10 febrero, 2026

Somos historias no diagnósticos

“En la esquina de la calle Pagano y Libertador, a dos cuadras del hospital, frente a una panadería que huele siempre a medialunas recién horneadas, está Lucía. Tiene cuarenta y cinco años y vende flores. Cada día, desde las seis de la mañana hasta bien entrada la noche, ofrece rosas, jazmines y margaritas a los transeúntes que apuran el paso rumbo al trabajo. Lucía solía ser maestra de primaria, pero la vida la llevó por otros caminos. Hoy tiene que repartir su tiempo entre las flores, atender a su hijo e ir a hacerse diálisis tres veces por semana. 

A unas cuadras de ahí, en un edificio antiguo de tres pisos sin ascensor, vive Tomás. Tiene veinticinco años y es músico. Pasa las tardes en su departamento componiendo canciones que hablan de amores perdidos y sueños encontrados. Sus vecinos a menudo se quejan del ruido, pero Tomás no puede evitarlo. Tomás lucha en silencio contra el trastorno bipolar, utilizando las notas y melodías como un refugio para sus emociones y para gritarle al mundo que nuestras vidas son más que las dificultades que enfrentamos. 

 En un café de barrio, con paredes decoradas con fotos en sepia de una ciudad que ya no existe, está Ana. Tiene sesenta años y es escritora. Cada mañana, antes de que el sol se asome, se sienta en la misma mesa junto a la ventana y escribe. Sus historias hablan de tiempos pasados, de amores imposibles y de personas que dejó atrás. Ana encontró en la escritura una forma de preservar su memoria, de mantener vivos los recuerdos que se niegan a desaparecer.  En su lucha contra el Alzheimer, las palabras son su ancla, su manera de mantener viva su esencia.”

Son historias, no diagnósticos. 

 

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