(cc) por adulau - Flickr

Leyendo “Mi vida es mi mensaje”, biografía de Gandhi escrita por el sacerdote jesuita John Dear, encontré una frase: “Los medios tienen que determinar los fines”, y no se cansó de decirlo con su propia vida, hasta que murió asesinado. Gandhi, ese mismo que fue víctima de la persecución racial. Quien fue arrojado de un tren por tener un color diferente al blanco y negarse por eso a viajar en “tercera clase”. Ese mismo que nos conmueve con su vida. Gandhi se representa en el migrante de nuestros días. En los migrantes a los sacan como a perros o matan como a ratas, porqué no tienen papeles…

“Satyagraha” o “Fuerza de la verdad”, significa resistir a la mentira con medios sinceros. Dijo Gandhi: “Quien permanece fiel a ella no conoce la frustración ni la desesperación”.

Pero vivimos fieles a la mentira, no nos resistimos. Por eso sentimos frustración y desesperación también. Vivimos una mentira constante. Como consecuencia nos manifestamos con violencia.

Sin plantearnos en la vida: ¿Qué puedo hacer por el bien de los demás? Estamos viviendo una mentira. No somos lo que queremos ser, lo que pensamos ser o lo que decimos ser. Sabemos que no hacemos lo que debemos y que nuestra fidelidad está muy lejana al Dios que invocamos.

Analizando la vida me digo a mi misma: Realmente ¡somos unos hipócritas!

Gandhi, leía particularmente un pasaje del Evangelio: “El Sermón de la Montaña”. Dijo Gandhi que “En el Sermón de la Montaña” se resumía todo el mensaje de Jesús.

Me voy a autorizar a mi misma para calificar al Sermón de la Montaña como: “Lectura recomendada, triple A”. (Si eres católico, si eres cristiano ya lo habrás leído, pero por favor, vuélvelo a leer. Si eres no creyente, igual, deberías leerlo)

Si continuamos la lectura (del Evangelio) nos encontramos con “El amor a los enemigos” Dice: “Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo para que veas con claridad, y entonces sacarás la pelusa del ojo de tu hermano…” Lucas, 6, 17-49 (Sermón del Monte, El amor a los enemigos)

Gandhi tenía muchos seguidores y discípulos. Como él, cada discípulo hacia catorce votos, entre ellos: verdad, no violencia, celibato, pobreza, valentía, trabajo físico, tolerancia de todas las religiones, y fabricación de los propios vestidos.

Yo no sabía que se podían hacer tantos votos. Mi conocimiento se quedaba en tres: pobreza, obediencia y castidad. Pero es igual. Si nos propusiéramos e hiciéramos un solo voto, bastaría: amar a Dios.

Voto difícil de cumplir. Amar a Dios no es tan fácil. No basta con decir las palabras “Señor, Señor”. Ese “Señor – Señor” hay que vivirlo. Tarea complicada, dura, tremenda. Amar a Dios es: Amar al prójimo. Amar al prójimo al cual detestas. Amar a Dios es hacer el bien sin mirar a quien. Amar a Dios es hacer a los demás lo que te gustaría que hicieran contigo. Aunque no quieras, aunque te cueste, aunque te duela, aunque te mueras, aunque no puedas. Aunque sea injusto, aunque te hieran.

Este mensaje lo leyó alguien que me hizo una pregunta: ¿Si este artículo lo lee un ateo, cómo le vas a decir que haga un voto de amar a Dios? Bien, respondí. Podría tratarse de un ateo tremendamente humano. Que su voto sea: “Amar al prójimo”.

No solo con hacer el bien y amar y amar es suficiente. Como decía Gandhi, no solo hay que hacer el bien: “La no colaboración con el mal es un deber tan importante como la colaboración con el bien”

¿En qué mundo vivimos? El cántico de toda la vida: Muchos mueren de hambre, de frío, de sed. Aún así se invierte el dinero, no en comida, ni en abrigo. Se acuña el odio para aplastarnos los unos a los otros, para dominarnos y acrecentar el poder, el dominio absoluto. El motivo, cualquiera que sea, es irrelevante. El fin no justifica los medios. El medio es el fin.

Que Dios nos haga valientes para decir: “¡Basta ya!” (Lucas 22, 51) En cualquier lugar, ante cualquier circunstancia.

Recordemos las sabias enseñanzas de hombres como Gandhi, un “Mahatma”, un alma grande.

Pero con la vista hacia un horizonte más elevado aún, no nos cansemos de asistir a esa invitación del mismo Dios. Ya que no hay inspiración más grande que Jesús. No hay mayor amor ni mejor maestro.

Sus palabras que sacian al mundo. Su vida, su fidelidad y su misericordia, me llevan a escribir estas líneas. Las sabias enseñanzas de Jesús nos pasan una invitación siempre vigente: “Uno de los que estaban con Jesús sacó la espada e hirió al sirviente del sumo sacerdote, cortándole una oreja. Entonces Jesús le dijo: “Vuelve la espada a su sitio, pues quien usa la espada perecerá por la espada.” (Mateo 26, 52-53)

Cuidado con lo que promulgamos, un día se volverá en contra nuestra. Ningún poder humano por grande que sea es eterno. Por tu propio bien: ¡Guarda tu espada!