Viendo artículos de

Mauricio Alvarado-Davila

Hace ya muchos meses que no he colaborado directamente con este periódico virtual, más que por voluntad propia, ha sido por las ocupaciones que nos agobian día a día. Pero no he dejado de revisar las notas que publican mis compañeros de página y, en una que otra vez, las he comentado, hecho que llevó a que algún aprehensivo criticara ese tipo de participación, y se me ha conocido más como “comentador” que como articulista. Esta vez, regreso con otra observación acerca de nuestro diaria manera de comunicarnos.

Últimamente, ha circulado en Internet un mensaje que pretende convencer con argumentos ideológicos que el sustantivo presidenta no es más que un “absurdo feminismo”, producto de la corriente izquierdista que ha soplado los últimos tiempos en Latinoamérica, y hace además un análisis simplón que pretende ser gramatical y que no pasa de un apriorístico repaso a normas mal citadas.

En estos tiempos de «lunes negros» y de vertiginosos sube-y-bajas (y más bajas que subes), se ha dicho y desdicho sobre cuál debe ser la intervención del Estado en el mercado, que si han colapsado el mercado y el capitalismo, que si la crisis bursátil es para el capitalismo lo que la caída del pretendido sistema comunista de Europa del este para el socialismo, etcétera…, me parece que se ha perdido la objetividad a favor de las percepciones ideológicas.

Es que no se pueden hacer comparaciones entre estos dos conceptos, ya que pertenecen a diferentes categorías: el socialismo es una ideología política y el capitalismo es un hecho histórico, incluso más que un «sistema económico».

Gracias a Dios, soy católico, cristiano católico. Lo digo con la convicción de que mi formación religiosa me ha dado el sentido moral y el discernimiento necesarios para distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, independientemente de lo que la sociedad, el mercado o las mismas leyes humanas digan. Y qué mejor si las leyes humanas coinciden con la formación moral recibida en el templo y en un hogar cristiano.

Pero no siempre las leyes humanas coinciden con los mandamientos divinos...

Desde hace varios años, se viene notando que la «sociedad estética», como la calificó Fabián Corral, ha permitido que la violencia entre a sus hogares por medio de la televisión. Es por eso que, en todo este tiempo, muchos ecuatorianos, haciendo uso del sentido común, hemos estado haciendo campaña en contra de este tipo de violencia por distintos medios: cuidando en casa los programas que ven nuestros hijos, haciendo actividades de concienciación en las aulas de clase o manifestando nuestra inconformidad directamente a los medios de comunicación.

En un tono poco formal, escribí este «ensayo» en 2004. Me parece que mantiene su vigencia… ¿cierto?

Este es un tema del que me siento capaz de hablar a mis anchas, ya que he demostrado ser y me considero un ignorante a carta cabal. Tanto así es mi ignorancia, que en mi disertación no citaré bibliografía ni autores que hayan escrito o filosofado sobre el tema, pues ignoro si existen o no. Todo lo que aquí se consigna está basado en mis inexperiencias personales y los contactos que he tenido con otros ignorantes, que no sé si serán más o menos que yo...

Sin lugar a duda, cuando usted lee la palabra «genealogía», de seguro piensa en rancios abolengos, hispanidades, prejuicios y discriminaciones sociales, ¿cierto? Pues bien, eso era antes.

Hoy por hoy, el estudio de la historia social y de los orígenes familiares ha tomado derroteros mucho más prácticos, más útiles y menos elitistas. En otras épocas, la genealogía sirvió para justificar y mantener el poder en manos de ciertos linajes, familias o personas, ya que se pretendía que las capacidades, el liderazgo y las facultades gubernamentales pertenecían a quienes, por generaciones, lo habían detentado (alguna gente sigue pensando así). Y eso fue verdad en ciertos tiempos y circunstancias particulares… pero no más...

«Los bancos modernos basan sus operaciones en la captación de ahorro y otorgamiento de crédito».

