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Luis Antonio Ruiz

Nuestro país está jodido porque está repleto de ellos. En todas las instancias. En todas las familias. En todos los grupos, gremios y movimientos sociales hay un sufridor al acecho… Ahí están, son causa y motivo de la destrucción de hogares. Del odio y desentendimiento en los barrios. Del mal ambiente en las empresas. De la separación de los grupos de amigos. En general, del estancamiento de los países. Porque el sufridor es el sinónimo patético del peor grado del acomplejado: el que sólo mira lo malo.

Para el sufridor, que es por esencia murmurador, todo el mundo es marihuanero, drogadicto, pandillero, puta, maricón o ladrón. Nunca nadie tiene buenas intenciones. Todos tienen un objetivo escondido y se satisface y solaza “descubriéndolo”. Es más, le dedica tiempo a eso. Mide cada palabra, cada gesto, cada tartamudeo en su afán de demostrar que quienes lo rodean son tontos y quieren hacer o hacen mal. No hace ni deja hacer. Sufre por eso. Pero, sorprendentemente, sufre además porque los demás también hacen.

Ante la Constitución de la República todos, absolutamente todos, somos iguales. El chamberito, el jornalero, el ejecutivo, el banquero, el presentador de farándula, el deportista, el periodista, el policía, el militar, el presidente, el director de un medio; cualquiera, si se siente afectado en su honor por lo que otro hable o acuse sobre su persona, tiene derecho a demandar y a exigir reparación. Este es un principio fundamental del estado de Derecho aquí y en todo el mundo. Por eso no encuentro digerible la idea por algunos esgrimida de que el Primer Mandatario ante el juicio interpuesto a Emilio Palacio y El Universo esté atentando contra alguien y hasta contra la misma democracia. ¿Por qué pues? Que un ciudadano se acoja a un recurso amparado en la ley y busque la aplicación de los derechos que ella contempla no puede ser un atentado contra el Derecho. Para mí es claro que Rafael Correa Delgado está actuando como lo haría cualquier otra persona si le insinúan que es asesino y eso lo ofende. No veo que atente a nada más que contra su tiempo como todo ciudadano que va a la susodicha Corte a seguir el engorroso proceso.

Yo quiero que alguna vez se escuche a otros abogados. Aquellos que no tienen el apellido rimbombante ni sean conocidos por sus suntuosos estudios jurídicos. Quiero que se escuche al defensor que muy temprano en la mañana se levanta a esperar en las afueras de la Corte para ingresar al juzgado a revisar personalmente sus procesos; no al que manda al practicante de universidad a chequearlos y que igual cobra un montón de dinero. Quiero que se escuche al que tiene el cuello de su traje curtido y raído porque ha tenido que ponérselo seguidamente pues o no tiene muchos ternos o mandarlo a lavar le cuesta. No al que ingresa a cada diligencia con traje de lino italiano nuevo anunciando además su llegada por el perfume que huele a metros, con actitud triunfadora porque ya todo está hablado. Quiero que se escuche a aquel abogado que huele a humilde y debe dar crédito a su cliente para pagar su defensa y no al que cobra por adelantado y hasta le da redactada la sentencia al magistrado. Al que merodea en los zaguanes alrededor del parque Centenario, esperando después del almuerzo la hora de la audiencia, para entrar secándose la frente con su pañuelo y exponer sus argumentos; no al que llega en un carrazo y es dejado al pie de la puerta junto con su séquito de asistentes y guardaespaldas, con quienes una noche antes estuvo también visitando la casa o invitando a una cena en un buen restaurante al juez. Al que en la audiencia cita artículos y códigos y no al que guiña el ojo al secretario.

Quizá les parezca absurdo y hasta osado esto que poco a poco irán leyendo. Pero mi conciencia me exige que aproveche la fantástica oportunidad que tengo como miembro de www.desdemitrinchera.com y lo pida: un voto de confianza para la Policía Nacional.

Que es una institución afectada por la corrupción en algunos de sus niveles. Que está más armada que nunca y sin embargo el delito campea como antes no se había visto. Que sabe la localización exacta de los más buscados y sus bandas. Que se demora en la elaboración de los informes para agilitar el proceso fiscal. Que archivaron, aunque descubrieron la verdad, algunos casos de tinte político. Que detienen a los pillos y a la vuelta de la esquina los sueltan después del “refile”. Que muchos son abusivos. Que otros más quemeimportistas. Que se demoran en atender las llamadas al 101. Sí, puede ser. Pero es la policía que tenemos y hay que hacerla funcionar.

Ese es el principal problema de nuestra sociedad. El abierto y profundo proceso de deshumanización en el que todos, en diferentes grados, estamos inmersos. Ya no nos condolemos ante lo que naturalmente debe causarnos dolor. No nos congratulamos ante lo que debería llenarnos de satisfacción. El concepto de felicidad ha variado sustancialmente. No nos sorprenden las aberraciones. No nos indigna la injusticia. Más bien tratamos de sobrevivir en su sistema y en ocasiones nos sometemos a ella. Es más, muchas veces la justificamos.

Hemos perdido la capacidad de reacción. La muerte de un niño con una bala perdida, por ejemplo, pasa al registro de nuestra memoria individual como un dato más cuando debería hacernos llorar. La violación a una mujer muchas veces es noticia que sirve para satisfacer el morbo subconsciente, cuando debería desvelarnos porque la próxima puede ser nuestra hija, hermana o esposa. Tan mal estamos como sociedad que hasta llegamos a admirar la pericia de los narcos en su intento de pasar la droga, la habilidad de los ladrones para sustraerse algo a la luz del día y en la cara de los mismos policías, nos reímos a carcajadas cuando un locutor de radio imitando a un ex radiodifusor que fue tan sabio y apreciado como Pepe Murillo (+), so pretexto de distraer y presentarse como original, manda a fumar marihuana al oyente que llama para contar sus depresiones.

