21 julio, 2024

La alondra que trina agravios

Sea de nacimiento o sea por adopción, por nacionalización, por circunstancias especiales o simplemente por conveniencia, el país acogedor merece respeto total. Ese mismo respeto lo merecen todos los connacionales, sea cual fuere su condición para considerarse tales. Si el país y su pueblo merecen respeto, ¿por qué no debería ser igual con sus símbolos patrios? En el caso de Ecuador, según el sacerdote jesuita Aurelio Espinosa Pólit, fundador de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, “la Patria es una realidad sensible y para ella nuestro amor ha inventado una triple representación sensible, un triple símbolo: la Bandera, el Escudo y el Himno Nacional”.

Dentro de la normativa vigente para el uso del Himno Nacional se determina la prohibición expresa de cantarlo “de forma estridente o en tono de burla”, constituyéndose este acto en “una falta muy grave” que recibe sanción. Para unos juristas es suficiente una disculpa pública, para otros pueden establecerse penas de prisión y multas, y entre quienes forman parte de organizaciones puntuales alrededor de “Los Símbolos de la Patria”, hay voces que llegan hasta pedir la “expulsión del país” cuando se trata de ciudadanos nacidos en otros países y que han cometido la falta de irrespetarlos.

Sigue cometiéndose el gravísimo error de creer que la libertad de expresión lo permite todo. No, no es así, porque no existe libertad infinita. Ni en los regímenes con la máxima puntuación de libertades existe esa posibilidad. La convivencia humana requiere de normas que deben acatarse. Hace pocos días una joven y conocida periodista extranjera, radicada en Ecuador desde muy tierna, con seguridad nacionalizada ecuatoriana, entregada en cuerpo y alma a la ideología política “sigloveintiunera”, para atacar al presidente de la República, como lo hace su idolatrado líder, hizo pública lo que calificó como “La canción de la semana”. Con guitarra en mano, con entonación musical distinta, cantó partes del Himno Nacional del Ecuador intercalándolas con furibundas diatribas contra el primer mandatario.

Para escudarse y defenderse dijo que ya que “se está hablando de cosas un poco absurdas” haría lo que hizo, sin que le faltare una flagrante contradicción cuando entonó: “Hasta cuándo vamos a dejar que el odio nos domine, debemos hacer algo para que esto termine”, y de inmediato lanzarse contra la “derecha”, sin darse cuenta que por su origen bien podría retornarse a Cuba y cantarle a la izquierda y a su gobierno que tanto le gustan. Allá, además, no correrá el riesgo de burlarse de su himno nacional ni de sus gobernantes, porque allí sí le va a ir muy mal y bien lo sabe.

Parafraseo a Espinosa Pólit y digo que El Himno Nacional es la Patria hecha canción, su letra y música tienen la virtud de conmovernos y enajenarnos, que “con justo fervor podemos llamar el salmo de la Patria”. Que nadie y menos una alondra atolondrada lo mancille con sus exabruptos cánticos políticos y llenos de veneno.

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