12 julio, 2024

¡Qué viene el lobo!

¡Qué viene el lobo, qué viene el lobo! Con esta conocida frase de un famoso cuento infantil se estuvo asustando a los franceses durante la última década con la posible llegada al poder de la denominada ultraderecha representada por la señora Marine Le Pen. Pero ¿qué hay de verdad en todo esto? 

Una respuesta que fuese a la vez honesta y objetiva sería la de que hay tanto de verdad como de mentira. Y es que el problema de fondo radica en el relativismo que las etiquetas con las que se suele encasillar a los políticos o a las agrupaciones a las que pertenecen no siempre corresponden a lo que dicen. Desde que un grupo de girondinos en pleno debate del proyecto de constitución que se desarrollaba en la Asamblea Nacional decidió en señal de apoyo sentarse en la bancada situada a la derecha del orador que acababa de hacer una propuesta favorable al rey, y los jacobinos, opositores en la de enfrente, es decir, la de la izquierda, las ideas y doctrinas políticas se han resumido y comprimido tanto que al final solo nos quedó como en una encrucijada el camino de la izquierda y el camino de la derecha, y aun cuando podemos encontrar esfuerzos para intentar mantener las ideas en el medio es inevitable, debido a esas clasificaciones que nos venden de la política similar a la de los productos de un supermercado, caer en alguna de las dos casillas anteriores. Lo único que cambia en estos casos es que ahora te señalan como de centro izquierda o de centro derecha. Otras categorías como republicanos, demócratas, liberales, conservadores o laboristas, tampoco se escapan de ser catalogadas como de izquierda o de derecha no importa que los gobiernos respectivos apliquen determinadas políticas públicas que individualmente consideradas pudieran ser calificadas bien como de izquierda o de derecha dependiendo del punto de vista utilizado para analizarlas, y es que muchas veces el personalismo del líder gobernante,  motivaciones políticas partidistas o electorales, o causas económicas y sociales específicas  hacen que esas líneas diferenciadoras se confundan. Creer que en la política actual un gobierno de derecha no toma decisiones que parecen copiadas de la izquierda o viceversa es engañarse. Solo dentro de un contexto de tiempo y lugar específico, y siempre con relación a otra ya existente, podríamos definir una determinada medida política como radical o extrema, pero aun así sería muy atrevido extender esa calificación al proponente y ponerle el marbete de radical o de extremista. 

En el siglo pasado la figura de la extrema izquierda salpicó a toda la América Latina y llenó las páginas de la prensa internacional. Era la época del revolucionario que iba a la montaña y también de la guerrilla urbana. El concepto de “extremista” cobró pleno significado desde el momento en que fue una forma de hacer política contra el sistema mediante el uso de la violencia y de las armas. No había dudas y todo el mundo entendía lo que significaba el término extrema izquierda. La pregunta que cualquiera podría hacerse es ¿por qué para calificar a la izquierda de ultra, hubo que esperar a que utilizará armas, mientras que a la derecha europea como la de Le Pen o Melloni se les tilda de una vez de extremista o ultra tan solo por lo que dicen? La palabra facha, tan de moda en España, se usa sin que la mayoría de las personas conozcan exactamente su significado histórico-político. Con el calificativo ultra equivalente a extremista ocurre algo parecido. Ambos son utilizados con el único propósito de denigrar, porque siempre es más fácil eso que debatir o intercambiar ideas. 

El expresidente Felipe González, un icono del socialismo democrático europeo, al referirse al tema del avance de la ultraderecha en Europa y en particular a la señora Melloni en Italia, dijo recientemente en un conocido programa radial, palabras más, palabras menos, que había que empezar a matizar y no lanzarse a despotricar, pues ella había moderado algunas de sus antiguas posiciones y había logrado estabilizar a Italia.  Una moderación de la que carece al parecer el resto de la izquierda española que desde su aparición en la escena política tachó a VOX, el partido presidido por Santiago Abascal, como de ultraderecha. En este punto la otra pregunta que cabe hacerse es ¿con qué calificativo habría que haber bautizado al partido Podemos, de Pablo Iglesias, si los de ultra o extrema izquierda le quedan cortos?

También la candidata Le Pen ha moderado mucho sus posiciones del pasado con respecto a algunos temas europeos que son de gran actualidad como la inmigración masiva y sin control auspiciada por la Unión Europea, la OTAN, el euro y la situación de los trabajadores franceses, entre otros, mientras que se mantiene firme en su postura frente al islamismo. Llamarla ultra no solo me parece exagerado, sino también inútil, porque a los franceses que votaron mayoritariamente por ella lo que en verdad les interesa no son las etiquetas del frasco, sino el contenido, y que como en Italia alguien les ofrezca soluciones concretas tanto a ellos como a sus familias.


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