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Ricardo Vasconcellos

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“Un dictador es un animal complicado. Es generalmente desconfiado, suele estar permanentemente malhumorado y, para colmo, sus tendencias violentas están más que constatadas. Por eso hay muchos que son partidarios de hablarles siempre en privado y con susurros, nunca en público, y menos a gritos” ha dicho en una columna publicada el 28 de enero en el diario español El País el periodista y escritor José Ignacio Torreblanca.

Hace unos días acabé de releer el libro titulado El Gran Ausente, una biografía de José María Velasco Ibarra, cinco veces presidente del Ecuador, político controvertido pero reconocido en todo el mundo como un ilustre pensador, autor de varias obras sobre ciencias políticas, derecho internacional y derecho constitucional, y profesor, durante sus exilios, de varias de las más reputadas universidades del continente.

La noticia la puso en circulación El Universo, un diario independiente que está cerca de cumplir ochenta y ocho años de servicio al país y al que el presidente de la república califica como un “pasquín” por su postura crítica: en una reunión en Carondelet, Correa y doce asambleistas electos sellaron un pacto para consolidar una mayoría adicta a la llamada “Revolución Ciudadana”.

Tres de los acomodaticios representantes pertenecen al Partido Roldosista Ecuatoriano (PRE) que lidera desde su exilio panameño Abdalá Bucaram Ortíz, uno de los más conspicuos representantes de la “partidocracia” que disfrutó las mieles del poder durante la “larga noche neoliberal”.

Mientras el Ché Guevara junto a Fidel Castro nacionalizaron las principales empresas norteamericanas asentadas en Cuba, como la United Fruit Company o la Texaco , el gobierno de la revolución ciudadana - presidido por Rafael Correa - ha entregado varios campos petroleros a la empresa privada, ha cedido el campo Sacha a PDVSA; así como el importante campo Pungarayacu - por 30 años - a la empresa gringa Ivanhoe, reeditando el entreguismo neoliberal del pasado.

Mientras Fidel Y El Ché defendieron con las armas la soberanía de Cuba ante el ataque e invasión militar de EE.UU. en 1962, Correa fue incapaz de criticar frontalmente al gobierno de Washington, por haber sido cómplice del aleve bombardeo colombiano que violó la integridad territorial del Ecuador.

Conocí a León Febres Cordero en su faceta más pura y quizás la menos explorada: la del hombre que hizo del deporte una pasión. En una charla sostenida hace algunos años me contó:

“Yo fui deportista, jugué fútbol como todos los muchachos guayaquileños, fui jugador de pelota de trapo en las calles, junto a mi hermano Nicolás que fue mejor jugador que yo, y a mi hermano Agustín que fue el mejor de todos al punto de haber sido titular en el Patria con cuya divisa alcanzó el campeonato de Guayaquil, cuando se jugaba el torneo de la Federación Deportiva del Guayas y no había llegado el profesionalismo. Yo era estudiante excelente, muy indisciplinado, pero me gustaba la cultura física. Hacía pelota de trapo en las calles de mi barrio, boxeaba, levantaba pesas, estuve en el equipo de gimnasia olímpica de la universidad en la que estudie en Estados Unidos, pero no tuve la voluntad de ser estrella. Será porque me di cuenta que no tenía los dones especiales que se requieren para llegar a serlo”.

Desde el inicio de su gobierno elegido para propugnar el cambio de la vieja política y la sustitución de los intereses privados por los de la colectividad en la acción estatal, el presidente Rafael Correa mostró la hilacha de la intolerancia, el autoritarismo, la soberbia y el uso de la represión para ahogar toda forma de crítica o de protesta.

Los viejos “dueños del país” fueron suplantados el 15 de enero de 2007 por un propietario único e indiscutible: Rafael Correa Delgado, sostenido en su egolatría de Coloso de Rodas por los cargadores de la silla imperial: el Politburó de Alianza País, integrado por obsecuentes beneficiarios de la explotación de la hacienda pública.

El desenlace de la instauración de una monarquía en un país con tradición republicana era lógico: Correa iba a chocar con el periodismo crítico que se resistía a alinearse en la postura adulatoria y encubridora, tan ansiada por los dictadores...

Muchos años atrás solía guardar las predicciones que hacían al inicio del año los discípulos de Nostradamus y las sacaba varios meses después para buscar los aciertos y los errores de los adivinos.

Cambié esa costumbre por otra más divertida: guardar los discursos presidenciales de Año Nuevo y las promesas de los políticos, dos fuentes inagotables de optimismo falso, de imaginación para el engaño y de estafa a la credulidad colectiva...

En tiempos de la “Revolución Ciudadana” nos vamos acostumbrando a los actos de corrupción que tanto se juró desterrar cuando se prometió cambiar la vieja política a partir del 15 de enero del 2007, fecha del arribo al poder del nuevo “Rey Sol” que se negó a jurar su obediencia a la Constitución vigente.

Poco después de la asunción presidencial el país miraba absorto a un ministro de economía tratando sobre un oscuro tema de la deuda externa con un ex ministro y negociadores “de agache” que ofrecían gruesas sumas por ciertas medidas oficiales. Todo habría quedado entre las impersonales paredes de un hotel si un asesor resentido, que oficiaba de cineasta, no hubiera revelado el transfondo corrupto de la extraña cita...

El presidente del Banco Central del Ecuador, Robert Andrade, ha salido a declarar ayer a los medios de comunicación que en la comunicación enviada por ésta entidad al Archivo Histórico del Guayas y a la Fundación Miguel Aspiazu Carbo el 19 de mayo del año en curso en que se comunicaba “la imposibilidad de continuar brindando el aporte económico a favor de ambas entidades” se ha producido “un mal entendido” (sic).

El servidor de la Revolución Socialista agrega que “en ningún momento se ha pensado siquiera en deshacerse ni dejar de por medio un contrato de comodato que en el año 80 el Banco Central suscribió con el Patronato Archivo Histórico del Guayas”. Esto consta textualmente en una noticia aparecida en el periódico virtual Ecuador Inmediato, muy afín al Socialismo del Siglo XXI y cuyo director participó de la última gira presidencial al Europa, lo cual permite adjudicar veracidad a la noticia...

Un compañero de trabajo, con quien comparto el placer de la lectura, me presta un libro pequeño que contiene una novela corta escrita por un compatriota suyo, el escritor colombiano Jaime Echeverri. Su título es Corte Final.

Hace rato que no leo a un novelista colombiano. Creo que la última vez fue a Fernando Vallejo, a quien conocí en su visita al diario en que trabajo en Nueva York, y su famosa Virgen de los sicarios....