Finalmente es imposible no comentar la actitud de los Vargas Llosa, padre e hijo, principalmente el primero. Es innegable que la obtención del Premio Nobel potenció grandemente la popularidad de Mario Vargas Llosa a nivel del todo el país lo cual le otorgó en este preciso momento, una aún por cuantificar pero innegable influencia a nivel de opinión pública. Bien se podría afirmar que una parte del estrecho margen con el que Humala ganó la Presidencia, se lo debe a este apoyo del inefable “escribidor”. La incongruencia aquí estriba en que luego de pasarse alrededor de 30 años promoviendo una filosofía política calificada acertadamente por un analista de muy clara visión conceptual como “liberalismo salvaje”, al final casi de su trayectoria pública venga a apoyar frontal y radicalmente a quién hasta hace muy poco se ubicaba en sus antípodas ideológicas, propugnando tesis opuestas a las de Vargas Llosa. Por cierto el escritor, en el más puro estilo del “capitán Araña”, (el que embarca a la gente y se queda en tierra), no vino al Perú a votar aduciendo un extremo cansancio generado por “la intensa labor desplegada para promover la campaña de Humala”. Parece que habló mucho por teléfono y eso le causó un agotamiento que indujo a su médico de cabecera a “recomendarle el abstenerse de volar en avión”…

Igual es el caso del hijo, el también inefable “niño Alvarito”, como lo motejó una comentarista política limeña, que luego de haber sido hace varios años coautor del célebre libro llamado “Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano”, en el que se atacaba despiadadamente a todos aquellos que profesan las ideologías afines a las que siempre ha defendido Humala, terminó al igual que su padre, apoyando a dicho candidato que ciertamente pertenece a la categoría que en su libro tan duramente criticó. Ahora se lo menciona como aspirante a la Cancillería, lo cual implicaría una serio golpe para la diplomacia peruana, asentada en el Palacio de TorreTagle, tradicionalmente manejada por auténticos profesionales de la materia lo que la llevó a ser una de las mejores del subcontinente.

¿Qué movió a los Vargas Llosa a dar tan patético espectáculo? Nadie duda en el Perú de que la motivación es un resentimiento “añejado” por 21 años, por la jamás asimilada derrota electoral que sufriera en 1990 el escritor ante el hasta entonces desconocido Alberto Fujimori. Para comprender más las raíces de esta incoherente actitud hay que leer a Dn. Gregorio Marañón, en su obra “Tiberio, historia de un resentimiento”, especialmente el capítulo 2, (“Teoría del Resentimiento”). Ahí están pintados los Vargas Llosa de cuerpo entero.

Ahora el Perú mira al futuro, ciertamente con muchas dudas y preocupaciones. Ganar por apenas un tres por ciento indica cuán profunda es la división del país y para cualquier político medianamente perspicaz, obligaría a aceptar que no es un “cheque en blanco” ni un mandato absoluto como aquellos a los que hasta el último Referéndum, estuvo acostumbrado nuestro presidente Correa, y como a cualquier candidato ganador le gustaría recibir de los electores. Ciertamente el país demanda, y con innegable razón, menos macroeconomía y más inclusión social, pero tampoco desea un cambio radical de sistema y en eso estriba el desafío que el humalismo tiene por delante, lo cual obligaría al candidato ganador a archivar muchas de las ideas y políticas que durante mucho tiempo propugnó y a frenar los ímpetus de algunos de sus allegados conocidos por su radicalismo ideológico, entre los que se comenta, militaría incluso su esposa, a la que desde ya muchos consideran la candidata a sucederlo en las elecciones del 2016.

En los primeros días luego de la elección, el ganador ha mantenido la misma tónica moderada que adoptó en la campaña de la segunda vuelta, reuniéndose incluso con las cúpulas de los sectores empresariales con los que según se conoce, el diálogo fue franco y cordial, con aparentes buenos resultados iniciales. Es un camino que recién comienza y como todo lo vinculado a este gobierno, de futuro incierto. Lo positivo es que haya diálogo, ojalá no termine siendo entre sordos.

Otro innegable factor de duda sobre el candidato ganador, surge de su matriz ideológica en este caso de su entorno familiar, compuesto por un padre muy dominante y de pensamiento definitivamente radical y hasta racista, (promotor de que en el Perú sólo queden los de piel cobriza, los demás afuera…). Su madre, sus hermanos y su misma esposa, finalmente, aunque quizás no tan radicales como su padre, no son ciertamente conocidos por su moderación ideológica.

La actual coyuntura peruana es la de una sociedad muy moderna en lo económico y empresarial pero no tanto en lo social y político, se podría decir que está a mitad de camino en un “cambio de época”, como lo definiría Correa. No hay que descuidar tampoco el foco de agitación que constituye el sur-este del país, la región fronteriza con Bolivia, cuya población está integrada principalmente por integrantes de la etnia aymara, que como es sabido se ubican en ésa región peruana, en Bolivia y en las zonas norte de Chile y Argentina, y no es ningún secreto que los aymaras se consideran a sí mismo una nación aparte, alentando sentimientos innegablemente separatistas.

La crisis de los partidos políticos, tan semejante a las de varios países de la región, vuelve indispensable el que la sociedad en su conjunto se replantee a sí misma y promueva urgentemente una nueva generación de líderes que formen nuevos partidos políticos, so pena de continuar de aquí en adelante en manos de populismos, que pudiendo ser más o menos radicales, serán siempre movimientos tan efímeros como sus líderes, “hechos a la medida” para alguna elección y sin ninguna proyección de futuro y sin que aporten nada a un auténtico “proyecto país”.

Ciertamente el ganador ha sembrado quizás demasiadas expectativas a lo largo y ancho del país, muy grandes e incluso algunas cargadas de revanchismo y si no se satisfacen podrían generarle serios problemas al futuro gobernante, por lo menos a mediano plazo, frente a ése tercio del electorado que constituye su “voto duro”. Y si las satisface, los problemas serían con los otros dos tercios que no lo apoyaron inicialmente y que definitivamente no comparten ideas radicales sino todo lo contrario, lo que realmente desean es la consolidación del proceso que se viene desarrollando en el país en las últimas dos décadas. Difícil situación la de Humala, que ahora tendrá que aprender, por las buenas o por las malas, que “una cosa es con guitarra y otra con violín”, y tendrá que desarrollar al andar un sentido de equilibrio para el que muchos políticos más duchos y experimentados que él, han demostrado a lo largo de la historia de la humanidad, no estar preparados cuando como a él, les llegó su hora.

Humala y el Perú caminan desde ahora en la cuerda floja.