16 julio, 2024

Despedida

Gabriel Garcia Marquez, Washington, DC, 1976

No me puedo permitir el lujo de escribir con cierta periodicidad y al mismo tiempo hacer oídos sordos a la mención de Gabriel García Márquez. Igual que no se puede resumir en una página la historia universal, tampoco se puede resumir en ella, la vida y obra de este escritor colombiano, pero sí mencionarlo de alguna manera para expresar la huella interna que nos ha dejado.

Cuando una persona famosa en los ámbitos del deporte o espectáculos se nos va, sientes su marcha y te resulta extraño pensar que no vas a volver hablar de ella. Cuando una persona famosa en el mundo del arte se nos va, sientes una especie de vacío en el campo de la creatividad que de alguna manera resultará difícil de cubrir y cuando se va una persona como Gabriel García Márquez, no solo ocurre lo anterior sino que también dejas escapar alguna lágrima. Quién no se ha acercado a él en vida de alguna manera, habiendo tenido la gran fortuna de conocerlo personalmente y disfrutar de su presencia, o simplemente leyendo algunos de sus escritos o interiorizando algunas de sus vivencias escritas. Cuando te pasa esto sabes que algo de él tienes dentro de ti, es lo que ocurre con las personas que son entrañables, y cuando te enteras que se nos ha ido sabes que algo de ti también se ha arrancado. Pregúntate ahora mismo por las noticias mundiales que tuvieron lugar en ese día de su fallecimiento, un jueves por la noche, yo sinceramente no recuerdo ninguna, y es que quedaron todas ellas eclipsadas por la noticia de su pérdida.

Qué mejor homenaje podría hacer yo que representar en breves líneas la opinión de grandes autores de la literatura sobre el triste desenlace. Muchos de ellos han contado que tras leer Cien años de Soledad, preferentemente en período juvenil, la vida les cambió, como si la novela hubiera sido escrita para cada uno de ellos. Es su forma de escribir y narrar la que engancha. Cuentan de Gabo, que era un asiduo de las librerías, cuyas estanterías comienzan a despertarse del estupor de su ausencia y que ahora van reponiendo los libros que demanda la gente como si él hubiera resucitado y no se hubiera muerto. Siempre tenía algo bueno que decir.

En una ocasión alguien le preguntó “¿Cómo estás Gabo?”. “No sé” respondió él, “hace tiempo que no me hago caso”. Verle andar el mundo con sus ojos en vilo y sus palabras en el aire, ha sido uno de los grandes prodigios que nos ha dado la vida. García Márquez ha afirmado en alguna ocasión que los años que vivió en Barranquilla, entre 1950 y 1953, fueron tan intensos y enriquecedores que los considera los más importantes en su formación literaria.

Fue en esos años cuando se encontró en un café céntrico de la ciudad con unos jóvenes que se reunían allí habitualmente y que como él amaban con idéntico fervor la literatura, la amistad, el alcohol y la juerga. A través de ellos conoció a otros jóvenes bohemios y decidió quedarse en Barranquilla. Se reunían en el restaurante bar La Cueva, donde García Márquez comenzó a escribir una columna en el diario El Heraldo, llamada La Jirafa que era el apodo con que se dirigía en la intimidad a su entonces novia y posterior esposa, Mercedes Barcha. Antes de que su mundo de ficción literaria se llamara Macondo, García Márquez había tanteado la posibilidad de llamarlo Barranquilla, pero al parecer fue disuadido y animado a buscar otro con más trascendencia mítica, como es el de Macondo. Tras recoger el premio Nobel en 1982, llegó a decir de sus amigos barranquilleros, que sin ellos y sin Barranquilla, jamás habría sido premio Nobel. Cualquier obra de su puño y letra merece ser comentada, pero en tan poco espacio, sólo cabe lugar para “Cien años de soledad” que ha sido leída ya por millones de personas.

Él ha comentado en alguna ocasión que un viaje realizado en compañía de su madre a su pueblo natal, Aracataca, allá por el comienzo de la década de los cincuenta, fue la experiencia más decisiva en su vida literaria. Fue en ese viaje donde se plantó la semilla que daría origen posteriormente al libro. Macondo era el nombre de una finca bananera, en letras blancas sobre un fondo azul, que se le quedó bien grabado al autor, en ese viaje, convirtiéndose en el pueblo protagonista de la novela, en el que mezclando realidad y fantasía, narra la historia de la familia Buendía en el transcurso de varias generaciones en el ficticio Macondo. En ese fatídico 17 de abril, Gabriel García Márquez nos ha dejado, pero su recuerdo y su legado literario permanecerá siempre vivo.

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