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Mario Fiorentino Coello

Un amable lector, el Sr. Patricio Ortega, tuvo la gentileza de colaborar con mi columna incluyendo hace pocos días un comentario sobre mi artículo “La degradación de la política: ¿cómo, porqué y hasta cuándo?”(2), publicado en Octubre pasado, discrepando parcialmente con la solución que yo planteo para revertir el proceso de degradación política, por parecerle insuficiente el que haya un mayor compromiso por parte de “las personas íntegras, preparadas y experimentadas”. Con mucha honestidad, el lector declara al final de su mensaje que “sigue mirando esta sociedad descompuesta y preguntándose como cambiar el curso de la historia”. Cita como argumento la escasa, por no decir nula reacción de la opinión pública ante un mensaje a la nación lanzado días antes por un grupo de prestantes ciudadanos encabezados, si no me equivoco, por el Presidente Oswaldo Hurtado Larrea y el Emb. José Ayala Lasso. Y finalmente utiliza un término que abre un campo muy amplio e interesante de discusión y análisis: se refiere a la anomia que impide, según él y yo coincido, hacer conciencia de la situación

Me pareció que su inquietud, indiscutiblemente válida ameritaba no una breve respuesta sino un análisis más profundo y por esta vía. Cumplo pues con mi promesa.

“…Ud. Será el último de los mohicanos…”. Con esta simple frase, hace muchos años, el también fallecido Presidente Carlos Julio Arosemena Monroy, le pronosticó a León Febres Cordero, antes incluso de que este último llegara a la Presidencia de la República, que él sería el último líder de proyección nacional que saldría de las filas de las élites guayaquileñas. Palabras proféticas las del Dr. Arosemena, pues el paso posterior de León por la Presidencia y luego por la Alcaldía, demostró que efectivamente así lo fue. Por lo menos en nuestro tiempo.

Hoy hubiera cumplido 80 años de no mediar su tempranamente deteriorada salud que determinó que hace poco más de dos años, él también alcance lo que en su discurso de Entrega de Mando definió con gracia y estilo, como “el vértice inefable de lo eterno”. Se fue quizás antes de tiempo pero su recuerdo vivo impide que muera definitivamente.

Antes y después de ésa fecha, mucho se ha escrito sobre él y mucho se escribirá en el futuro pues su paso por la historia dejó una profunda huella, tan profunda que alguna vez hace pocos años, conversando con un amigo común sobre su real dimensión histórica, coincidimos en que en nuestra historia hay sólo cinco figuras que por la extensión de su vida política y por la trascendencia que alcanzaron en sus respectivos tiempos, pueden considerarse como los “ejes” de nuestra vida republicana: Flores, García Moreno, Alfaro, Velasco Ibarra y Febres Cordero.

El Dr. Blasco Peñaherrera Padilla, uno de los analistas y pensadores más lúcidos del Ecuador actual, si no el más lúcido, ha publicado recientemente un pequeño pero muy interesante y claro libro, escrito con mucha valentía, titulado “Perú y Chile, Desde Las Cenizas”, analizando las dos “revoluciones” sufridas por dichos países vecinos y cercanos, las consecuencias que afrontaron y cómo lograron salir del abismo en que dichas sociedades cayeron, tanto en lo económico cuánto en lo político y social, incluyendo mucha violencia en ambos casos.

Oportunamente el autor cita un célebre discurso de no hace mucho tiempo, del Presidente Arias de Costa Rica, en el mencionaba que “… América Latina corre el riesgo de aumentar su insólita colección de generaciones perdidas…”. Leemos este libro y llegamos a la inevitable conclusión de que el Ecuador va rumbo a perder otra más, aparte de las que históricamente ya ha perdido y que son varias, lamentablemente.

Una forma de honrar los valores ancestrales que queremos preservar en nuestra ciudad, es recordar a quiénes los practicaron a lo largo de su vida. Hoy lo hacemos recordando precisamente a un amigo que hizo de ésos valores su bandera.

Dicen las Sagradas Escrituras en el Libro del Eclesiastés, que “más importante es el día en que se muere que el día en que se nace”. Así debe ser puesto que es el día en que somos llamados, como nos enseña una parábola del Evangelio, a rendir cuenta sobre qué hemos hecho con los denarios que se nos entregaron al nacer. Hace un año, hoy exactamente, le tocó presentarse ante el Señor, a uno de los amigos más inolvidables e irremplazables que la vida nos concedió a varios guayaquileños y es un honroso deber el enaltecer su memoria.

A Pablo Arosemena Arosemena, nuestro querido Pabucho, le fueron concedidos muchos denarios, quizás incluso más de lo que muchos imaginamos, y él, honrando la memoria de sus nobles ancestros, hizo fructificar esos denarios y devolvió muchos, muchísimos más. Sin embargo, los denarios que Pabucho recibió y devolvió no fueron de naturaleza material, no fueron riquezas terrenales, en su caso más bien fueron todos de naturaleza espiritual. Fueron valores éticos y morales y sobre todo amor, mucho amor.

