El riesgo de mantener a funcionarios correístas en el gobierno actual
En momentos en donde el país necesita transformaciones profundas y un nuevo rumbo político, resulta de carácter urgente analizar con responsabilidad las decisiones que se toman desde el poder; una de las más delicadas (y quizás la menos debatida) es la permanencia o reincorporación de exfuncionarios vinculados al correísmo dentro de las estructuras del gobierno actual. Esta práctica, lejos de representar una apertura o inclusión, amenaza con diluir la posibilidad de un cambio real y perpetuar lógicas de poder, corrupción y clientelismo que el país ya ha sufrido con dolorosas consecuencias.
Hablar del correísmo no es solo referirse a una corriente ideológica, es hablar de un proyecto político que gobernó con prácticas autoritarias, concentración de poder, persecución judicial, opacidad en la administración pública y escándalos de corrupción a gran escala, que como ustedes y yo sabemos, hasta el día de hoy se mantienen; mantener a sus operadores políticos dentro del aparato estatal implica una contradicción directa con cualquier narrativa de renovación democrática y recuperación institucional.
Uno de los pilares de cualquier verdadero cambio es la coherencia, no se puede construir un nuevo modelo de gestión pública con parte de las manos que estructuraron el anterior; aquellos funcionarios que fueron parte activa (o incluso cómplices pasivos) de un modelo caduco no pueden ser protagonistas del cambio. No se trata de caer en revanchismos, sino de terminar de comprender que la confianza ciudadana no se recupera con reciclaje político, sino con nuevas figuras, nuevas ideas y nuevas formas de hacer gobierno.
Hoy más que nunca, la ciudadanía exige no sólo resultados, sino también señales claras de que se está rompiendo con el pasado; y, una de las señales más contundentes sería una depuración ética y política del aparato estatal en su totalidad, en donde se resalte una renovación del funcionariado que apueste por la técnica, la honestidad, la vocación de servicio y el compromiso democrático, y no por cuotas políticas, pactos de conveniencia o equilibrios de poder ficticios.
El Ecuador merece un gobierno que sepa leer el momento histórico por el que estamos atravesando, que entienda que la gobernabilidad no se alcanza sumando viejos actores, sino construyendo legitimidad desde la diferencia, desde la transparencia y desde el compromiso con un pacto social. Mantener a correístas en funciones claves no es una muestra de tolerancia o de madurez política; es una señal de debilidad, de falta de visión o peor aún se puede prestar para que el pueblo la interprete como una complicidad silenciosa.
Si el actual gobierno realmente quiere construir un nuevo país, debe empezar por soltar el lastre del pasado; y, eso implica decirle no, sin ambigüedades, a la permanencia de funcionarios correístas en cargos estratégicos.
No es un asunto de ideologías, sino de principios y de amor al país.

De acuerdo