Comentario

Hace tiempo que no se de ti

Hace tiempo que no se de ti, puede ser porque no me interesa visitarte en el cementerio. Hace años, la última vez que te vi, estabas dentro del ataúd, atravesada por ramas de las flores que enterraron junto a ti el día de tu muerte. Tu vestido azul estaba intacto al igual que tu pelo de color blanco. No recuerdo como estaba tu cara, creo que no me atreví a mirarte de frente. Yo estaba aturdida, en una actitud interior casi nauseabunda. Debimos abrir tu tumba para cumplir un antiguo deseo, ese tuyo y de mi abuelo de estar enterrados juntos. Cuando él murió fue enterrado en un lugar y cuando moriste, tu fuiste enterrada en otro. Pero no olvidamos lo que querían, y eso era, estar enterrados en el mismo sepulcro.

Ahora, ese deseo me resulta una paradoja, ya que mientras vivían, al menos en la época en que yo los conocí, dormían en camas separadas, la tuya era cálida y blanda; la de mi abuelo era dura y más fría. A mi me encantaba acostarme a descansar en tu cama, lo cual se iniciaba con el proceso de solicitar el permiso a mi abuelo para entrar en el dormitorio y usar tu cama para dormir un rato. Todo en tu casa, mientras se pudo, era una especie de pequeño palacio; también las normas y las criadas.

El día de la inhumación, de mi abuelo quedaban solo huesos, los que fueron depositados a tus pies, tal como lo conocí mientras vivía, casi tu esclavo, y es lo que algunos se empeñan en recordar; nadie quiere contar la parte no tan linda, del por qué de la actitud sumisa de mi abuelo ante ti, después de la muerte de su primera hija. 

Eso pasa, según he notado, en casi todas las familias y no entiendo por qué, es como una especie de denominador común para todas las personas, esos secretos de familia que prefieren callar, porque estorban a la idealización de las personas, a la imagen perfecta pero falsa que la mayoría prefiere conservar de sus antepasados.

A mi da lo mismo, ya que, con defectos y errores, reconocidos o no, así los quise, así los quiero.

Y dirás, allá, a donde te encuentres, cómo así te escribo y me acuerdo de ti ahora. Bueno, tal vez ver series por televisión sea en parte la culpa de esta remembranza, o seguir a los Royal a través de sus cuentas de Instagram. Me enseñaste a soñar con la realeza, a amar la moda, a mirar los concursos de Miss Universo, a admirar a Jackie Kennedy y a la princesa Grace. Me hablabas de la elegancia de Carolina y también de la importancia de usar siempre los cubiertos de plata, para prevenir, sobre todo, envenenamientos, tal como lo hacían los reyes en Inglaterra.

Pero mas allá de ese mundo de ficción en el que entrabamos juntas, sin importarnos la situación política ni del país ni del mundo, disfrutando de la brisa del rio Guayas que llegaba a través de las ventanas, me diste la seguridad del amor, la misma en la que tú eras un puntal y el otro, era mi abuelo.

Hace tiempo que no se de ti, pero últimamente la imagen de tu rostro vivo se viene a mi cabeza, que suerte que no te miré a la cara el día en que abrimos tu ataúd, porque así mantengo la imagen que conocí y amé, aquí, en mi memoria.

Los abuelos, esos seres que dejan un espacio que no se vuelve a llenar con nada; que dejan esas Navidades sin una ruta para regresar, esos cumpleaños a donde ya no hay familia para celebrar. Mis abuelos, los que de vivos dormían en camas separadas y ahora que están muertos comparten para siempre, el mismo lecho.

Tal vez es que se acerca Navidad y extraño visitarte para que me brindes la colada de plátano y el pancito caliente con queso, mantequilla y mermelada; extraño estar sentadas en la misma mesa hablando y pasándola bien, al final tomando rompope.

Extraño esas pequeñas cosas que importaban tanto y que con el tiempo se van haciendo tan lejanas como tu recuerdo.

 

0 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *