La historia es la repetición de los hechos sucedidos. Desde que el ser humano piensa y cree que puede controlar lo que le rodea, ha cometido los mismos errores durante toda su existencia. Desde el cavernícola hasta el hombre de la actualidad, todas las acciones que ejecuta el ser pensante se reducen a tratar de tener el mayor placer o tener el menor dolor…

En estas dos opciones terminan todas las decisiones que se llevan a cabo para vivir de la mejor manera. Desde el comienzo todo ha sido diseñado para obtener el mayor placer o el menor dolor.

Si analizamos las diferencias entre el habitante del siglo uno con el del XXI, concluiremos que no somos tan diferentes. El cavernícola nacía, comía, defecaba, crecía y moría. El hombre actual nace, come, defeca, crece y muere.

Los problemas consustanciales son los mismos. La necesidad de solventarlos es la misma desde el comienzo para los primitivos y actualmente también para nosotros. Todos los demás problemas son creados por el hombre para complicarse así mismo. Dinero, poder, leyes o informática, son exteriores que cambian la forma del humano pero no su verdadero fondo.

En la apariencia hemos evolucionado. En el fondo somos lo mismo. Nuestras preocupaciones son iguales a las que tuvimos el primer día que pensamos. El tiempo es una invención humana que da sentido a la experiencia. El tiempo es inexistente. Es el hombre que usa ese ordenador creado por sí mismo para medir las circunstancias de su existencia.

Así mismo, Dios es la consecuencia intelectual del pensamiento.

Los animales no se preocupan por quien los creó. Desde todos los tiempos y manifestado por todas las razas, a pesar de no haberse conocido y viviendo en sitios diferentes y épocas distintas, todos tuvieron la necesidad de creer en un dios.

Intelectualmente necesitaron la imagen de un dios al que reconocer, por no tener todas las respuestas en su propia limitación intelectual. El ser humano busca a dios por su fe, pero no por su convicción. Es más cómodo dejar lo incomprensible para que lo resuelva un ser superior, que reconocer nuestra ignorancia de no saber todas las respuestas.

Los hombres también se han divididos en líderes y seguidores. El líder es el que marca caminos y el que avizora cosas que otros no ven. Son visionarios que marcan senderos para que transiten los demás. Los seguidores son los que se afianzan a lo establecido y tienen miedo de los cambios. Prefieren las cosas como están y en la estabilidad radica su tranquilidad para vivir.

También existen los tiranos.

En todas las épocas y todos los pueblos, existieron seres autoritarios que se consideraron así mismos como ungidos y predestinados para ser los únicos que sabían lo que necesitaban los demás.

Son seres execrables llenos de prepotencia y autoritarismo. A base de la ostentación del poder, lo utilizan para satisfacer de manera inmediata sus caprichos y resentimientos. Son individuos sobrevalorados y Narcisistas. Son vanidosos contumaces que necesitan del adulo constante y la reafirmación permanente de su supremacía. También son entes despectivos que necesitan denigrar a todo aquél que pretenda ser su igual.

Según Sigmund Freud estos narcisos, son homosexuales reprimidos. Dice su teoría que ocultan su homosexualismo con demostraciones de braveza, falta de piedad, denigración, abuso, insulto a las mujeres. Parecería que en la denigración del otro encuentran la forma para alimentar su sobrevalorado ego y ocultar su problema de identidad libidinosa. Agreden constantemente para ocultar el miedo por el terror que se sepa su verdadero rol sexual.

Como son débiles aparentan fortaleza. Como son miedosos aparentan ser bravucones. Hacen gala de una valentía ficticia para ocultar el miedo que los corroe, escudándose en la fuerza del grupo. Son bravucones cuando andan acompañados de mucha gente y son muy machos hasta que se les presente un macho que los enfrente.

Son gárgolas carroñeras de sentimientos perversos. Jamás ha existido un buen tirano; así como no ha habido un déspota sanguinario que sea sensible y tolerante.

El déspota impone, arrasa, mata, o hace lo que sea para someter a los que se lo permiten.

En todos los pueblos, siempre ha habido tiranos sanguinarios. En su época, por su poder y su fuerza perecían invencibles.

Pero nunca han durado toda la vida y tarde o temprano acaban muertos. Generalmente son asesinados en manos de sus enemigos que son sus más cercanos amigos.

Los autócratas mueren con hechos de sangre, jamás de muerte natural. No ha existido ningún opresor en la historia de la humanidad que haya sido recordado como el tirano bondadoso, o el tirano generoso o el tirano tolerante. Son seres perversos que el destino permite que tiranicen por los propios errores de .los pueblos que lo permiten.

También, el mismo pueblo cuando se cansa de su crueldad; los mata. No conozco ningún tirano al que se le haya hecho un monumento de gratitud.

Sus estatuas están en los museos de cera como pruebas históricas de la aberración humana en el ejercicio del poder.

Es preferible un mal presidente a un tirano. Todo tirano dura solo lo que se le permita durar. Todo tirano se sostiene en el miedo que genera en los demás.

El día en que todos veamos al tirano como un simple hombre de carne y hueso al que no le tenemos miedo, lo derrocaremos. Cuando entendamos que somos muchos más nosotros que quién nos tiraniza; lo derrocaremos.

El alimento del tirano es el silencio del cobarde.