Historia

El estreno de Otelo, un acontecimiento singular

Buscamos eventos en el mundo actual que sean paralelos a lo que ocurrió en Italia y Milán el 5 de octubre de 1887 y no lo encontramos. La noche plagada de estrellas de la entrega del Oscar puede ser un gran suceso, la recepción al equipo de fútbol que regresa con la copa de Campeón del Mundo puede ser, en términos de la cantidad de gente y la alegría cívica, un evento aún mayor. En ambos ejemplos, el hecho que se está celebrando es el logro de un equipo de gente, no de un individuo, como fue con Verdi. Además, ninguno de los dos representa el arte en una de sus máximas expresiones.

Así que describamos lo que ocurrió ese 5 de febrero de 1887

Un gran evento artístico como la premier de Otelo fue vista en Italia como una ocasión para una celebración nacional y patriótica, con Verdi tratado como un héroe nacional retornando al suelo patrio luego de una gran victoria. El Alcalde de Milán ordenó que las calles y plazas alrededor de La Scala se cierren al tráfico todo el día 5. La muchedumbre que inundó el área hizo que la Via Manzini sea intransitable desde que los primeros rayos del sol hicieron su aparición. Al mediodía corrió el rumor que Francesco Tagmano (Otelo), estaba enfermo; un doctor fue enviado a su hotel. A las cuatro se supo que su peluca no le quedaba bien y que se había enviado urgentemente por otra. Todas las ventanas y balcones alrededor de La Scala estaban llenos de gente; tapetes brillantes y damascos dorados y escarlatas colgaban de las ventanas. A pesar del frío las ventanas estaban abiertas y la multitud gritaba incansablemente ¡Viva Verdi! A todo lo largo de la Vía Manzini desde el Gran Hotel de Milán hasta el teatro.

La premier de Otelo fue una de las producciones más importantes en la historia de la opera. El primer trabajo de Verdi después de Aída (1871) marcó un apoteósico triunfo para su creador, quien había sido dignificado días antes – el 27 de enero-, por el rey Humberto I, quien lo condecoró con la Gran Cruz de la Orden de los Santos Mauricio y Lázaro. Tres días más tarde, el 30 de enero, Verdi había enviado al Ministro del Interior, un telegrama de agradecimiento. Para alguien que no esté íntimamente familiarizado con la personalidad de Verdi, el telegrama parece justamente reunir la necesaria y esperada obsecuencia y gratitud. Para aquellos que hemos aprendido a conocerlo, hay un fondo de ironía y sarcasmo propio del artista.

“Estoy profundamente agradecido que Su Majestad, Nuestro Rey, se haya dignado recordar mi pobre nombre. El honor que él ha deseado otorgarme es una gran compensación por lo poco que he podido lograr en mi larga, ahora muy larga, carrera artística. Este alto honor será un recuerdo precioso para mí en los años que aún me quedan de vivir en la quietud de mi villa”

Arrigo Boito (libretista de Otelo) y Giuseppina Strepponi (segunda esposa de Verdi) se sentaron juntos en su palco. Verdi, típicamente se mantuvo entre bastidores, donde podía caminar y dar vueltas como un padre esperando el nacimiento del hijo. La ovación comenzó con el primer acto; el coro “Fuoco di gioia” tuvo que ser repetido. Al finalizar el acto el auditorio exigió que Verdi salga a escena a recibir los aplausos. Un testigo, Gino Monaldi recuerda:
“Un estruendoso aplauso acompañado de gritos, zapateos y hasta alaridos hizo que todo el teatro tiemble hasta sus cimientos. Verdi inclina un poco la cabeza y sonríe, el frenético entusiasmo del respetable hizo brotar lágrimas de sus ojos.”

Los aplausos y gritos de “¡Bravo!”, “¡Viva Verdi!” se fueron incrementando a medida que la opera avanzaba. En el cuarto acto, la “Canción del Sauce” de Desdémona también tuvo que ser repetida y cuando el telón cayó finalmente se produjo un instante de reverente silencio preludio de la tempestad. Pandemonio estalló en el teatro. Verdi, el director y los cantantes fueron llamados a escena docenas de veces. Verdi llamó a Boito del palco a la escena en donde lo tomó de la mano y lo condujo al centro del escenario para que sea aplaudido. Boito luego dijo que era un gesto que nunca olvidaría. (Verdi siempre dijo que Otelo era un hijo de Verdi y Boito).

Lo que ocurrió cuando Verdi dejó La Scala es mejor que lo copiemos de lo que Mary Jane Phillips Matz escribió porque ustedes probablemente creerán que son exageraciones mías.

“Cuando Verdi, Giuseppina y Boito salieron del teatro, la multitud que esperaba en la puerta de ingreso de los artistas casi le arrancan la ropa al Maestro. Su carruaje se movió apenas unos metros cuando fue detenido por la multitud al grito de “Saquen los caballos”. Una vez retirados los animales intentaron elevar la carroza en los hombros para finalmente llevarla hasta el Grand Hotel de Milán arrastrada en turno por toda la delirante masa. Verdi, dijo Boito luego, estaba pálido de la emoción.

