Debe resultar sorprendente, realmente asombroso, para quedar perplejos (casi que suspendidos, boca arriba en el aire, listos para el suelazo), ante tan obvia realidad que todos tenemos ante nuestras narices pero que, por alguna razón, NO queremos ver: los abogados en ejercicio, y que son exitosos, NO son, pues, para NADA “honorables”, “honrosos”, “dignos”. Y qué decir de esa palabrita tan utilizada pero que debió ser erradicada de una cuchillada de guillotina durante la época revolucionaria en Francia. No obstante, como acá seguimos viviendo bajo un sistema cuasi-feudal, no es nada problemática la “curiosa” agrupación de letras “N O B L E”.
Cuando menciono la palabra “exitosos” lo hago –restrictivamente- en el sentido de que estos abogados han lucrado en grandes proporciones, utilizando al derecho desde el punto de vista estratégico, esto es, para el beneficio de SU cliente, independientemente de la verdad, corrección o justicia de SU pretensión jurídica. Por ello, es muy extraña la ética del abogado. No me refiero a los ociosos e inútiles decálogos que se enseñan en una de las materias más importantes de la carrera de Derecho, pero que, con escasísimas excepciones, los docentes la imparten pensando que sólo es cuestión de aprenderse de memoria 10 enunciados prescriptivos y listo; sin explicar qué rayos significa deontología y porqué, en cambio, la ética del abogado no debería ser consecuencialista. Decía, al abogado se le autoriza mentir, ej.: si es que su cliente sostiene que ha realizado A, aun cuando el abogado está convencido de que su cliente realizó NO A. ¿Ello por qué?, porque el abogado habla por su cliente, no por él mismo. En cambio al médico SÍ se le prohíbe mentir incluso cuando se trata de mentiras piadosas: ante un moribundo, el médico no puede decirle que NO va a morir y que todo va a estar bien, él sí DEBE ser honesto.