Comentario Salud & Medicina

Por favor, ¡no fumes!

Fue en un retiro que hice hace muchos años, en un pueblito localizado aproximadamente a dos horas de la ciudad de Lima. El retiro se llamaba: “Tengo sed”, argumentado ese nombre en las palabras que Jesús dijo en la cruz antes de morir.

Las Hermanas Misioneras de la Caridad de la madre Teresa de Calcuta, eran las encargadas del retiro, y un sacerdote mexicano, cuyo nombre no recuerdo, era quien lo impartía. Si recuerdo lo que nos contó sobre la violencia que se vivía en su ciudad, en México, debido a los narcos y esas cosas.

Era un retiro de prueba, para ver si mi esposo y yo podíamos ser parte de los misioneros laicos del movimiento Tengo Sed.

Muchas experiencias vivimos ahí, pero en particular relataré una que me impactó profundamente porque me llevó a entender el sentido de la comunión con Dios y a la vez, con mis semejantes.

En una de las ceremonias de adoración al Santísimo, previa la celebración de la Misa, el sacerdote mexicano nos dio una breve charla introductoria en la que nos dijo que iba a pasar frente a cada uno de nosotros, con el Santísimo en sus manos, expuesto en la custodia. En ese preciso momento, cuando él se detenía frente a uno, con Dios en su mano, debíamos hacer nuestra petición, y esa petición, dijo él, sería escuchada por el Señor. Al hablar del “Santísimo” me refiero a la Hostia consagrada, a donde los católicos creemos está el mismo Jesús en cuerpo y sangre, si se trata de la hostia y el vino, estaba ahí arrodillada esperando.

Cuando el sacerdote se detuvo frente a mí, sin levantar mi cabeza, oré, no dudé en mi petición: “Señor, te pido por mi hijo Victorino, él es asmático, por favor, cúralo.”

El retiro transcurrió por cuatro días con sus tres noches, lleno de alegrías y satisfacciones, pero también en medio de sacrificios. La comida era malísima, el pan del desayuno parecía una piedra y el café tenía un sabor muy extraño, desagradable; había que comer todo; nos guste, o no nos guste.

En el asunto de los alojamientos, el retiro estaba dividido en secciones, había la sección hombres y la sección mujeres. A mí me tocó compartir la habitación con una viejita cascarrabias, que desde el primer momento me advirtió: “¡Aquí no podrá entrar tu esposo!, esta es sección mujeres.”

Para ir ligeros de equipaje, habíamos llevado solo una maleta. No sabíamos que íbamos a dormir en “secciones separadas”, así que, en medio de la noche, noche muy fría, me tocó sacar la ropa de mi esposo, en la vereda de la casita a donde quedaba mi habitación, ponerla en un bolso auxiliar y que él se lleve lo suyo. Además, con todo el nerviosismo del momento, más el estrés que me causó la señora que compartía mi habitación, no encontré la llave de la maleta y tuve que ingeniármelas para romper el candado y poder sacar las cosas. Todo en la mitad de la vereda.

Cada noche, al terminar las prácticas del retiro, esperaba a mi esposo, sentada en la vereda de la casita, para verlo pasar caminando hacía su habitación, y darle las buenas noches.

Para mi sorpresa, al final del retiro, la viejita, con quien no había mantenido muy buena relación, se acercó y me dijo: “que dulce fue para mí, verte sentadita en la vereda, esperando a tu marido para darle las buenas noches al final de cada jornada…” Se despidió de mí con besos y abrazos, había cambiado su temperamento agresivo y poco amable de los primeros días.

Al salir del retiro en el bus que nos llevaría a todos a la ciudad de Lima, solo pensaba en una cosa y no era en la rica comida peruana que seguramente íbamos a degustar, distinta a la del retiro.

Yo quería llegar al hotel y comprar un cigarrillo, me moría por fumar; eran cuatro días de no haber fumado. Yo fumaba, unos tres a cuatro cigarrillos al día, hábito que comencé en la universidad, mientras estudiaba medicina; aunque procuraba no hacerlo en presencia de mis hijos, para no darles un mal ejemplo.

Así que eso fue lo que hice. Ni bien dejamos las cosas en la habitación del hotel, salí desesperada en busca de un cigarrillo, pero los caminos del Señor son misteriosos, esa es la pura verdad. Compré el cigarrillo, lo prendí y en la primera aspirada, sentí náuseas, no pude continuar, vomité. Noté que luego de ese día, empecé a no soportar ni el olor del cigarrillo a lo lejos, peor de cerca. Si alguien fumaba cerca de mí, sentía náuseas; simplemente no lo toleraba.