La libertad de prensa es un bien inestimable e irrenunciable a estas alturas de la historia de la humanidad, esto constituye casi un dogma y por ende no se discute. Pero otro dogma, no menos importante, nos dice que toda libertad, al ser ejercida, tiene o debe tener límites, so pena de convertirse en libertinaje y afectar por ende la libertad de otros. Esto dicho a manera de premisa para que no se nos acuse luego de enemigos de la libertad y menos de la sacrosanta libertad de expresión.

Hay un sector de la prensa cuya actividad, se sobrepone difusa y muchas veces inadvertidamente con un sector igualmente importante de la actividad social: la política. Y es que todos aquellos miembros de la prensa cuya actividad profesional los lleva comentar sobre la actividad de los políticos, terminan, quiéranlo o no, haciendo también ellos política, incluso con una clara ventaja puesto que muchos de ellos tienen tribuna libre, (en algunos casos incluso diaria), a su disposición para transmitir sus opiniones y sus afectos y desafectos. En esto hay que incluir no solamente a los comentaristas propiamente dichos, sino también a los directores de los medios, sus editores políticos, sus editorialistas y hasta los caricaturistas, pues todos ellos tienen incidencia, mayor o menor, directa o indirecta, en el manejo y análisis de la actividad de los dirigentes y líderes políticos de un país.

(c) por Ben Heine - Flickr

El resultado, que no podía ser otro, fue que la nobilísima actividad política fue siendo cada vez más subestimada y subvalorada y quedando cada vez más en manos de improvisados y de personas de menor preparación y hasta de personas de ninguna preparación más allá de algún título de bachiller, (en algunos casos logrado al apuro, entre gallos y media noche), y algún eventual título de alguna universidad local, cuya obtención, bien sabemos, no es nada difícil. A los ignorantes ciertamente, se les unieron pronto los inmorales y el círculo se fue cerrando cada vez más.

Si se quiere ahondar en esta análisis, podemos preguntarnos cuáles han sido los últimos líderes de proyección nacional que ha tenido o tiene el país, y veremos que han sido, a no dudarlo, Bucarám y Correa. El uno nacido en 1952 y el otro en 1963. En buen romance, a partir de la década de los años sesenta, ya no nacen líderes en este país. Y no cabe aceptar tampoco el pretexto de que los últimos líderes históricos de los partidos llamados tradicionales, (denominados “partidocracia” por los demoledores del viejo orden), eran demasiado “fuertes” e impidieron el surgimiento de nuevas figuras; no cabe aceptarlo, digo, porque basta revisar nuestra historia y encontrar infinidad de casos de líderes surgidos precisamente de la lucha, (¡ había voluntad de lucha ¡), entre jóvenes figuras, luego convertidos en líderes, contra viejos líderes de cuya fuerza nadie puede dudar.

En una entrega anterior, comenté sobre la relación entre el ejercicio del poder y la degradación de la política. Un buen y querido amigo con quién compartimos ideas e inquietudes, me hizo ver la necesidad de profundizar en cómo se dio esa degradación y cuál es la causa para que la sociedad en su conjunto haya dejado de reivindicar el valor de la experiencia y la preparación como requisitos elementales para, en este caso específico, ejercer cargos públicos y para que los ciudadanos otorguen su voto a los candidatos que se presentan en los sucesivos procesos eleccionarios.

Ambas preguntas son no sólo interesantes sino hasta incluso inquietantes. Es innegable que este proceso de degradación no se ha producido, como algunos aseveran, en la última década pues es un proceso mucho más largo, que se evidencia desde el retorno mismo al sistema democrático en el año 1979. Basta ver cómo se ha degradado el nivel del parlamento, llámese Congreso o más “revolucionariamente” Asamblea.

Guayaquil, Septiembre 28 de 2010

Señor Don
CARLOS PEREZ BARRIGA
Director de Diario El Universo
Ciudad.-

Señor Director:

En ejercicio de mis derechos constitucionales, respecto de la carta enviada por el Dr. Alfredo Pinoargote, y publicada el día de hoy en El Universo, le expreso lo siguiente:

No es ningún mérito del Dr. Pinoargote reconocer que las denuncias de mi abuelo eran debidamente fundamentadas. Esa era una de sus cualidades: no echar lodo con ventilador, sino acusar con pruebas y fundamentos contundentes, generalmente irrebatibles.

Ejercer el poder a través de la Presidencia de la República es indiscutiblemente una experiencia única para cualquier ser humano, es posiblemente el cargo más anhelado, aún cuando sea en el fondo del alma de muchos individuos y el paso por tal cargo inevitablemente genera cambios en las personas, algunos permanentes e irreversibles y otros apenas temporales. Pero aquél que habiendo vivido tal experiencia pretenda aseverar que no ha sufrido ningún cambio en su personalidad y en su formación humana, o miente o está incurriendo burdamente en el pecado de la soberbia.

Y es que hay cambios inevitables. Quiérase o no, el ejercer el poder pone a un ser humano en posición de recibir información muy rica en calidad y a la vez abrumadora en su cantidad, la misma que una vez asimilada, por lo menos parcialmente, deja, para bien o para mal, huella indeleble en el alma de una persona.

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