En estos días de sobresaltos financieros, es conveniente que reflexionemos sobre el papel que como consumidores de los productos bancarios y como parte fundamental del sistema tenemos; así como la responsabilidad que la banca tiene para con su razón de ser: el cuentahabiente.

No hace falta tener un postgrado en Administración de Empresas o de Negocios para saber que las mejoras que se hace en una empresa, ya sea en la apariencia física, lo mismo que en el mercadeo o en lo tecnológico, son consideradas como inversión, ya que se espera que redunden en beneficio del negocio, concretadas en la llegada de clientes nuevos o en el mantenimiento de los antiguos. En definitiva, estas inversiones se amortizan de cualquier forma, siempre y cuando aquellas mejoras hayan sido bien aplicadas. No son gasto.

Optimizar el sistema informático. Crear y el mantener una página en Internet que provee de información o de herramientas de comunicación a los clientes. Contratar una línea 1-800. Abrir una nueva sucursal o ampliar las antiguas. Publicidad en prensa, radio y finalmente en televisión. Contratar más fuerza de ventas o ampliar la nómina en administración. Capacitar a los empleados en cursos técnicos o de Relaciones Humanas... Etcétera, etcétera, etcétera. El dinero que se designe para cualquiera de estos asuntos resultará una buena inversión si se lo hace cuando y como corresponda.

Ese dinero es inversión, no gasto. Y si el producto o el servicio que se promociona es bueno y rinde lo proyectado o más, debido a la buena administración, no hay para qué cargar esa inversión al cliente, subiendo los precios o creando tasas (impuestos privados). Eso, insisto, si la administración es buena.

Este tipo de conceptos resulta elemental para cualquier estudiante que ha acabado por lo menos su primer año de estudios en Administración.

Por eso resultó increíble y hasta graciosa la defensa que César Robalino, presidente ejecutivo de la Abpe, hizo el día 6 de julio de 2007 (El Comercio, pág. 5) respondiendo a un artículo de Roberto Aguilar, al decir: «Los cajeros automáticos implican altos costos de inversión y mantenimiento... lo cual demanda ingentes gastos en insumos como energía eléctrica, conectividad, recursos humanos alta y medianamente calificados, y finalmente requieren que sus transacciones sean sometidas a los procesos de Cámara de Compensación establecidos por el Banco Central».

El primer cuestionamiento que se me ocurre es: implementar nuevos servicios y facilidades para atraer al cliente ¿es inversión o es gasto? Tomando en cuenta que los cajeros automáticos hacen más llevadero el trabajo de la banca, al evitar que sus oficinas físicas se llenen de «cuentahabientes» que hacen cola ante un cajero de carne y hueso. El cajero automático no es un lujo que se ofrece porque sí al cliente, sino que es parte de la optimización de procesos y de recursos del sistema financiero.

Lo mismo se puede decir de la creación y mantenimiento de una página en Internet (banca virtual), de los servicios telefónicos u otras mejoras que se dan en virtud de incremento de clientes para el negocio, es decir, del incremento de ganancia.

Luego, viene una serie de cuestionamientos más: ¿Comprende la banca ecuatoriana cuál es su verdadero negocio? ¿Sabe cuál es su principal razón de ser, y que ésta no es per se el dinero? ¿Cuál es el concepto de administración que tiene? Su segmentación de mercados... ¿hace que la banca se rija por reglas distintas a las del mercado en general?

Finalmente, la pregunta que implica más suspicacia es: ¿Creen los banqueros que los ecuatorianos somos demasiado ingenuos o tontos para que nos planteen justificaciones tan peregrinas y que nosotros nos las traguemos?

Yo no he visto que las cadenas de supermercados suban los precios de los productos o los graben con tasas especiales al abrir una nueva sucursal o al implementar servicios que incrementen el confort en sus clientes. Tampoco he visto esos incrementos o ese cobro de «impuestos privados» en otro tipo de negocios, los cuales con visión de futuro (no con ese inmediatismo del que pecan los políticos... y los banqueros) hacen mejoras, sabiendo que estas mejoras atraen más clientes.

