Política

Caída o resbalón

Los resultados de las últimas elecciones seccionales pueden tener muchas lecturas, desde un desgaste natural de la relación entre el gobierno revolucionario y el pueblo ecuatoriano hasta un resurgimiento de la derecha como tendencia política. Para mí, el gran culpable del papelón de Alianza País es el enorme ego de Rafael Correa y el irrespeto que nos demostró al designar candidatos tan pobres, pensando que todos descansarían en su infinita (¿?) popularidad.

Lo de Guayaquil era totalmente previsible, casi veinte años de transformación y de progreso tiene sus frutos asegurados, pese a lo mucho que todavía le falta a la ciudad, es indudable que La Perla del Pacífico volvió a merecerse tal apelativo; es una ciudad hermosa, con sectores más presentables que otros, pero en general es una ciudad que camina hacia un rumbo definido, donde no se improvisa y se trabaja diariamente. Era imposible que una candidata como Viviana, pese al descomunal apoyo del presidente, pueda revertir la convicción del guayaquileño de encontrarse en buenas manos.

Lo de Quito también era previsible, Augusto ha sido, con sobrados desméritos, el peor alcalde en su historia, nunca nuestra capital estuvo tan descuidada y desorganizada. El voto a Mauricio no fue exclusivamente de apoyo a sus propuestas, sino más bien, de rechazo a la probada ineficiencia de Augusto, quien también recibió un apoyo gigantesco no solamente de parte del Presidente, sino de ministros y demás funcionarios del régimen.

Manta, Machala, Cuenca, Ambato y muchas otras ciudades importantes y populosas le dieron <> la espalda también al proyecto revolucionario.

Rafael se equivocó tremendamente en la concepción de su estrategia política, como escribí líneas arriba, se dejó vencer por su ego hipertrofiado y pensó que con unas cuantas cartas con tintes paranoicos y con su foto junto a los candidatos de las demás ciudades, iban a convencer a los ecuatorianos a votar por EL y sus candidatos.

A Rafael esta vez le falló la lectura del país, no supo interpretar ni comprender las circunstancias actuales. Es muy probable que, situado en la nube de sus 9 triunfos electorales seguidos, se haya visto en las puertas del décimo sin problema alguno. Lamentablemente para él, fundamentó su lectura en el pasado y no analizó el presente, no pudo captar que siete años seguidos de insultos, prepotencia, irrespeto a la Constitución y a las Leyes hechas por el mismo han sembrado en los ecuatorianos un rechazo tal que terminó por explotarle en la cara y borrarle la sonrisa.

Lo de este Domingo no es casualidad, no es novelería, tampoco es mala suerte, es la siembra de siete años de verborrea virulenta, cometer errores y no reconocerlos, de creerse imbatible, intocable, perfecto, de juntarse con los peores dictadores mundiales y apoyarlos abiertamente, pero también es el resultado del que creo fue su principal error, intentar dividir al país en buenos y malos, repetirnos casi todos los días que o somos revolucionarios o somos fascistas, somos amigos o enemigos del régimen, estamos con su proyecto o en su contra.

En este estado, Rafael tiene dos caminos claros: O empieza a bañarse de humildad, mirarse al espejo y ejercer un cambio en su forma de gobernar, abandonar el odio y dejar de dividir al país; o, necio como es, radicalizar su revolución, lo que para mí lo llevaría inevitablemente a preparar sus maletas y marcharse.

No es tiempo, peor condición propicia, para llamar a referéndum y proponer reelección indefinida, tampoco es tiempo de seguir fustigando a quienes, ahora mayoritariamente, no lo apoyan de forma incondicional.

El Ecuador ha despertado, naturalmente por los terribles hechos que suceden en Venezuela y el absurdo e incomprensible apoyo de Rafael a Maduro ha fungido de especie de alarma altisonante, que nos ha advertido de la posibilidad de seguir el destino venezolano. Los ecuatorianos que queremos vivir en paz y libertad, hemos conquistado en las urnas lo que probablemente hubiéramos tenido que conquistar en la calle, hemos actuado con prudencia y suprema inteligencia.

Espero sinceramente, como un ciudadano que ama a su país, que nuestro presidente comprenda lo sucedido este Domingo y que en los años que le quedan por gobernar, se dedique a tender puentes, a crear espacios de diálogo, a convertirse en un hombre más sincero con su pueblo, pero principalmente consigo mismo, a reconocer errores y enmendarlos, para poder construir un Ecuador unido en la diversidad plasmada hoy.

Rafael, en Ecuador no todos somos verdes, rojos o azules, sino simples ciudadanos que queremos vivir en libertad, paz, justicia y democracia plena. Solamente si comprendes esta verdad tan simple, esta caída podría transformarse en un simple resbalón.

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