Un país en el que la justicia y los jueces han perdido la confianza ciudadana es un país al borde del abismo.
En nuestro país, por desgracia, los escándalos en los que se conoce están involucrados jueces que han sido cooptados por las bandas criminales y por capos del narcotráfico se han generalizado; el descrédito a los abogados, el repudio a los magistrados corruptos y no a profesionales del derecho y a jueces honestos e incorruptibles.
Lo ideal sería que los servidores judiciales y profesionales del derecho gocen de la admiración, confianza y respeto por su compromiso moral y ético con su responsabilidad asumida.
Igualmente, debe respetarse la autonomía de las funciones del Estado, uno de los principios más importantes de un país democrático, en el que el gobernante haga respetar la Constitución y sus leyes, siendo dicho gobernante el primero en dar ejemplo.
El estadista que gobierna con sabiduría tiene en sus manos las leyes y el monopolio de la fuerza para ser utilizadas para que una sociedad se desarrolle en paz y armonía.
Es oportuno recordar al filósofo Blaise Pascal, cuando advierte que “la justicia sin la fuerza es impotente y que la fuerza sin justicia es tiránica”. “Es preciso —agrega Pascal— unir la fuerza y la justicia, y para ello hacer que lo que sea justo sea fuerte o que lo que sea fuerte sea justo”.
