Todo hombre que intenta imponer a la fuerza por cualquier medio su criterio sobre el de los demás, es un tirano. El hombre es un ser racional, es decir posee, gracias a su Creador, el poder de razonar. No importa si su criterio es correcto o errado, si las bases de su pensamiento son falsas o reales, si las conclusiones que obtiene de ellas son buenas o malas. Cada persona es libre de tener su propio criterio y nadie, por más poderoso que sea, puede tener derecho a cambiar ese criterio o esa apreciación. Este es el verdadero poder de la democracia y de la libertad. Es diferente al accionar. Yo tengo derecho a actuar en la forma que me parezca, siempre y cuando respete en todo los derechos de los demás. Cuando con mi forma de actuar altero en alguna forma el derecho de los demás, cuando mato, violo, impongo por la fuerza mi criterio o mi pensamiento, estoy poniendo de lado las facultades de razonamiento que Dios me ha dado, para proceder como un animal, que no razona, sino que impone. El animal vence, el hombre convence. Se vence por la fuerza, por la potencia, se convence por el razonamiento.

Todo tratado impuesto por la fuerza dura lo que dura la fuerza en manos del ganador. Cuando el que perdió llega a tener más fuerza, puede vencer a su adversario y se cambian los papeles.

Imponer no es eterno, como la fuerza no es eterna. Mientras dura, persiste, si aparece una fuerza superior, desaparece. La única forma de vencer para el ser humano inteligente, es la de convencer, no con argumentos impositivos sino con razonamientos válidos. Para ello vale mucho la escucha con empatía, el comprender las razones del otro y buscar soluciones mejores que las tuyas y las mías.

Imponer es pobreza de espíritu. Es ser menos que el otro. Venzo porque soy más fuerte, no porque soy más inteligente, venzo porque yo tengo la fuerza, no porque yo tengo la razón, venzo porque puedo obligarte, no porque te haya convencido. Estas son las victorias pueriles, las victorias pírricas que destruyen al ser humano y que hacen que la persona poco inteligente, crea que ha vencido y que vale más que los demás. Todos los hombres valemos lo mismo y nuestro valor está dado por el hecho de que somos hijos de Dios. El que mi padre, mi pariente o amigo sea tal o cual cosa, no me hace diferente de los demás. Recuerdo una anécdota genealógica en la que un individuo se pavoneaba ante los otros, diciendo que su padre había sido Jefe de milicias de tal gran señor, su abuelo había sido Conde o Duque de tal parte, que su tatarabuelo había sido el brazo derecho de tal rey, y en ese momento, un amigo lo interrumpió diciéndole: “Oye, tú eres como la papa”. El otro se molestó y preguntó: “¿Por qué dices eso?” y el primero replicó: “Porque todo lo bueno que hay en ti está bajo tierra.

Aprendamos a valorarnos, aprendamos a usar el intelecto que Dios nos ha dado. Imponer sin convencer, porque tengo la fuerza, es la actitud pobre del individuo poco dotado, del grandulón abusivo, del matón de barrio. Hay una diferencia abismal entre este individuo y un verdadero hombre.