Sí, es cierto lo que dijo Robalino en otra parte de la misma carta: «... si un usuario no está conforme con el costo que le ha sido dado a conocer con anterioridad, puede ejercer la libertad de que dispone gracias a la amplia competencia existente en el mercado, para utilizar otro canal para efectuar las transacciones que requiera, o incluso para cambiar de proveedor de servicios financieros en función de aquel que presente menores precios». Es cierto: tengo «la libertad» de escoger entre diferentes lobos de la misma camada. ¡Vaya chantaje!

De todas formas, cabe destacar que hay bancos que tienen costos más bajos o no los aplican en algunos servicios (los cuales, insisto, se pagan solos al atraer más clientes), pero siempre hay algún tipo de «impuesto privado» que tenemos que pagar (¿purgar?).

«Los bancos modernos basan sus operaciones en la captación de ahorro y otorgamiento de crédito», rezaba en un suplemento comercial que la banca publicó, sin remitente específico, el 30 de marzo de 2007.

Esas son las funciones de la banca, y si las cumple a cabalidad no hay para qué cuestionarla. La banca privada, como «partícipe del desarrollo nacional», se debe a la gente y no al revés. La responsabilidad social no es cuestión de ideologías, ya que el mercado, sea en el segmento que sea, se mantendrá saludable si y sólo si forma parte de un círculo virtuoso en el que salgamos beneficiados todos.
Llega el Día de la Madre, y me parece conveniente compartir con ustedes este artículo que escribí en septiembre de 2007.

Este domingo fue muy especial.
 
Como muchos otros domingos, me levanté algo tarde, me duché y me puse una camiseta roja y salí a ver el periódico.
 
Después, como cualquier otro domingo, fui a ver a mi hijo y lo llevé a practicar con su patines y, ¡vaya sorpresa!, ¡cómo ha progresado en esta última semana! Para sus cinco años y medio, se maneja bastante bien... al menos para mí natural y paternalmente distorsionada visión de los niños de cinco y medio años de edad. Obviamente, esto nada tiene de especial: para cualquier padre, el mínimo progreso de su hijo es lo máximo.
 
Luego, regresamos a su casa y su madre nos sirvió para almorzar una excelente lasaña, situación de lo más común si tomamos en cuenta que es gran cocinera.
 
Pasada una sobremesa muy similar a la de anteriores domingos, compartí con el niño un poco de televisión e hicimos unos recortes.
 
Así como en muchas de las tardes dominicales del último año, me tocó ir a la oficina a concretar algunos asuntos pendientes que cierta sorpresa de la vida no nos dejó terminar antes.
 
De regreso a casa, pasadas las 9 de la noche, vi una película, al igual que cada domingo, y me senté a escribir estas líneas... que en nada se parecen a las escritas otros domingos, otros martes, otros jueves, lunes, viernes, sábados u otros miércoles. ¿Qué de especial tienen estas líneas, escritas en un día como cualquier otro?
 
48 horas antes de iniciar este domingo cualquiera, Cecilia, mi madre, murió, el día viernes 21 de septiembre, pasadas las 8 horas del día.
 
Este día fue especial porque estoy alegre, en paz... tranquilo. Como mi madre quiere que esté. Porque la Ceci era así: alegre, serena, tranquila; nos enseñó con el ejemplo a tener fe y a creer en el mundo; puso a Cristo en nuestro corazón y su palabra en nuestra boca; extendió su mano, no sólo cuando podía hacerlo, sino cada vez que se le presentaba la oportunidad; era una perdonadora compulsiva. En definitiva, la Ceci era una amante de la vida.
 
Por eso, me levanté como un día cualquiera y, sin pensar, me vestí de rojo y fui a jugar con mi Joaquín y tuve tiempo para reír y tuve ánimo para trabajar...
 
No por nada fui “su pucho”: el décimo de once hijos. Y no importa que haya sido su mimado, si cada uno de los otros diez fue tratado igual que yo a su debido tiempo, y la quiere igual y la siente igual y la llora igual y la festeja igual que yo.
 
Ese domingo fue muy especial: fue el primer domingo sin mi madre.

