En ningún caso quiero romantizar la maternidad.
Sin embargo, el otro día, conversando con una amiga, de mi boca salieron las siguientes palabras:
“Ser madre ha sido lo más importante que he hecho en mi vida.”
Y eso no significa que me haya abandonado, ni que haya dejado mis proyectos de lado.
Sin duda, sostener a un niño en el vientre durante nueve meses, traerlo al mundo, cuidarlo y protegerlo no es fácil.
A medida que van creciendo, la cosa se pone más chévere con sus descubrimientos y ocurrencias, pero, al mismo tiempo, el mundo en que vivimos está cada vez más jodido.
No todas las personas nacen para ser padres, y lo más importante que vayan a hacer en sus vidas podría estar relacionado con otras áreas. Así que dejemos también de presionar a quienes no quieren serlo, o que tal vez no pueden —aunque no lo sepamos.
Mi hijo ya tiene cinco años, y cada día llega a casa con alguna novedad.
Pero el otro día me sorprendió profundamente su capacidad de asombro, alegría y energía. Saltaba sobre el mueble y se carcajeaba mientras inventaba un mundo mágico. Al mismo tiempo, sus ojitos brillaban.
Yo no pude dejar de mirarlo y agradecer por ese momento.
Me pregunto: ¿por qué los adultos perdemos eso con tanta facilidad?
Vivimos en modo automático; la queja, el drama y el pago de facturas nos invaden.
¿Cómo volvemos a ese estado maravilloso donde la dicha nos sostiene?
Tal vez regresando a lo básico. Empezando por la respiración.
¿Nos hemos fijado en cómo dejamos de respirar y solo apretamos la mandíbula?
Sin duda, un acto heroico es volver a reconectar con esa parte de nosotros que se ha perdido.
La observación es otro medio muy poderoso: volver a pausar, sentir.
Hace unos días veía a mi hijo en sus olimpiadas, y no pude evitar conmoverme al escuchar el himno nacional.
¿Acaso es la edad?
Tal vez sea el paso del tiempo, el comenzar a ver las cosas con ojos de niño y dejarnos ser vulnerables.
Aprender de los errores sin tanta culpa, saber que no siempre vamos a tener el control… y que eso está bien.
