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José Antonio Gómez Iturralde

Quien piense que esta recopilación de escritos históricos sobre la libertad de expresión nacida en Guayaquil el 9 de Octubre de 1820, lleva la intención de ilustrar la mente de nuestros gobernantes sobre éste don inmanente a la naturaleza humana… No se equivoca. Pues considero imperdonable la actitud de un gobernante, que pasa por alto las experiencias que han influido en el progreso de las naciones.

El ilustre triunviro, miembro de la Junta de Gobierno de la Provincia Libre, Francisco María Claudio Roca, gestor de la adquisición de la primera imprenta que sirvió a los guayaquileños hasta abril de 1827, cuando Bolívar, en un acto dictatorial característico, impuso silencio a nuestro semanario El Patriota de Guayaquil, al informar al Ayuntamiento de la llegada de la pequeña prensa a Guayaquil, con que se constituyó LA IMPRENTA DE GUAYAQUIL, se expresó en los términos siguientes: “Solo recomiendo a Vuestra Excelencia que tenga presente que la libertad de imprenta, protegida como debe ser en los pueblos libres, es el sostén de los derechos de todos; pero con trabas, restricciones y esclava, es despreciable instrumento de la tiranía.”

Hace pocos días visitando la biblioteca de una entidad particular me fue mostrada una pintura del obispo José Vicente de Silva y Olave. Personaje guayaquileño que yo no conocía. Como llamó mi atención su importancia decidí que siendo nuestro coterráneo debía hacer un artículo para conocimiento de los lectores. Según el crítico de arte que lo analizó, se trata de una obra pictórica del quiteño Antonio Salas Avilés, realizada muy probablemente por un encargo de nuestro gran prócer José Joaquín de Olmedo, vinculado al obispo, no solo familiarmente sino porque en 1794 como Canónigo Magistral de la Catedral de Lima, dirigió sus estudios en la Universidad de San Marcos.

Se trata de las muy pocas obras que se salvaron de los numerosos incendios de Guayaquil, que ha sido conservado en su familia por generaciones. Rodolfo Pérez Pimentel escribe que: “Dicho cuadro estuvo por muchísimos años en la antigua Catedral de Guayaquil hasta que fue destruida en los años 20 para construir la moderna de cemento armado que existe hoy. Isabel María Yerovi de Matheus, presidente del Comité de Damas pro reconstrucción de la Catedral, lo envió a Clemente Pino Ycaza, quien lo lució en su Biblioteca.” Hasta que a su fallecimiento pasó a su hijo Clemente Pino Gómez.

La mayoría de los ciudadanos, de los medios de comunicación de nuestra ciudad y del país, conocen, reconocen y valoran la actividad que durante doce años consecutivos, con el financiamiento del Banco Central y la administración de la Fundación Miguel Aspiazu Carbo, ha desarrollado el Archivo Histórico del Guayas en beneficio de nuestra ciudad y provincia.

La juventud en general, estudiantes de educación media y universitaria, en particular los de ciclo básico, han recibido los beneficios académicos en el conocimiento de la historia, en su desarrollo cívico y de valores morales, y en el crecimiento de su autoestima...

El Archivo Histórico del Guayas se encuentra realizando un estudio serio sobre el 10 de Agosto de 1809, y pese a que su final no es inmediato ya hay conclusiones que demuestran que el 9 de Octubre de 1820, aunque vinculado al 10 de Agosto, no es ni su continuidad ni su consecuencia. Todo lo contrario, pues los limitantes que impidieron el éxito de agosto, fueron la enseñanza que los condujo a aplicar una estrategia cautelosa y prudente, que a diferencia de la revolución quiteña, sí decapitó definitivamente al dominio colonial español.

Era preciso independizarse, era una necesidad social, política, económica e histórica, que solo podía concretarse en lo político y militar. Manuel de J. Fajardo, protagonista del 9 de Octubre de 1820, dice que: “Los fundadores de la Independencia siempre y por siempre combatieron contra expertos que disponían de ejércitos y escuadras, superiores en número, disciplina y recursos”. Esta clara comprensión de enfrentar un ejército profesional que tenía poder continental, los llevó a planificar bien su lucha e insertarla en el proyecto de liberación continental emprendido por los libertadores.

Eloy Alfaro Delgado nació en Montecristi, provincia de Manabí, el 25 de junio de 1842, y tuvo la oportunidad de recibir una buena enseñanza sin apartarse del hogar paterno. “En su vida privada fue intachable: su hogar, semillero de virtudes; su familia, dechado de moderación y buenas costumbres. Amigo consecuente y leal, jamás consentía que se hablara mal ni se pusiera en duda la hombría de bien de las personas que estimaba. Sin embargo, reprendía severamente cualquiera falta grave de los suyos; y varias veces retiró su amistad a sujetos de consideración, por hechos que no se compadecían con la inquebrantable moralidad del egregio anciano. Era intransigente con la embriaguez y la mentira; y calificaba el libertinaje como lepra: en el libertino –solía decir- hay tela para toda clase de ruindades y delitos” (José Peralta: Apuntes para la historia)...

En el momento presente hay un argumento antihistórico sobre el pensamiento de Bolívar, que al tener intenciones ideológicas-propagandísticas y marcada intención política, oculta sus expresiones como aquella que dice: “Yo soy, Granadinos… siempre fiel al sistema liberal y justo que proclamó mi patria”.

Tal hecho genera confusión, distorsión y mala fe, elevadas a la quinta potencia por el “chavismo” y sus seguidores en Venezuela y fuera de esta. Es la posición de presentar a Bolívar como lo que no fue, que busca hacerlo un socialista del siglo XXI, atentando contra sus principios, su memoria y falseando la historia...

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