En estos momentos de renovación y de reinstitucionalización del sistema universitario es más importante que nunca encausar la esencia propia de la experiencia universitaria: enseñar a razonar con rigor y a obrar con integridad tanto en la experiencia estudiantil como luego en la carrera profesional y en el ejercicio ciudadano a sus educandos.
Gran parte de la culpa de nuestra profunda crisis de valores, indiscutiblemente se posa en la columna vertebral de nuestras instituciones universitarias. Son estas instituciones, quienes han propiciado un golpe mortal al futuro desempeño ético de sus laureados estudiantes, condenando a una grave crisis sin límites a la institucionalidad del país.
Nuestra vergonzosa crisis, se alimenta y fortalece en los programas y pensum académicos de cada una de las carreras profesionales que nuestras instituciones universitarias ofrecen a miles de jóvenes inexpertos y ávidos de pavimentarse un camino seguro al éxito económico. Es ese el fin que corrompe la misión universitaria. Ese mensaje de éxito a cualquier precio, donde ya no logramos diferenciar el verdadero significado de virtud con el de estupidez y de éxito con mal habido poder y consecuente estatus.

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