Esta es la primera carta que te escribo en mis casi 32 años de vida. No sé cómo pude perder tanto tiempo y oportunidades para manifestarte cuánto valoro que estés al frente de mi familia. Por eso ha sido muy importante para mi pensar bien lo que en estas líneas quiero decirte, sobre todo porque estoy seguro de que estás viviendo momentos muy especiales en un fantástico encuentro con Dios en el que todo se transforma en susceptibilidades. En realidad lo que menos quiero ahora es que llores o que te desconectes de la paz y del gozo que muy seguramente ha tocado tu corazón en las últimas horas. Pero no encuentro más palabras para dirigirme a ti que las que causan sentimiento porque también estoy muy emocionado.

Tengo un mar de agradecimientos para ti. Te agradezco primero por haberme deseado mucho desde antes de mi concepción (así me lo repites cada madrugada de mi cumpleaños después de cantarme las mañanitas). Te agradezco por haber sido valiente y haberme dado la vida. Te agradezco por haber tolerado y sufrido con paciencia todas las cosas malas de tu época de esposa en el afán de que la figura del padre no me falte mientras crecía. Te agradezco por la devoción con la que educaste mi conocimiento y mi espíritu, pues tú has sido la inspiración y el talante para no dejar de ser católico cuando otras iglesias me tentaban en los momentos en los que erróneamente creí Dios me había abandonado. Te agradezco por el amor y la obsesión con los que me has cuidado y has procurado hacer de mi una persona de bien. Te agradezco por el inmenso sacrificio físico y mental al que te has sometido durante toda tu existencia por darme, incluso en la actualidad, el pan de cada día. También te agradezco por tu fortaleza y carácter fuerte porque con él me has hecho reaccionar cuando he estado desorientado. Pero muy particularmente te agradezco por la paciencia y resignación con la que me has aceptado tal como soy.

(CC) por Lumaxart - Flickr

Definitivamente no hay oposición. Y no porque no haya líderes que la representen sino porque cada uno anda por su lado. Entonces, cuando Rafael Correa habla sobre las marchas, los plantones, las caminatas, las rueda de prensa en parques, la colocación de pancartas, se refiere a ellos como actos ridículos. Y creo que no por el hecho que los motiva - algo que hasta ha demostrado gusta discutir - sino por los “cuatro pelagatos”, como él los señala, que están detrás de ellos.

Algunos dirán por ahí como un punto más en su contra que es intolerable que como padre de la patria desprecie todas esas manifestaciones de democracia por muy pequeñas que sean. Y claro que es así. Pero seamos sensatos o más bien prácticos: la democracia aquí y en todo el mundo se transforma en fuerza avasalladora y se torna decisiva cuando hay mayoría. Por supuesto que no podemos asegurar que él tiene mayoría - ¿o cree usted en las encuestas? - , pero cuando en marchas como la de César Montúfar a la que ni él mismo fue y en las que sólo se llega a distinguir a siete personas cuando aparecen las cámaras, ¿quién demuestra estar en menor posición?

Es el que se dio en Belén de Judea hace más de 2000 años. Tenía que ser como fue: ¡en medio de la extrema pobreza y de innumerables necesidades! Así, Dios establecía en el mundo la principal de todas las lecciones habidas y por haber: que el amor es satisfactorio SOLO. Sin rimbombancia. Sin la cuna de última moda. Sin la ropita para bebé de marca extranjera. Sin tapices de celeste o rosado para añadir ternura al momento. Sin cochinillo y cervezas para celebrarlo. Sencillamente, porque todo lo que hay para ser felices está en el corazón.

Fue por nuestra culpa. No fuimos lo que debimos haber sido: objetivos. Porque algunos se dejaron envolver por la expectativa de la novedad. Porque otros, ante eso, no reaccionamos.

En la campaña muchos corrían tras el candidato con micrófono y grabadora en mano. En vez de dejar que él venga, lo tuteaban, lo aplaudían, lo vitoreaban y no guardaban la sagrada distancia que se necesita para ver las cosas desde otro punto de vista. Los que dejaban que venga –a excepción de Jorge Ortiz primero, y Carlos Vera después- le dieron tiempo de más para que pueda seguir envolviendo. Son igual de culpables porque no tuvieron, precisamente por el tiempo que le dedicaron en las entrevistas, la capacidad de descubrir al verdadero yo o de descifrar el engendro político que es eso de la revolución ciudadana antes de que llegue al Palacio. Culpables porque no le dieron el mismo espacio a Carlos Sagnay, a Martha Bucaram, a Melba Jácome, Carlos González o Fernando Delgado.

No entiendo cómo es posible que un juez pueda liberar y sólo sancionar con una multa de cuatro dólares a un pillo que después de haberse fumado toda la marihuana de Guayaquil se quedó dormido con cuchillo en mano en la sala de la casa donde iba quién sabe si hasta a matar. Me pregunto: ¿no es delito agravado susceptible de pagar con cárcel el hecho de meterse en casa ajena a oscuras y con un arma?

No entiendo cómo es posible que en plenos apagones algunas de las canchas de fútbol sintético de Guayaquil funcionen hasta las dos de la madrugada sin planta eléctrica. Es decir utilizando energía del escuálido sistema nacional eléctrico. Me pregunto: ¿no saben los futbolistas nocturnos que una de esas canchas utiliza con sus reflectores la energía que utiliza una cuadra? ¿no sería más sensato que aunque no seamos culpables sacrifiquemos algo de nosotros y hagamos deporte de otra manera?

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