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COVID-19: ¿Estamos reprobando un experimento psicológico? (Parte II)

Enviamos un mensaje de texto y tenemos una respuesta instantánea: conexión. Subimos una foto a nuestras redes sociales y tenemos likes ese momento: atención. Nuestro cerebro se ha vuelto adicto a la recompensa que la satisfacción de las endorfinas y otras hormonas nos proveen. Nos volvemos más propensos a querer estímulos diarios por sobre aquellos que llegan a largo plazo. ¿Esperar? Eso no es para nosotros. 

El slogan “quédate en casa” ha sido la campaña utilizada para impulsar el distanciamiento social. Sin embargo, quedarnos en casa nunca nos ha resultado tan difícil. La pandemia nos ha forzado directa o indirectamente a hacer sacrificios sin tener una vista clara de cuándo, o si es que nos llegará una recompensa. Con todas estas pequeñas dosis de endorfinas al alcance de un clic, resulta clara nuestra tendencia hacia la gratificación inmediata. Es más fácil salir, reunirnos, e intentar seguir con nuestra vida pasada, que entender que nosotros como individuos podemos tomar la decisión de distanciarnos para prevenir contagios, salvar vidas e incluso recuperar nuestras economías. Lastimosamente, nos hace falta ver la imagen completa y saber esperar.

La gratificación retardada no es un trabajo simple ya que rompe con nuestros impulsos. Debemos ver el autocontrol no como una característica innata, sino como un músculo que podemos ejercitar todos los días. Definitivamente comienza con nosotros los jóvenes, pero es un ejercicio para todos los humanos que queramos superar este desafío impuesto. Sin darnos cuenta, estamos reviviendo de manera global el experimento de Mischel y el COVID-19 ha puesto en prueba nuestra resistencia. Este 2020 se ha convertido en una nueva Prueba del Malvavisco, y lastimosamente, el Ecuador no está logrando pasarla.

 

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