16 julio, 2024

Pasajeros de Indias

En los siglos XVI y XVII embarcarse de España a América era algo más que una aventura. Entre tripulación y pasaje perfectamente podía superar 100  personas de las cuales 7 no legaban a destino, sus cadáveres se deslizaban por la borda en un saco  con un peso para que no floten. Una excepción a polvo eres y en polvo te convertirás. 

El puerto habilitado por la corona era Sevilla, allí se embarcaban las provisiones, los pasajeros con sus propios animales, pues flete no cubría la comida, pocos oficiales tenían camarotes, todos los demás iban apiñados en cubierta y protegían su espacio como los animales su territorio. 

La organización a bordo era piramidal, el Capitán o Contramaestre, debían mantener  el orden y disciplina, vigilar el rumbo, que  los aparejos estén bien conservados, disponer las reparaciones  necesarias, etc. 

Seguía el Piloto,  una persona instruida, tanto en letras como en matemáticas, pues va a manejar cartas e instrumentos de navegación náutica; luego el cirujano o barbero sangrador  así llamado  el médico; el fraile o cura responsable de misas, confesiones; el carpintero, no para hacer muebles, sino para reparar el barco  de madera,  encargado de corregir las filtraciones usando el calafate;  el Sastre, pues las  vela necesitaban un mantenimiento continuo,  es la propulsión de la nave; el escribano, llevaba  las cuentas de los gastos diarios de lo que se va consumiendo por lo que    anotaba todo y tenía la llave de las escotillas que daban acceso a la bodega;  los Marineros, este término definía a todos los  tripulantes a  órdenes  del contramaestre;  los grumetes, jóvenes de 16 a 20 años  aprendiendo el arte de navegar y servir como ayudantes en las maniobras ; finalmente  los pajes, jóvenes de 12 a 16 años dedicados  a la limpieza y al aseo de la cubierta usualmente llena de excrementos.

No habiendo como distanciar a los  enfermos de lepra, malaria, tifus o sarampión, el contagio era inevitable. Para las Cucarachas, chinches, pulgas, piojos, era agosto todo el año.

Dos alimentos claves el bizcocho y el vino, todos los demás alimentos y el agua se pudrían y dañaban durante el viaje, El biscocho es  decir bis de dos y cocho de cocido, dos veces cocidos que no eran dos veces sino  5 de manera de ir eliminando cada vez más agua, con lo cual evita que se deteriore, podría tener una duración a bordo de hasta dos años. Tenía que remojarse con vino para hacer  una sopa que se la llamaba mazamorra. 

Descomían en un hueco que había en popa con la nalga al aire, privacidad ninguna. El agua del mar hacía las veces de chorrito limpiador cuando salpicaba, cuentan los chismosos que los tiburones probaban bocado de las más nalgonas cuando el barco se escoraba.

La comida se cocinaba en un fogón en proa que se encendía en las mañanas y se apagaba enseguida pues  no podía quedar pavesa porque se incendiaba todo, las raciones de agua máximo dos litros por día.

Sin traer a colación ni partidos políticos, ni asambleístas, en ocasiones   las ratas fueron alimento muy buscado,  tanto que se pagaba hasta medio ducado por cada una de ellas. 

Higiene, sin baño dos a tres meses, vómitos por doquier, se cambiaban la camisa entre una o dos veces a la semana y de pantalón uno mensual.

Distracción: música con guitarras o flautas que servían también  para dar  órdenes. Se jugaban a las cartas y los dados, pese a que en el concilio efectuado en Aix en 1585 la Iglesia Católica  prohibió jugar cartas, dados o cualquier otro juego similar, e incluso estar como espectador. Usualmente habían entre  8 y 10 personas a bordo que sabían leer, lo hacían en voz alta para agradar al prójimo.

Peligros: el tiempo, ataques corsarios, buques enemigos, encallar, tormentas, accidentes, incendios por el fogón o por la pólvora. Se calcula que unos  700 barcos se hundieron entre los  siglos 16 y 17.

En caso de naufragio primero oficiales y tripulantes sanos y fuertes para mover remos, es decir los más útiles para sobrevivir, niños, ancianos y mujeres que esperen su reencarnación y aprendan a nadar.

Se acaban de ahorrar de leer algunos libros que narran de las costumbres de esa época.

¡De nada!

 

 

 

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