19 julio, 2024

Ayer como hoy, los “dueños de la historia” pretenden silenciar la verdad histórica

Hace aproximadamente 24 años tuve desagradable experiencia al conocer por primera vez la obsesión que tienen los quiteños, con las excepciones de rigor, de apoderarse de la narración de nuestra historia. A esa fecha ya tenía varios años investigando la historia de Ecuador, había comenzado estudiando la de las haciendas y exportadores de cacao. Desde las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, ese sector experimentó enormes transformaciones; me sirvieron para entender la historia de la banca en ese período. Por esa fecha escribí la historia del Banco de Descuento el cual había cerrado años atrás durante la administración del presidente León Febres Cordero.  Paralelamente recibí una llamada del director del departamento de cultura del Banco Central para invitarme a escribir un ensayo. A esa fecha la citada institución bancaria tenía una sección dedicada a la historia, arqueología y arte. La revista Cultura se publicaba tres veces al año y contenía entre 400 y 500 páginas cada una. La invitación fue muy oportuna, había terminado de escribir un estudio sobre las causas de la Revolución del 9 de julio de 1925. Mi ensayo era una versión totalmente diferente a la que consta en nuestros libros de historia. Los historiadores habían escrito que los productores, exportadores y banqueros guayaquileños fueron grandes especuladores del dólar, causantes de la espiral inflacionaria que ocasionó notable incremento en el costo de vida. También los hacían responsables por la matanza de noviembre, 1922 y de la Revolución Juliana, como se la denominó y que trajo la caída del presidente Gonzalo Córdova. Mi versión presentaba los mismos eventos pero ocasionados por causas muy diferentes y desmentía lo atribuido a ciertos personajes como Luis Napoleón Dillon, quiteño. El alza del costo de la vida se debió a la escasez de dólares, por la disminución del precio del cacao en el mercado internacional y luego por el inicio de las epidemias del mismo que representaba hasta 70% del total de las exportaciones. No era cierto que Dillon había sido el primero en proponer crear el Banco Central para entre otras causas, terminar con los bancos emisores. Muchas décadas atrás, desde el siglo XIX, primero Pedro Carbo y luego Antonio Flores Jijón habían planteado en la legislatura. En las primeras dos décadas, antes de que Dillon escribiera sobre el Banco Central, otros guayaquileños lo habían propuesto, incluyendo Víctor Emilio Estrada S. Dillon no estuvo atrás de los militares por buenas intenciones, sino porque él había querido hacer emisiones de billetes hipotecarios a través de La Internacional que había creado para ese propósito. Como el presidente Córdova le negó la solicitud, decidió vengarse. Con los militares que dieron el golpe de Estado, estuvo pocos meses como Ministro de Hacienda, renunció y su nombre dejó de ser noticia; un par de años después fallecía.

Regresando al tema central, entregué mi ensayo, pero hasta un par de meses después no se había publicado. Me asombró y llamé a averiguar. Hablé con Xavier Michelena director de la revista Cultura quien me indicó que por decisión del Consejo Editorial mi ensayo no se publicaría. A esa fecha escribía en la página de Opinión del diario El Telégrafo y la protesta se inició en mi columna. Hablé con el director del periódico para lograr más apoyo y se convirtiera en un asunto que atentaba contra Guayaquil. El director fue de gran ayuda; como consideré que necesitaba más respaldo de otros medios, visité a Galo Martínez Merchán, director de Expreso. A través de Carlos Julio Arosemena Monroy lo conocí. Me había informado que era gran lector, de varias horas al día. Buena señal. Le expresé lo sucedido y me brindó un apoyo que jamás me imaginé, casi dos páginas enteras, el 25 y 26 de septiembre de 1999. Mi protesta también la hice a través de la radio. Finalmente el Banco Central tuvo que publicar mi ensayo. Años después, mi ensayo se convertiría en el libro: Revolución Juliana, evento ignominioso en la Historia de Guayaquil. A medida que fui investigando la historia ecuatoriana me di cuenta de que había sido manipulada y durante los años que tuve mi columna de Opinión en Expreso, más la columna histórica en el  mismo diario, probé documentadamente la colosal manipulación de nuestra historia. Años atrás renuncié a la Academia Nacional de Historia a raíz de que en dos ocasiones libros publicados en Quito no habían mencionado el 9 de octubre.

Pocos años después Galo me invitó a escribir en su diario, lo hice por aproximadamente 15 años, hasta que falleció. Con él tuve cercana amistad, tenía gran conocimiento de la historia ecuatoriana, que lo llevó a fundar Memorias Porteñas, suplemento dedicado a la historia de Guayaquil y la costa. Actualmente hay muy pocos lectores como fue Galo, el interés por la historia se ha perdido en las élites guayaquileñas. Los pocos buenos historiadores, por la edad, desaparecerán en pocos años. No hay quien siga.



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2 comentarios

  1. Agradezco al historiador guayaquileño Guillermo Arosemena por sus relatos basados en la verdad. Desde hace años lo sigo y por la genealogía de mi familia paterna me he llegado a enterar temas que mis profesores de historia nunca lo hicieron y era la materia que desde pequeña me fascinaba. Es que la historia de Guayaquil fue escrita por los ganadores , así de simple, con mucha conveniencia, mentira y adulo, alabando a extranjeros que no aportaron , ni con dinero peor con ideas y olvidando a muchos personajes importantes de la época, en el caso de la Independencia de Guayaquil, verdaderos patriotas que arriesgaron sus vidas bajo pena de muerte o carcel; mi familia fue realista, respetaban al Rey Fernando Vll porque eran navieros y comerciantes asi como todas las familias que formaban parte de nuestra ciudad, pero si investigamos la prensa de esos años nos daremos cuenta de la verdad y como fuimos engañados.
    El regionalismo ha hecho mucho daño a Guayaquil sin embargo nuestra ciudad sigue adelante , pujante y abierta para todo aquel que desee prosperar. Y del Centralismo, ni hablar. Debemos nombrar al “ pan , pan y al vino, vino “. Porque las mentiras tienen patas cortas. Al final, la verdad es la misma.

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