otras palabras, esta desconfianza alimenta la sensación de que las leyes de emergencia económica y las medidas tomadas buscan más mantener el poder o favorecer a ciertos sectores, y no resolver los problemas reales de la mayoría de la población ecuatoriana.
Lo cierto es que el país enfrenta retos profundos en varios frentes, como la inseguridad vinculada a bandas delincuenciales y al narcotráfico, y que las soluciones no han logrado resultados contundentes hasta ahora. En mi opinión, para que Ecuador pueda salir de esta crisis se necesita transparencia en la gestión pública, un compromiso genuino con la justicia social y una participación activa de la ciudadanía para exigir rendición de cuentas.
También es fundamental que las políticas se enfoquen en atender las causas estructurales de la violencia y la desigualdad, y no solo en medidas paliativas que beneficien a unos pocos. Finalmente, es importante no perder la esperanza ni la capacidad crítica, pues la democracia se fortalece cuando la sociedad vigila y demanda un gobierno que realmente trabaje por el bienestar colectivo, y no por intereses personales o corporativos.
