Ese es el principal problema de nuestra sociedad. El abierto y profundo proceso de deshumanización en el que todos, en diferentes grados, estamos inmersos. Ya no nos condolemos ante lo que naturalmente debe causarnos dolor. No nos congratulamos ante lo que debería llenarnos de satisfacción. El concepto de felicidad ha variado sustancialmente. No nos sorprenden las aberraciones. No nos indigna la injusticia. Más bien tratamos de sobrevivir en su sistema y en ocasiones nos sometemos a ella. Es más, muchas veces la justificamos.
Hemos perdido la capacidad de reacción. La muerte de un niño con una bala perdida, por ejemplo, pasa al registro de nuestra memoria individual como un dato más cuando debería hacernos llorar. La violación a una mujer muchas veces es noticia que sirve para satisfacer el morbo subconsciente, cuando debería desvelarnos porque la próxima puede ser nuestra hija, hermana o esposa. Tan mal estamos como sociedad que hasta llegamos a admirar la pericia de los narcos en su intento de pasar la droga, la habilidad de los ladrones para sustraerse algo a la luz del día y en la cara de los mismos policías, nos reímos a carcajadas cuando un locutor de radio imitando a un ex radiodifusor que fue tan sabio y apreciado como Pepe Murillo (+), so pretexto de distraer y presentarse como original, manda a fumar marihuana al oyente que llama para contar sus depresiones.
