21 julio, 2024

Despertar, Morir, Nacer

La verdadera experiencia que me ha traído el nacimiento de mi hija, es el encuentro con la belleza. La belleza de la espera, que trae la paciencia y la confianza durante el proceso del embarazo y ahora el nacimiento de mi hija. Observar las dos cosas como una, una sola belleza. Ver la fragilidad y la fuerza, el afán de la vida y las formas nuevas que van cambiando poco a poco. La belleza de la ternura, de la dependencia absoluta, total para que la vida continúe y sentirse un instrumento de algo superior a mi, a mi existencia, a lo transitorio de lo que imagino ser. Uno descubre el poder y la vida del sentimiento, de lo verdadero.

Mi hija no es hija de la mente, no la creo mi imaginación ni la vanidad. No es consecuencia de nada fantasioso ni espurreo, es simplemente el milagro de la vida. De lo sencillo, lo simple, lo tenue y lo complejo, juntos como una unidad para que suceda una vida nueva.

Cada instante mi vida esta aquí. Ahora mismo escucho sus gritos descomunales por alimentarse y entiendo su lucha por la vida. ¿Quién lucha: la vida o ella por la vida? En ella la experiencia no es literal ni formal, ni nadie sabe nada. Todo ES. Está en el momento, en el instante y abriendo bien los ojos, veo el papel de la madre, su función. Es un trabajo superior. La maternidad es superior, La paternidad es superior. La dedicación de la madre es total, ella da su calor, sus cuidados, su atención. La envuelve en palabras y gestos, acción y reacción para que la vida siga, instrumento de la vida, del presente. Estar ante lo verdadero es un regalo, no hay reacción, sino estar en la vida, impactado de lo sublime, tocado por la verdad. No se qué hacer entonces no hago nada, no obstaculizo, estoy entregado a la posibilidad de que algo muy fuerte qué necesito esta ahí, aquí, ahora.

Estoy atento, la vida me lo va a enseñar, mostrar. Me va a abrir. La verdad es un néctar, escaso y raro, interesa a pocos. Estoy agradecido. Gratitud. Continuidad. Unidad.

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Papá: Dime algo…

“Si no existiera la palabra hijo, buscaría una nueva palabra. Una palabra que
sea pura como el viento”. Es un verso que nos inmortalizó el gran poeta
manabita Horacio Hidrovo, quien acaba de fallecer, en este mes de junio. A él
como padre de familia, como hijo de su madre tierra, Manabí, le dedicamos
estas líneas y reflexiones sobre el Día del Padre, su verso nos invita a pensar
en la pureza, grandeza, fuerza y destino del viento, que es la metáfora
cotidiana que usa don Horacio para plasmar lo bello y puro que es ser PADRE
al pensar en un hijo como la pureza del viento.

Así es queridos jóvenes, ser papá no es fácil, ser papá es un destino que se va
forjando en el día a día de una historia que solo se puede escribir con amor y
ternura, con fuerza y templanza. Ser hijo, tampoco es fácil, cuidarlo hasta los
últimos detalles en su primera infancia, desde que nace hasta los seis años,
nos invita a relacionarlo con lo bonito, todo nos parece bonito, todo nos parece
agradable y por ello lo toco, lo alcanzo. Para llegar a la segunda infancia de los
6 a los 12 años, donde a ese niño todo le parece bueno, por eso lo quiero y lo
deseo, para llegar a la tercera infancia, la más desafiante e importante para
llegar a la verdad, de los 12 a los 18, más o menos, donde todo debe ser real y
no siempre es ni bonito ni bueno. El éxito de un buen papá o mamá o de quien
haga sus veces, como la de un buen educador, educadora es adecuar esa
etapa de la vida con la palabra clave que la caracteriza. Con la bondad, belleza
y verdad en la que nos debemos mover para crecer y ser felices.

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