Entonces entendí: Yo le pedí a Dios por mi hijo asmático, para que él se cure, pero con mis acciones no estaba propiciando nada bueno para él. Fumando seguía contaminando el ambiente, el aire que mi hijo respiraba; y, aunque no fumaba en su presencia, estaba dando un mal ejemplo. Si yo quería que mi hijo se cure, debía dejar de fumar. Dios me ayudó y me dio una lección de lógica, de eso no hay duda. Me quedó clarísimo que “a Dios rogando y con el mazo dando”.

Aunque mi esposo y yo no pudimos hacer los siguientes retiros, más avanzados, y no nos hicimos misioneros laicos del movimiento “Tengo Sed”, yo dejé de fumar, desde aquel día.

“Desde aquel día” es el título de la canción de Rapahel, que le cantamos a mi mami, el día en que la despedimos en el cementerio, murió por las secuelas del tratamiento de un cáncer muy raro en la sangre, debido a su hábito de fumar. Un vicio, ya que el cigarrillo es adictivo,  que le consumió la vida y la llevó a padecer momentos de dolor y angustia en sus últimos años en este mundo.

Recuerdo a una señora, una mujer de mediana edad, de raza negra, la atendí en la emergencia del Hospital Luis Vernaza, cuando hacía mi internado. Ella se estaba ahogando, hubo que ponerle unas sondas por la nariz para que pueda respirar; ella no soportaba eso, lloraba. Me miró, tomó mi mano para darse fuerzas y me dijo: si lo hubiera sabido antes, no hubiera fumado. Ella se asfixiaba.

Mi abuelo materno vivió años respirando a medias por su enfisema pulmonar causado por el cigarrillo.

A mi abuela paterna le dio un cáncer al pulmón, por el cigarrillo.

Ahora, una de las personas más queridas para mí, de mi familia, se debate entre la vida y la muerte, con un cáncer extraño, todo por fumar. Esa persona a quien debo agradecer el perder el miedo para enfrentarme al mundo, quien me acompañó a hacer mi primer reportaje sobre los niños lustrabotas en uno de los parques de Guayaquil. Un ser muy bueno, generoso y humilde, cuya presencia en mi vida es importante y especial.

El cigarrillo es un buen compañero para matar las horas; esas horas que te quitan la vida… Si lo piensas bien, no solo deja mal aliento, sino que te adelanta el último aliento.

La gente asocia el consumo del cigarrillo a la EPOC, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, al cáncer de pulmón o de garganta; pero el cigarrillo daña mucho más.

Fumar es la causa principal de muerte prematura, que puede prevenirse dejando de fumar. Además, también es una causa de envejecimiento prematuro.

De esas muertes prematuras, cerca del 36% son por cáncer, el 39% son por enfermedades cardíacas y apoplejía y el 24% por enfermedades pulmonares. Los índices de mortalidad entre los fumadores son casi tres veces más altos que en las personas que no han fumado nunca.

Fumar causa cáncer de pulmón, de esófago, de laringe, de boca, de garganta, riñón, vejiga, hígado, páncreas, estómago, cuello del útero y dificulta que la mujer quede embarazada, aumenta el riesgo de aborto, de embarazo ectópico y es causa de niños con bajo peso al nacer o bebés prematuros; afecta al colon, recto; causa también leucemia mieloide (algo parecido a lo que le dio a mi mamá).

Fumar causa enfermedades al corazón; apoplejía, aneurisma de la aorta, diabetes, osteoporosis, artritis reumatoide, degeneración muscular y catarata. Empeora los síntomas del asma… y yo que pedí por mi hijo asmático en el retiro y pretendía seguir fumando…

Quienes fuman presentan un riesgo mayor de padecer neumonía, tuberculosis y otras infecciones de las vías respiratorias y ahora hay que incluir al COVID-19.

Mientras escribo estas líneas alguien me llama para darme una noticia, murió fulana de tal; tenía cáncer, fumaba más de una cajetilla al día.

Por favor ¡no fumes!. Se puede dejar de hacerlo. Busca ayuda, las terapias naturales son una buena alternativa. Hacer yoga, caminar… Inclusive, como yo lo hice, dejar de frecuentar lugares contaminados de humo para evitar la tentación… En ocasiones, me pasó, me levantaba con el deseo de prender un cigarrillo… pero decía: ¡no!

Si te pones a sumar, como le decía mi esposo a mi mamá, notarás que has despilfarrado mucho dinero en comprar cigarrillos. Puedes ahorrarlo en lugar de fumarlo, y luego con eso te vas de viaje o te compras algo que te guste y sea más útil y menos tóxico. Además, hay que ser amables, no es justo contaminarle el aire a los demás, limpiemos al mundo del humo del tabaco, de ese tabaquismo de segunda mano, involuntario o pasivo, que hace daño también, y sin querer, a las personas que amamos.

Si crees que no podrás dejarlo pídeselo a Dios, que los milagros nos ocurren a todos.

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