Si bien son muy merecidos los días que la humanidad ha dedicado a diversos personajes, indudablemente el señalado para honrar a las madres es quizás el más justo y el que más cerca está del corazón de todos los hombres. En efecto, la relación madre – hijo, no se inicia cuando este nace o cuando da sus primeros pasos, o expresa sus primeras palabras, sino que comienza desde el momento mismo en que principia el embarazo. Durante nueve meses, poco a poco, el hijo se va formando en el claustro materno y latiendo su corazón al compas del corazón de la progenitora. Dicho en otras palabras, la relación madre-hijo, es tan intensa que no existe ningún ser humano que pueda olvidarla. Tan cierto es lo que afirmamos que cuando un hombre pierde a su madre al nacer, es decir que no tuvo la posibilidad de conocerla físicamente, siempre presentirá la figura y los gestos de quien le dio el ser.

La veneración que el género humano guarda para la madre no ha comenzado recién. Existe prácticamente desde el inicio de la sociedad, y siempre los hijos la evocaron amorosamente. Lo que es más, a medida que envejecemos admiramos más su desprendimiento y comprendemos mejor sus desvelos. Por supuesto, cuando se produce el cruel hecho de la muerte crecen en intensidad el respeto y admiración en cuanto ella hizo. De aquí se desprende una gran verdad: aprovechemos los que tenemos aún la dicha de conservarla para demostrarle la pureza de nuestro cariño.

Alguien ha dicho, sin ningún fundamento, que el hombre debe reprimir sus afectos, ser sobrio con sus manifestaciones de cariño. Eso es verdad a medias, pues no corre cuando se trata de retribuir siquiera una parte de cariño a quien tanto nos dio.

Respeto y felicitaciones a las madres en su día universal y a la mía, la constancia de mi cariño