La cultura de la pobreza ha llegado a Ecuador como un castigo divino. Nació como una teoría que acosa al mundo. Algunos estudios serios nos advierten que la pobreza es el resultado de los valores o las normas culturales de las personas. Según esta teoría, las personas pobres tienen valores culturales diferentes a los de la sociedad en general, lo que perpetúa su condición de pobreza a través de las generaciones.
Y surge la pregunta: ¿por qué es tan difícil superar la situación de desigualdad en el mundo?
Las razones no son exclusivamente económicas. Las desigualdades entre ricos y pobres no son solo una diferencia de poder adquisitivo, sino que traen consigo una diferenciada conciencia cultural que no hace más que acrecentar la brecha que nos separa.
En esta oportunidad haremos un breve recorrido por los países latinos, donde las amarras, candados o peajes constitucionales van minando las economías de tierras bendecidas, pero mal administradas. Un continente rebosante de recursos naturales, cultura, historia y diversidad, que lleva décadas arrastrando una pobreza que parece cíclica o eterna.
¿Por qué países tan ricos en minerales, petróleo y aun talentos humanos como Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Bolivia, Brasil, Paraguay y México vivimos en pobreza?
La respuesta es directa y frontal: corrupción e impunidad, y un sistema que premia al ladrón y castiga al honesto. Estos países tienen en común gobiernos que, en lugar de administrar para el pueblo, lo hacen para sus bolsillos. La política no es vista como un servicio público, sino como una vía rápida al enriquecimiento personal. En estos países latinos, la corrupción se ha infiltrado en todos los niveles de lo público y lo privado, desde los entes seccionales hasta los poderes del Estado, sin excepción.
México. Miles de millones de dólares se pierden cada año en contratos amañados, obras que nunca se terminan y funcionarios que saquean sin vergüenza, controlados por los carteles del narcotráfico y el narcolavado.
Colombia. El sistema de salud es un negocio de mafias políticas, la educación está politizada y los proyectos sociales se vuelven botines electorales, con un presidente con adicciones que destruye su propia salud mental.
Brasil. Desde el segundo mandato de Lula, crece la desaprobación del gobierno por los altos índices de pobreza y corrupción, con el caso Lava Jato que expuso un esquema de desvío de recursos millonarios en la empresa estatal Petrobras, con la participación de grandes constructoras, políticos y empresarios.
Perú. Expresidentes desfilan por tribunales por lavado de activos y sobornos de Odebrecht.
Bolivia. Los escándalos de corrupción afectan hasta empresas estatales y proyectos energéticos y mineros.
Paraguay. El clientelismo es ley y la justicia es selectiva.
Venezuela. La cleptocracia se convirtió en régimen. Un país que flota sobre petróleo y escasea hasta el papel higiénico.
Ecuador. Cada gobierno que entra parece estar destinado y enfocado a destruir lo poco que queda, sin construir algo nuevo, con leyes sorbete, con efecto placebo, como por ejemplo la Ley de Integridad Pública, llena de irregularidades e inconstitucionalidades de forma, que tapan la verdadera intencionalidad de buscar una reforma para la reelección indefinida.
Tenemos tantos candados constitucionales como poderes del Estado que debemos romper:
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Los mitos de los sectores estratégicos vetados a la inversión privada interna y a la inversión extranjera directa.
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La prohibición al arbitraje internacional, donde ningún inversor serio quiere arriesgar sus recursos en Ecuador.
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La prohibición del trabajo por horas, que condena a millones a la informalidad, mientras migran para trabajar por horas.
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Los gastos superfluos, donde el Estado se endeuda sin límites.
Todos estos riesgos confluyen hacia la desdolarización del país.
En mi opinión, la pobreza no es una consecuencia natural, es una estrategia. Un pueblo empobrecido es fácil de manipular. Con hambre, la dignidad se negocia. Las campañas políticas no se ganan con ideas, sino con fraudes escandalosos; se ganan con regalos, promesas vacías y billetes manchados del lavado de dinero. Se construyen puentes que se caen, crisis energéticas con riesgos de apagones, hospitales sin médicos, escuelas sin maestros.
Todo mientras los políticos se reparten las obras y contratos y viven como reyes. Y cuando alguien como yo intenta romper el ciclo y educar en políticas públicas, el sistema nos expulsa, nos persigue, nos aísla, nos criminaliza, porque el verdadero poder no quiere competencia ni transparencia. Se alimenta de la ignorancia, del miedo, y el pueblo se acostumbra a la nueva normalidad de la pobreza, donde la impunidad reina. En estos países, robar no tiene consecuencias: un político puede robar millones o terminar en una cárcel de lujo. La justicia castiga al pobre y protege al corrupto. El modelo económico impuesto se basa en exportar materias primas baratas y depender del mercado internacional. No hay industrialización real, no hay desarrollo de la tecnología y la ciencia.
Ver mi análisis sobre la Ley de Integridad Pública.