Cuando llegaron al hotel les era imposible descender de la carroza. Verdi finalmente pudo salir solo dejando a Giuseppina al cuidado de Boito. Tratando de llegar a la puerta, la multitud, descrita por Boito como “demente”, lo rodeó completamente, estrujándolo y abrazándolo. Una vez a salvo en el hotel, Verdi, Boito y los cantantes tuvieron que acudir al balcón del hotel que daba a la Via Manzini innumerables veces a recibir los aplausos y “rugidos” de la multitud congregada. Serenatas se dieron al pie de la ventana del cuarto de Verdi hasta las cinco de la mañana”

Como siempre, fue la inteligencia de Giuseppina la que mejor captó la importancia y el significativo de las demostraciones en honor de su marido. Describiendo los hechos, escribió a Marieta Calvi Carrera que la ovación a Verdi fue:

“Ensordecedora, llegando al punto del delirio. Pero debo confesarte que a mí me emocionó sobremanera porque esta apasionada demostración, es motivada por una alta estimación, un afecto que tiene mucho que ver con la comprensión que todo el mundo le ha ofrecido a Verdi a lo largo de su extensa carrera. En Milán el dio la primera prueba de su inmenso don; ¡Y quería entregarle a Milán el último producto de su genio! ¡Ese genio de Verdi está ineludiblemente identificado con la resurrección de Italia!”

Felizmente a salvo en el interior del hotel, Verdi estuvo rodeado de su círculo íntimo: Giuseppina, Boito, Teresa Stolz (la primera Aida), Tito Ricordi (editor), Enrico Faccio (Director de Orquesta) y el tenor Francesco Tagmano (que había cantado el papel de Otelo). Verdi tenía 74 años, pensaba que este sería su última ópera y la magnificencia con que Otelo había sido recibida le había hecho experimentar un sentimiento de finalidad, de “haber sido”, de que su larga y exitosa carrera había terminado. Once meses después de la premier Verdi le describió a Enrico Faccio lo que sintió esa noche:

“Esa noche, cuando me disponía a salir del teatro en medio de las afectuosas felicitaciones detrás del escenario, me encontré en las escaleras con los músicos de la orquesta, quienes, profundamente emocionados por todo lo que había ocurrido esa noche, sin decir una palabra, uno a uno fueron tomando mi mano y en sus miradas se leía el siguiente mensaje: “Maestro, no nos volveremos a encontrar aquí, nunca jamás” “Nunca jamás” son dos palabras iguales al repique de las campanas por los muertos”

Consecuentemente, Verdi, rodeado de sus familiares y amigos en el hotel, entró en una profunda depresión, “melancolía” como la llamaban sus allegados. Un reportero que se encontraba en el hotel escribió años después:

“El Maestro dijo que se sentía como si “hubiera disparado mi último cartucho “Nosotros tratamos de reanimarlo y sacarlo de ese estado, pero el venerable viejo meneó la cabeza y dijo “¡Oh gloria, gloria! ¡Amé tanto mi soledad en unión de Otelo y Desdémona! Ahora el público siempre hambriento por lo nuevo me los ha quitado. Entonces dijo algo que nos levantó el ánimo y arrancó lágrimas de Arrigo Boito: “Amigos, si tuviera 30 años menos, desearía iniciar una nueva opera mañana, siempre y cuando Boito escriba el libreto”

Felizmente, Verdi pudo salir de este estado. Dos años y medio después de la premier de Otelo casualmente le comentó a Boito lo interesante que era el tema de Shakespeare “Las Alegres Comadres de Windsor” y el personaje de Sir John Falstaff como tema para una ópera cómica. Eso es todo lo que necesitaba Boito, comenzó a escribir el libreto y obtuvo el visto bueno y el entusiasmo de Verdi. El 9 de febrero de 1893, un Verdi de 79 estrenó la que sería su última obra, la Opera cómica Falstaff. Una obra de arte con uno de los mejores libretos que se han escrito en la historia de la opera. Ocho años después moría Verdi un 27 de enero, de 1901, por coincidencia trágica, la misma fecha del mes en que nació Mozart

Arturo Toscanini ingresó a la orquesta de la Scala como cellista un poco antes de los ensayos de Otelo y se deslumbró con la música. Una noche llegó a su casa, despertó a su madre y gritó

“¡Otelo es una obra de arte! ¡Una maravillosa obra de arte! ¡Arrodillémonos y gritemos Viva Verdi, Viva Verdi!”

A la pobre madre de Toscanini no le quedó más remedio que imitar a su hijo.

Los invito lectores a que acatemos el pedido de Toscanini y mentalmente nos arrodillemos y brindemos un homenaje a este extraordinario compositor cuyas primeras óperas fueron iluminadas en los teatros por las luces de las velas y su ultima por la luz eléctrica y que nos ha entregado maravillas de obras de arte para nuestro deleite, además de constituirse en un ser humano íntegro y muy particular, digno de toda admiración.

¡Viva Verdi!

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