
Desde inicio de la República, el empresario ecuatoriano, guayaquileño en particular, ha sido mal visto por historiadores, politiqueros, sociólogos, profesores y demás personas de orientación conservadora durante el siglo XIX, y de izquierda en siglos posteriores, quienes han pretendido ofender usando el calificativo de “oligarquía”. Este término despectivo es muy propio de América Latina. En publicaciones sobre la economía y empresas asiáticas o africanas no aparece la expresión oligarca. Solamente en Rusia se llaman oligarcas, a quienes fueron altos funcionarios del Estado y grupos cercanos que se repartieron las empresas públicas después de la desaparición de la Unión Soviética.
En un reciente artículo (27/9/2010) de autoría de Juan Paz y Miño, “Guayaquil y Dillon” historiador quiteño quien tiene una columna en El Telégrafo, reducto de escritores pro Gobierno, endiosa a Luis Napoleón Dillon y al concluir, comenta: “Dillon y la Revolución Juliana pueden resultar ‘ignominiosos’ para la oligarquía guayaquileña”. ¿Cuál es el mensaje que él quiere dejar en el lector? Los que han escrito centenares de artículos, ensayos y libros sobre la oligarquía guayaquileña la describen como institución malévola, explotadora del pobre que lucra de su miseria; sin corazón, es abusiva, oportunista, codiciosa, interesada en lo suyo, sin importarle el destino del país. En resumen, equivalente a escoria humana. Para ellos son oligarcas los miembros de la Junta de Beneficencia de Guayaquil, Solca, directores de las cámaras de la producción y demás instituciones guayaquileñas.