En memoria de Cecilia Miriam Dávila de Alvarado.
Quito, 4 de junio de 1934 – Quito, 21 de septiembre de 2007
En tus hijos, cultiva primero su corazón, y luego su mente, que aprendan y desarrollen el respeto por los demás. Sólo luego de eso comprenderán para qué les sirven el dinero y las cosas materiales, y llegarán a ser personas íntegras, independientes y autónomas.

No hay nada qué hacer, debemos agradecer a Dios por quienes se cruzan en nuestras vidas, nos muestran cosas que no siempre tomamos en cuenta y logramos desarrollarnos como seres humanos. Esas cosas simples y sencillas suelen ser, muchas veces, imperceptibles a primera vista, pero vienen cargadas de verdad. He aquí algo para compartirles.
 
Reencontrar en Internet a viejos conocidos, así estén lejos, saber de sus vidas, reconocerlos, observarlos en fotos, conocer sus familias y su medio. Fue así como me brotaron un par de ideas, al ver los derroteros que han tomado; la mayoría ha tenido éxito en su vida desde las más diversas perspectivas: profesional, intelectual, económica, social, religiosa, física, familiar... hasta en la espiritual.
 
«Éxito», palabra tan ambigua. Lo que es éxito para unos puede ser fracaso para otros. Para mí, verbigracia, el éxito económico o el éxito profesional, intelectual o social no es un «éxito», sino un paso, un escalón más para el éxito integral.
 
El ser humano, desde el punto de vista de la psicología vygotskiana, es, antes de nada y durante todo, un ente social. Suscribo ese pensamiento. La sana idea individualista, para quien la tenga en cuenta, puede darse siempre y cuando se interaccione una individualidad con otras individualidades. Esta perspectiva nos lleva a tomar en cuenta que nuestro «éxito» es tal en relación con los demás, mientras se valore en comparación con otros éxitos o, lo más usual, con los fracasos de otros, aparte de que usualmente se necesita de otros para que se reconozca y se «socialice».
 
Una sociedad basada en el éxito individual per se es una sociedad que atenta contra sí misma. Para no perder la perspectiva, siempre trato de ir de lo menos o lo más y, luego, de lo más a lo menos, usando casi simultáneamente los métodos de análisis y síntesis. Así, de un caso personal —mío o ajeno—, voy a lo social, y de rebote regreso a lo personal, aplicando mi teoría a mi vida particular o a mis hijos.

Es así como, en ese reconocimiento de mis amigos y conocidos de antaño, reflexioné sobre mi familia y me atrevo a compartirles la recomendación con que comencé este artículo y que hilo con otras a continuación.

En tus hijos, cultiva primero su corazón, y luego su mente, que aprendan y desarrollen el respeto por los demás. Sólo luego de eso comprenderán para qué les sirven el dinero y las cosas materiales, y llegarán a ser personas íntegras, independientes y autónomas.
 
No te atrevas a fomentarles, como lo más importante, el culto por el cuerpo, por su apariencia o por las posesiones materiales, porque es la guía equivocada... Si los llevas por ese camino, no serán personas, sino instrumentos de un sistema injusto: tendrán dinero y se verán bellos, pero su vida no les pertenecerá, sino que pertenecerá a otros; conseguirán músculos fuertes, bolsillos llenos y hasta mentes «preparadas», pero vidas y corazones vacíos.
 
¡Que se esfuercen, que compitan y que lleguen lejos! ¡Que ganen dinero! ¡Que consigan éxitos... y muchos éxitos! Pero que siempre tengan en cuenta que lo que hacen influye o tiene consecuencias en otras personas, y que deben hacer lo posible para que esa influencia y esas consecuencias sean positivas.
 
¡No te dejes convencer por la farsa del confort y el consumismo!
El mercado depende del medio en el que se desenvuelva.

