Ya hablé de José Antonio Ochaíta, poeta español brillante y como la semana pasada presenté el poema de Sandro “El Amante”, quiero presentar ahora este precioso poema, que para algunos puede ser un poco de escandaloso, pero que la fortaleza de su verso y sus argumentos sobre este tipo de amor prohibido, hacen de él un clásico imposible de olvidar.

ROMANCE DEL ACABOSE
José Antonio Ochaita

Aquello puede acabarse
del modo que te convenga.
Yo te prometo colgarme
en el pescuezo una piedra
y echarme de noche al río
sin que tú misma lo sepas.

Yo estoy dispuesto a cargar
con la pólvora más negra
un cachorrillo de hierro
y que las sienes me muerda.

Yo buscaré un escorpión
de uña retorcida y negra
y dejaré que en mi pecho
toda su ponzoña vierta.

Esto se puede acabar
del modo que te convenga:
esta tarde o esta noche
o después, cuando amanezca.

Sólo con que tú lo digas,
se acabó la historia aquella.
Pero lo que no podrás
es que acabemos a medias,
que en amistad trastoquemos
lo que fue pasión deshecha;
que tú vayas por la calle
y yo, por la calle venga
y nos digamos ¡adiós!
como amigos que se encuentran.

Que tu digas: “aquel tiempo…”
que yo diga: “aquella fecha…”
y que los besos sorbidos
boca a boca, vena a vena,
no se nos pongan de punta
como claras bayonetas
y nos claven por cobardes
sobre la cruz de las piedras.

Amantes fuimos los dos,
que amarse no da vergüenza;
comimos del mismo pan,
pisamos la misma hierba
y las paredes calladas
huelen, al que olerlo sepa,
a vida que hicimos juntos
llevando la misma senda.

Amantes fuimos los dos:
el fuego tú, yo la yesca,
tú la soga, yo el caldero,
tú el aire, yo la veleta.

Años enteros unidos
en una misma cadena
de sobresaltos y besos,
de conciencia y de inconsciencia,
de quietud y de inquietud:
¡Ay Dios, que si lo barruntan!
¡Ay Dios, que si lo comentan!
¡Ay que si me ven contigo!
¡Ay que contigo me vean!

Besos entre sobresaltos,
entre amarguras, promesas;
saber engañar a todos
y tener la verdad nuestra,
de estar por dentro casados
en una alianza secreta.

Casado estuve contigo;
aros fueron las estrellas
y en el libro de la vida,
quedó por siempre una fecha
que era Junio y era un día
que olía a cosas eternas.

Amantes fuimos los dos,
que amarse no da vergüenza;
amantes fuimos del llanto,
amantes de complacencia,
amantes porque me diste
todo lo que yo te diera.

La vida tuya fue mía,
la mía, tú te la llevas;
¡hasta ayer! Y ayer me dices
claramente y por las buenas,
que nos conviene acabar
con aquella historia. ¡Aquella!

Esto no nace de nuevo,
no lo improvisas a ciegas;
esto es razón razonada,
agua que viene de alberca.

Y, ¿que vamos a acabar?
Bueno, ¡como mejor que convenga!,
yo estoy dispuesto a colgarme
en el pescuezo una piedra
y a echarme de noche al río
sin que tú misma lo sepas.

¿Tú que harás? ¿entrarte a monja?
¿beber solimán a ciegas?
¿ponerte un ascua en las sienes
y que derritan su cera?
¡Sólo así podrá acabar
pasión que fue tan entera!

Pues, ¿Qué otra cosa creías?
Pues, ¿Qué otra cosa alimentas?
¡Qué amor se puede cambiar
en amistad sin ojeras!

¡Amantes y amigos son
como dos varas gemelas
y que se corta la una,
cuando la otra se seca!

¿Crees que a quien te tuvo en sus brazos
y saboreó tu lengua
y hundió la almohada contigo
junto a tu misma cabeza,
se le dice ¡adiós amigo!
Y se sigue la vereda?

Pero ¿quién te ha trastornado?
¿quién te ha dado esa ceguera?
El amor, cuando es amor,
sólo tiene dos certezas:
¡el odio, verdad de sangre!
¡la muerte, certeza negra!

¿Qué vamos a acabar? Bueno,
como mejor te convenga,
pero amigos ¡nunca!, ¡nunca!
Te estoy deseando muerta,
me estoy deseando muerto,
pero sin amor a medias.

Si tú quieres, llámame
que acudiré sin espera,
hazme el nudo corredizo,
hago yo el nudo a tu cuerda
¡y acabemos esta vida
que de tanto amar te pesa!