Buenas vibras y química cerebral – Desde mi Trinchera
Opinión Salud & Medicina

Buenas vibras y química cerebral

Cuando en los años veinte del siglo pasado, el británico Edgar Douglas Adrian tuvo la genial idea de colocar un amplificador de sonido entre la disección de nervios en un conejo y logró escuchar un sonido parecido a las claves “morse” no se imaginó que estaba ante la comunicación neuronal. Y en efecto el paso del estímulo eléctrico entre las neuronas del sistema nervioso produce un sonido a lo que podemos llamar “la forma como se comunican las neuronas”. Afirmación de Eric Kandel, premio Nobel de Fisiología o Medicina del año 2000 en uno de sus últimos libros.

En la modernidad se ha logrado conocer que la frecuencia de vibración en las cárceles suele ser muy baja, imagínese usted la famosa cárcel de Guayaquil en la vía a Daule, con cientos de personas absortas por pensamientos de odio, desesperación, soledad, percepción de injusticia, entre otros factores… al igual que en los subterráneos y en sitios en los cuales el hacinamiento hace que se expresen las sensaciones negativas muy diferentes a aquellas que se perciben cuando usted está expresando buenos deseos y bendiciones. Las llamadas “buenas vibras” pueden a su vez expresarse cuando los pensamientos se producen en el cerebro de personas que se sienten plenas y relajadas, en contraposición a aquellos que viven estresados o con sentimientos y pensamientos negativos en la vida. 

En el caso de los hospitales la frecuencia vibratoria en “Hertz” es realmente baja por todo lo que viven los pacientes, los familiares, los médicos y las enfermeras, haciendo que la preparación para la “sanidad mental del personal de salud” sea fundamental y es así como los prevengo a mis estudiantes de último año de medicina.

Del mismo modo, se conoce científicamente que el funcionamiento de los nervios está relacionado no sólo con el paso del estímulo eléctrico sino también con la producción de sustancias químicas en las sinapsis neuronales tales como la dopamina, la serotonina, la anandamida o la melatonina. Entonces cuando estamos produciendo sustancias para el placer y la felicidad o las mismísimas endorfinas para controlar el dolor físico o moral, la comunicación interpersonal suele manifestarse en los seres humanos con lo que comúnmente llamamos “química”, entre personas, las cuales se expresan positiva o negativamente.

Desde tiempos muy remotos se sabe que en la evolución el ser humano contó con un sistema de comunicación interpersonal a través del lenguaje, pero también que las emociones expresadas y los sentimientos son un sistema alternativo de expresión comunicacional que permite la interacción.

Por tanto, la común metáfora acerca de que “tienes buenas vibras” o “entre nosotros hay química” tiene su asidero en las intrincadas relaciones que el cerebro establece en las redes neuronales y que puede ser manejada con autonomía si ponemos énfasis en cambiar nuestros pensamientos, sentimientos y emociones a través -por ejemplo- de procesos educativos y formativos cabalmente planificados y debidamente trabajados. El tan mencionado pensamiento crítico con sus bases en los procesos mentales básicos como la observación, la comparación, la relación y la clasificación garantiza la construcción del aprendizaje. El cerebro construye la mente, pero la mente puede también transformar el cerebro pues las neuronas disponen de una particularidad llamada “neuroplasticidad” que asegura su supervivencia y el manejo adecuado de la comunicación.

Ya no puede pensarse que las neuronas mueren y el cerebro se destruye ante un accidente cerebro-vascular o la pérdida de masa encefálica, pues existen neuronas madre, células madre totipotenciales que asumen la funcionalidad de las neuronas muertas y garantizan la recuperación con modernas técnicas de terapia cognitiva siempre y cuando se maneje científicamente de manera adecuada. Si esto es factible para quienes adolecen de traumatismos y daños localizados, con mayor razón para siendo sanos, en toda la extensión de la palabra, deciden mejorar para conseguir la tan ansiada adaptabilidad como paso previo para lo que consideramos bienestar y por qué no decirlo “felicidad”.


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