Pongamos en contexto el tema. Muchas veces señalamos a EE. UU. como el causante de todos nuestros males, y cómo afectan las crisis de los países en guerra de la comunidad europea, como las de Ucrania/Rusia e Israel/Irán, con la escasa intervención de la OTAN, la ONU y la OEA. En mi opinión, la geopolítica debe reestructurarse como objetivo militar y político-social, porque está afectando a la desigualdad y a la inseguridad ciudadana, que alimentaron la crisis de Occidente y que se extiende a los países latinos como Ecuador, con voces más disonantes que predicen que se acerca el fin del capitalismo democrático en el mundo.
La geopolítica y la crisis democrática
A nivel geopolítico, los cambios en el mundo reflejan que la crisis de la democracia se pretende sustituir por el autoritarismo de EE. UU., Rusia, China y otros países. Esta situación es el resultado de múltiples factores, entre ellos:
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La disuasión estratégica de la «cúpula dorada», creada por Donald Trump, que comprende el diseño y ejecución de un sistema de defensa multicapa compuesto por misiles, antimisiles, redes de vigilancia satelital y computadoras de inteligencia artificial capaces de reaccionar ante amenazas de una guerra nuclear.
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Siempre tenemos la idea fija en nuestras mentes de que EE. UU. es el malo de la película en todas las guerras, y automáticamente nos produce menos confianza en que pueda dar solución a los problemas promovidos desde sus propios gobiernos, en temas como aranceles, política migratoria, intervencionismo militar y venta de armas, sin dejar de lado la gigantesca deuda que ahoga a los estadounidenses en una crisis económica sin precedentes.
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Las guerras, vengan de donde vengan, demuestran un rechazo a las instituciones democráticas, la pérdida de la ciudadanía, y la apropiación de los recursos naturales y energéticos para dominar el mundo, ya sea instalando bases militares, ideologizando a los pueblos o manipulando la información para ganar elecciones o imponer gobernantes títeres.
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La inseguridad cultural de segmentos importantes de la población en las economías desarrolladas repercute en América Latina, afectando a las economías de Venezuela, Colombia, Argentina, Perú, Ecuador, Bolivia, Cuba, Nicaragua, México, entre otros. Muchos de estos países enfrentan procesos electorales con la vieja política y liderazgos que se alinean a lo que sucede en el primer mundo, buscando salvavidas en la inversión extranjera de países asiáticos, tratando de fomentar acuerdos o tratados de libre comercio en medio de crisis energéticas y amenazas de apagones.
En ese contexto, se introducen reformas camufladas en la cultura organizacional del IESS, diluyendo los cambios de fondo en salud y pensiones por el costo político, sin un verdadero plan de emergencia que reforme las estructuras de la seguridad social. En su lugar, se limitan a cambiar funcionarios, muchos con conflictos de interés con el sector privado, y se acude nuevamente a préstamos de organismos internacionales que imponen condiciones leoninas.
Todo esto, en mi percepción, son señales de que estamos llegando al fin del «capitalismo democrático».
Esto, trasladado a la política de cambios implementados por el gobierno de Noboa, evidencia que en lo económico la globalización parece desempeñar un papel fundamental en el resurgimiento de un nacionalismo ecuatoriano disfrazado de tercera vía, que en la práctica está generando nuevas desigualdades, al permitir que las empresas evadan impuestos y no contribuyan a la creación de empleo.
Las dos últimas reformas de urgencia económica, sin el componente de consulta y socialización, tienen innumerables inconsistencias, en especial la Ley de Integridad Pública, que ha generado demandas de inconstitucionalidad y ha profundizado las tensiones en las instituciones y en la sociedad civil. Esta se siente en un estado de indefensión, con normas que se desafían ante la Corte Constitucional o mediante la difusión de ideas sueltas en internet, redes sociales y organismos de derechos humanos, que también son impugnados por su posicionamiento en defensa de grupos ilegales, influenciados por el narcotráfico y el narcolavado del sector minero, bancario y financiero sin control.
Todo esto lo analizo más a fondo en mi artículo publicado en la página web Desde mi Trinchera, titulado: Lo bueno, lo malo y lo feo de la Ley de Integridad Pública.
