El ser humano es agente de cambio. Cambiamos desde pequeños, pero adoptamos con brevedad actos que nuestros observadores más cercanos nos enseñan, no necesariamente por lo que nos dicen, sino por lo que hacen. Pasa el tiempo, interrumpimos la tranquilidad del clima que nos vio nacer, para traer, con nuestro comportamiento, extraños hábitos que desde fuera nos hacen eco. Entonces empieza una mezcla extraña, de esas que te pasan en una fiesta tranqui y te hacen pasar al sillón más cercano, para gritar a cuatro vientos las pasiones más violentas que penetran tu cabeza. Solo querías ser libre…
El tiempo nos sigue consumiendo, y entramos a una etapa donde la libertad, la responsabilidad y la presión social se juntan. Debes empezar a tomar caminos, y cuidado si te desvías, pues los ojos de un gran observador, más la aprobación de una masa crítica, te están vigilando. Desean —como algún tipo de placer sexual— que no te salgas del camino que ellos siguen sin cuestionar desde hace más tiempo que el último campeonato mundial de la selección ecuatoriana. Cuidado, ellos solo desean una cosa: la post vida prometida.
Te das cuenta de que dentro de tus decisiones muchas personas han participado. Empiezas a buscar el momento en que tu personalidad se cruzó con tus gustos. Descubres que existen personajes escondidos que, sin querer, han intervenido en tu vida. O los agradeces, o los odias. En lo particular, agradezco. Seguramente en estos momentos esa persona se encuentra en el rincón de su estudio, mientras escribe su crítica social sin fin. Está ahí, sonriendo, sabiendo que siempre tuvo razón y que no tenía que gritar ni causar miedo. Sencillamente, demostraba que se puede ser virtuoso sin la necesidad de algún causal mágico inventado para portarnos bien.
Ahora que me siento, que me escapo un rato de lo cotidiano, escribo. Me he dado cuenta de que tengo algo de existencialismo mezclado con estoicismo. He comprendido que la vida no tiene sentido, que el sentido se lo damos nosotros. Pero para poder elegir darle sentido, debemos ser responsables de nuestras decisiones.
La única forma es elegir. Elegir por nuestra libertad. Y que nuestra libertad le dé pasión a este camino oscuro, para que cuando lleguen esas noches donde ya estés sentado sin nadie al lado, con todos tus seres queridos y conocidos huidos de la vida, puedas ver al techo sin hacer nada, pero sonriendo, diciéndote:
“Siempre elegí.”

Así es el tiempo nos obliga a tener responsabilidades y muchas veces cambiar nuestro pensamiento