Los humanos nos parecemos a veces a nuestras “hermanas las ranas”, como diría S. Francisco. Ciertamente, nos distinguimos de ellas en que mientras las ranas dan saltos por el espacio; nosotros, en cambio, damos saltos por el tiempo: saltamos de un año a otro. Pero, si nos descuidamos, podemos parecernos a las ranas, en la frivolidad, la trivialidad, la superficialidad con que damos nuestros saltos. Que las ranas sean intrascendentes en sus saltos espaciales es normal; pero no es adecuado que nosotros en nuestros saltos cronológicos seamos superficiales como los batracios.
Lo primero que debemos pensar ante el año nuevo: No es lo mismo año nuevo que año bueno o, más aún, mejor. Influidos por la sociedad de consumo, corremos el peligro de identificar lo “nuevo” con lo “bueno” y lo “mejor”. El comercio nos ha convencido que “nuevo” es igual a “mejor”. Los detergentes, por ejemplo, vienen con la palabra “nuevo” para convencernos que éste es mejor que el anterior. Nuevo, sin embargo, no es sinónimo de mejor.
