La despedida de Jorge Ortiz de su espacio en el canal Teleamazonas, es otra raya al tigre en lo que a libertad de expresión se refiere. Ortiz no abandona el canal por sentencia judicial, o porque el medio cerró sus emisiones. Ortiz se va por otros motivos.

A diferencia de Alvarado Roca y su problema llamado Carlos Vera, Egas y compañía trataron de anormalmente mantener a Ortiz en la señal como soldado en trinchera previo a bombardero. Por todo lo que aconteció antes de sus vacaciones forzadas, parecería que el mismo Ortiz es quien solito se paró en la plataforma de lanzamiento y hasta apretó el botón que disparó su salida.

¿Pero cómo fue posible esto? En sendas entrevistas a Fabricio Correa (les recomiendo leer el libro “El gran hermano”, por cierto), a ratos parecía que el programa se llamaba “La hora de Fabricio”. El micrófono era de él. La objetividad de Ortiz se deshacía en segundos y lo que podría ser una buena entrevista, se transformaba en un botafuego. Obviamente, nada de esto no hubiese sido posible sin contar con la anuencia de los dueños de las antenas. Exponer a su entrevistador estrella a este tipo de sacrificios, para mí nunca tuvo explicación. La lógica del ariete se aplicó en este caso: tumbar lo que se ponga en frente, sin importar que el tronco se rompa. El tronco fue el periodista.

Muy a pesar de que el estilo de Ortiz era propio de un cajón de sastre, él tenía derecho a expresarse tal como yo también lo tengo en esta columna. Y si en el ejercicio de ese derecho se rebasan límites que nuestra legislación impone (injurias, daño moral, difamación), pues hay que asumir las responsabilidades de esos casos, cuando el ofendido así lo haya resentido. Ninguno de estos fue el caso de Ortiz, y este es mi preocupación. Ortiz no fue procesado por daño moral, injurias o vejámenes hechos al aire a sus enemigos o malquerientes. Su despedida fue la de un sujeto quien, creyendo que lo que hacía cada mañana en Teleamazonas era lo correcto, fue derrotado por el poder gubernamental. Su despido no fue un proceso operado por instituciones o por aplicación de las leyes. Fue la presión política esa que no se ve pero se siente; por tanto no hay cómo probarla. Pero está ahí.

¿Y ahora? Lo más probable es que Ortiz mantenga un perfil bajo. No creo se una a Carlos Vera en su cruzada por la revocatoria del mandato presidencial. Su silencio será su catarsis. Creo que bien merecido lo tiene.

Lo cierto es que la prensa de crítica ha ido siendo reducida mediante un efectivo asedio que le hizo el gobierno de turno. Salió Vera, salió Delgadillo, salió Carrión y salió Ortiz. Mantener en televisión a esos disidentes de la información oficial era arriesgado para la revolución y sus objetivos. Como medio masivo que es la TV, era mejor no exponer a las masas a los dichos cotidianos de estos críticos. Y eso es lo que ha pasado.

Ecuador ingresa de a poco en una espiral de cambios que van fortaleciendo un modelo estatista y centralista. Bajo esa inspiración se redactó la constitución de Montecristi; y bajo la misma inspiración se redactan y aprueban los proyectos de ley que pronto entrarán en vigor. Creo que entre los librepensadores ecuatorianos, hay que reconocer la derrota nacida por nuestra propia falta de organización política y cívica. Aquello nos está comenzando a pasar factura. Así como a Jorge Ortiz.