Un claro ejemplo de esto fue el aparecimiento del mercado de las comidas rápidas o «fast food» en Estados Unidos, en la década de 1950, como respuesta a una necesidad creada por el repunte socio-económico de posguerra que requería de la «optimización» de los tiempos de producción y de comercialización. No se dio por creación espontánea ni fue capricho o moda. Para la década de 1970, este tipo de negocio ya había hallado nichos en todo el territorio estadounidense y hasta trascendió sus fronteras.

La competencia que generó este fenómeno llevó a la potenciación de estrategias de mercado (del mercado estadounidense, tomar en cuenta). Entonces, la «optimización» se dirigió no sólo a los tiempos de producción y comercialización, sino a otras áreas del negocio, como las de gastos, recursos humanos y publicidad.

Entre las estrategias de optimización, y para atraer más clientes, se disminuyó el personal de atención en el salón, haciendo que el cliente mismo deposite sus desperdicios en el tacho de basura. Esta táctica tiene su lógica económica y comercial: «Yo te bajo los precios, tú me ayudas con los desperdicios». Es una relación ganar-ganar. Luego, esta estrategia se convirtió en costumbre, tanto así que ya es parte de la forma de ser de los estadounidenses.

Es decir, si bien ahora ésta es una costumbre, no nació de la urbanidad y las buenas maneras, como podemos pensar los hispanoamericanos, sino que nació de lo comercial.

En nuestro país en esos mismos días, se acostumbraba a almorzar en casa y los hijos colaboraban con las tareas del hogar: recogían la mesa, lavaban los platos, limpiaban el comedor, etc. Hoy por hoy, aún se mantiene esa buena costumbre en la mayoría de hogares. Comer afuera era para de vez en cuando y en un restaurante, y si se volvía habitual, se lo hacía en familia.

En los años 70, Ecuador no acababa de consumir la energía que le proveyó la Alianza para el Progreso y su subconsciente todavía estrechaba esa mano con barras y estrellas; la migración de ecuatorianos a EE.UU. aumentó: algunos compatriotas regresaron, otros transmitieron sus experiencias. El nacionalismo petrolero no era antiyanki ni tan nacionalista, así que no era mal visto que se adoptaran costumbres foráneas.

En los 80, comenzaron a llegar franquicias extranjeras, y con ellas se transpolaron costumbres sin asidero social ni económico. Los negocios norteamericanos de comidas rápidas importaron a Ecuador sus estándares de calidad, y los ecuatorianos confundimos los avances tecnológicos y comerciales con la urbanidad y las buenas maneras: pensamos que ese llamado a «dar haciendo» (hermosa construcción lingüística mestiza) el trabajo a nuestro proveedor de servicios era como cuando colaboramos en casa.

Los negocios extranjeros no llegaron con precios populares, como son en EE.UU. Sólo trajeron su simplificación en el servicio al cliente, con la que reducen costos de operación «optimizando» la contratación de personal: dan trabajo a menos individuos, pero igual mantienen sus precios altos... es decir, no hay esa relación ganar-ganar, el dando-dando que se propició en su lugar de origen ni la compensación social a la que están obligados.

Es que, en Ecuador, la lógica del mercado no sirve. Los empresarios nacionales (con franquicias extranjeras o no) cobran precios exagerados por sus servicios y productos, pero siguen recomendando al cliente que les «den haciendo» su trabajo... sin compensación alguna. Los ingenuos ecuatorianos, creyendo que esto es cuestión de urbanidad, cedemos a estas malas prácticas.

No podemos copiar modelos económicos o comerciales extranjeros sin tomar en cuenta las diferencias sociales, históricas y de idiosincracia entre un país y otro; muchas veces, ni siquiera sirven esas adaptaciones resultado de sesudos análisis de mercado, que más parecen el guión de una película china traducido al español por pescadores escandinavos.
¿Quiénes Somos?

Desde mi trinchera es un diario digital de opinion. Todos los comentarios y/o opiniones vertidas en este sitio son de completa responsabilidad de sus autores.

Suscríbase

Ingrese su correo electrónico y reciba directo en su buzón electrónico nuestra edición diaria

 

Artículos en Portada
Últimos comentarios
Biblioteca de Archivos