Opinión

Se acabó la Fanfarria

Terminó el mes de Julio. Acabó la temporada de las lisonjas, de los arrebatos, de la rumba, pasillos y salsa, de las inauguraciones, de las ofertas, de las promesas. Ahora esperaremos a Octubre con su nuevo menú de opciones y… Volverá la samba al baile.

Lo sucedido en este Julio es otra muestra de que Guayaquil mantiene su posición e importancia geopolítica. Posición e importancia que las sostiene desde antes de su fundación pasando por la entrevista de Bolívar y San Martín, las diferentes revoluciones (las buenas y las malas, las blancas y las negras) hasta nuestros días, y que unida a su tesón y constancia obtiene los resultados que están a la vista.

Celebramos nuevas obras, nuevos contratos, nuevas puestas en marcha, primeras piedras, entregas; todo con música y despliegue comunicacional. Pero, aún guardamos viejos problemas. La inseguridad continúa. La contaminación de los Esteros continúa. El taponamiento del Guayas continúa. El maleficio del tráfico continúa. La pobreza continúa. En fin, muchos males continúan y, urgentemente, requieren de creativas soluciones y nuevos presupuestos.

Los problemas existentes confirman la dinámica de la Ciudad. Ratifican que en su desarrollo no se deshace totalmente de los lastres; que aún hay mucho por hacer y siempre lo habrá mientras la Ciudad crezca y florezca; mientras sea tierra fértil para realizar los sueños de cualquier ciudadano de cualquier parte del País.

Regenerar o rehacer o rehabilitar una ciudad no se logra en el corto plazo. Sabiendo que las necesidades existen, que las necesidades se expanden, que la paciencia no es necesariamente una virtud popular, que la queja sí es un defecto popular y de mal querientes, el tiempo y la economía son los únicos frenos para el desarrollo (amén de muchos políticos que dicen querer a Guayaquil y su Pueblo). Una sociedad se define, no sólo por lo que crea, sino por lo que se niega a destruir. La ciudad es donde nadie sobra,

Revisar lo que hemos sido, lo que somos y lo que queremos ser; aceptar nuestros errores y fracasos, y, continuar adelante poniendo el hombro para mejorar nuestra sustancia de vida es una forma y quizás la única forma de hacer las cosas. Si no estamos, como ciudadanos, recibiendo justo lo que esperábamos en estos momentos, tal vez sea tiempo de trabajar en nutrir y extender y compartir todo lo que ya tenemos.

Partiendo del concepto anterior y en paralelo a tal reconsideración, debemos de abrir los ojos re-pensando su evolución y crecimiento hacia el interior, tratando de lograr integración inclinada a ensamblar –que no sea anexar- las poblaciones que nos rodean y se nutren de nuestra influencia y economía. Es decir, y en pocas palabras, re-naturalizar la Ciudad con miras a sopesar y resolver nuestras cuestiones urbanas futuras.

Guayaquil no es un antipático dolor de muelas. Dejemos de apretar las mandíbulas y quitémonos el cuchillo de entre los dientes.

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