La guerra Irán-Israel dejó claro que el fundamentalismo tiene intermitentes relevancias que no propenden a un promisorio futuro y que las armas atómicas se mantienen aún como último recurso. La incapacidad de Irán para atraer a Rusia hacia su disputa plasmó significativas tesis geopolíticas para un enfriado conflicto que no ha concluido, está apenas en pausa y con mecha corta.
El incontestable control de Putin sobre su pueblo no es conceptualmente ilimitado, aunque su fracaso con Ucrania no haya aún producido una sustancial pérdida de su poder, posición aunada por un Occidente sin políticas rotundas sobre la dimensión de un apoyo que requeriría $500 millardos para su reconstrucción. El destino ruso, empero, no se sostendrá ad infinitum en la voluntad de un solo individuo.
El rearme europeo, especialmente en armamento estratégico no convencional, está en marcha indistintamente de la postura de EU, fundamentada por ahora en la doctrina Trump. El gran ganador es China, cuyos recursos confluyen económicamente hacia países que sustentan sus intereses sin desgastarse en conflictos entre terceros.
La omnipotencia Trump podría concluir hacia las elecciones intermedias de 2026 sin que necesariamente se agote el conflicto interno y trascienda más todavía la guerra arancelaria. Existen por ahora dos actores, un belicista y otro egocéntrico, cuyos contragolpes reflejan un tensiómetro mundial marcado por acertijos. La estabilidad requiere también de cierta retórica que la pérdida de credibilidad no aporta a su consecución.
