(CC) Por thejourney1972 - Flickr

La deuda de la Independencia ha sido estudiada por numerosos historiadores ecuatorianos y del exterior. Los nuestros la han analizado desde el punto de vista del abuso de los acreedores. En la decena de libros escritos, critican las altas tasas de interés cobradas, los castigos a los papeles de los compradores y los serios perjuicios causados a las nuevas repúblicas latinoamericanas. Pero ninguno de ellos se ha molestado en investigar qué sucedió con los millones de pesos que recibieron los representantes de Bolívar en Inglaterra y luego qué sucedió con el dinero que ingresó a la Gran Colombia.

Los historiadores extranjeros sí lo han hecho. Frank Griffith Dawson en su obra The First Latin America Crisis, comenta que Francisco Zea, representante de Bolívar en Londres, vendió parte de un anticipo de uno de los préstamos e hizo una transacción que lo benefició personalmente, lo cual motivó a Bolívar a despedirlo. Zea también usó parte de los préstamos viviendo con derroche en la capital inglesa. Zea había reemplazado a Luis López Méndez y José María del Real, los primeros emisarios de Bolívar, quienes por sus negocios turbios fueron encarcelados en Londres. Estos casos y otros obligaron a Jeremy Bentham recomendar a Bolívar, no enviar a Londres a personas sin moral alguna.

De la lectura de algunas de las publicaciones de la época de la Independencia se conoce que en las compras de armamento hubo intermediarios que se beneficiaron, delito que todavía se sigue cometiendo. Los barcos adquiridos, posteriormente fueron vendidos a precios muy por debajo del valor de mercado. Veamos qué nos narra Joaquín Posada en su obra Los últimos días de la Gran Colombia y del Libertador:

“Las magníficas fragatas Colombia y Cundinamarca costaron en los Estados Unidos de América 1.680.845 pesos fuertes. La Colombia se incendió con todo lo que contenía, en la ría de Guayaquil, adonde fue destinada en 1829, cuando la guerra con el Perú, y llegó después de hecha la paz: tal desgracia tenía precisamente que sucederle a la Colombia llevando este nombre. La Cundinamarca se vendió en Portocabello por una cantidad insignificante en vales de la deuda flotante que casi no tenían valor. Doce cañoneras construidas también en los Estados Unidos, para artillería de grueso calibre, no sirvieron para nada ni podían servir: se cometió el disparate de mandar los diseños con descripción de dimensiones, delineado todo y prescrito en nuestra Secretaría de marina, y así salió ello: después de mucho tiempo de estar estos buques arrumbados en Portocabello pudriéndose, habiendo costado en astillero 174.444 pesos, se vendieron sin haber servido un solo día, en una miserable cantidad en vales de la deuda venezolana. El navío Libertador, de 74 cañones, que costó en Europa 80.000 pesos, lo que bastaba para indicar que ya estaba inútil, se ven- dió en 4565 pesos, sin haber prestado el menor servicio. El bergantín Independencia, de 20 cañones, que costó 18.000 pesos, a los cinco años de servicio se vendió en 2.661 pesos. La corbeta Bolívar, de 22 cañones, que costó 154.519 pesos, se vendió en los Estados Unidos, sin haber servido tres años, en 5.454 pesos, que deducidos los gastos de comisiones, corretaje, venduta, y todos los que espantan en las cuentas de ventas de aquel país, vinieron a quedar reducidos a 1.500 pesos, y todavía de este residuo se perdió parte, porque uno de los compradores hizo bancarrota. De toda la marina, en fin, no quedaron sino unas pocas goletas que con grandes gastos se empleaban en el servicio de guardacostas, dizque para celar el contrabando, que no se hace entre nosotros por las costas”.

Lo descrito por Posada es uno de los ejemplos de la forma irresponsable como se mal utilizaron activos adquiridos con los préstamos. Otra forma de mal utilización de la deuda externa inglesa fue para financiar la burocracia y defenderse durante las guerras civiles y revoluciones. Sobre este tema, Posada comenta:

“Sobre tan enormes pérdidas hay que considerar que por la administración rutinera en las oficinas de Hacienda, las rentas nacionales de toda Colombia, no pasaban de 6.000.000 de pesos y los gastos anuales, el año en que menos eran de 15.000.000 de pesos, que en su mayor parte se consumían en la marina y en el ejército. Con semejante déficit, ¿cuánto tiempo debería durar el empréstito, aun sin contar aquellas pérdidas?”

Posada también escribe sobre acusaciones contra Santander acerca lel mal uso de uno de los préstamos: “…el empréstito colombiano de 1824 se había disipado como el humo, y no había servido sino para enriquecer a él y a sus parciales…” Ellas no han sido probadas, pero es de suponer que una o más personas se enriquecieron ilícitamente de los dineros provenientes de los acreedores ingleses.

Todo esto hace concluir que la deuda eterna, como es llamada por Alberto Acosta, se hizo eterna porque gran parte del capital de los préstamos fue utilizada inapropiadamente. Seguramente se necesitó menos dinero del solicitado en Inglaterra por los representantes de Bolívar.

El gobierno grancolombiano no estaba organizado para manejar fondos, no tenía contabilidad pública, ni siquiera se conocía con certeza el monto del endeudamiento. Posada escribe:

“Aunque se habla de treinta millones de pesos cuando trata del empréstito, se olvida que diez millones fueron contratados por el señor Francisco A. Zea tres años antes, y estaban ya consumidos en 1824…cuando se contrató el segundo préstamo…”

Ecuador heredó la ausencia de contabilidad pública. Fue en la presidencia de Vicente Rocafuerte cuando se organizó la forma de controlar los ingresos y egresos del Estado y se trató de identificar el total de deudas del país con acreedores internos y externos.

Así como se ha estudiado detenidamente el atropello de los acreedores ingleses, los historiadores de la deuda de la Independencia también deberían estudiar cómo se desperdiciaron los fondos prestados, dentro de la Gran Colombia.