El paso arrollador del actual presidente se fundamenta en un vacío político causado por el agotamiento de la ciudadanía en ese sistema de partidos políticos que se asfixió a sí mismo. Y Correa estuvo en el sitio indicado en el momento indicado. Su buena estrella le ha acompañado y la caja fiscal ha sido abundante como para crear un sensación de ubicuidad y de transformismo que lo vende como revolucionario de izquierda sin realmente serlo. Su popularidad se sustenta en su infinita capacidad de trabajo; en mantener un sistema de subsidios dados por un Estado paternalista, y finalmente por un hábil equipo que ha sostenido la publicidad de su imagen por encima de todos los ecuatorianos usando el dinero de ellos. No ha tenido que usar siquiera los gastos reservados para impulsarse, pues este concepto ya es exiguo y anticuado; tiene todo el presupuesto a su entera disposición. Es así como Rafael Correa llega a la tercera reelección con una sólida comodidad cargado de herramientas como para vencer en la primera vuelta. Entra a la carrera electoral con la cancha inclinada a su favor, los árbitros a su entera conveniencia y con veintiocho jugadores o ministerios dispuestos a obedecerle a ciegas por miedo de que les caigan a palazos. Al otro lado unos siete o nueve jugadores o candidatos aglutinados por las circunstancias, vestidos con distintos uniformes improvisados y sin un capitán que los oriente o guíe. La pregunta consiste en saber si es correcto pensar que uniendo con pegamento siete o nueve posibles candidaturas, se forma una. Realmente lo dudo.

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