Hay quien dijo que “la vida es un espacio entre dos oscuridades”. San Alberto Hurtado, S.J., dijo: “la vida es un espacio entre dos eternidades”. ¿Qué es la vida? La vida es energía en movimiento. La vida debería ser para todos como un destello de luz.

Estamos en un tiempo de espera, esperar es tener esperanza. Quien no tiene esperanza no tiene nada que esperar.

Esperamos celebrar días festivos y entre esas festividades, la más importante es, inclusive por tradición, la Navidad. Lo que sucede es que la tendencia del mundo ha ido haciendo variaciones en el concepto básico de las cosas. Festejar no es gastar, menos aún, despilfarrar. Festejar es estar felices por “algo” que nos llena el corazón de alegría.

Y ese “algo” es sin duda, el Amor. No hay ningún motivo tan válido para celebrar a lo grande.

En la India, hay una celebración especial, el Diwali, o el festival de las luces. Una fiesta religiosa celebrada una vez al año. La gente estrena ropa y comparte dulces. Grandes y chicos hacen explotar petardos y fuegos artificiales. Es el año nuevo hindú, por lo tanto es un día muy significativo.

Pero a más de la comida, las ofrendas florales, las luces, el incienso y los regalos, se encienden velas. Las velas están en todas partes, en las veredas, en los tejados, y se abren las puertas y las ventanas de las casas… Previamente se han limpiado las casas por completo, eliminando todo lo que sea inútil.

Según la tradición hindú, Rama, había sido desterrado, y los habitantes encendieron las velas, llenaron las murallas y los tejados con lámparas para que Rama pueda encontrar fácilmente el camino de regreso…

Todo se parece. El simbolismo se llena de significado.

Si Dios ha sido desterrado de nuestros corazones, no solo adornemos el exterior, no solo preparemos ricos manjares, no solo regalemos cosas. Limpiemos el interior de nuestro ser, encendamos la luz de nuestra alma y abramos las puertas y ventanas de nuestro corazón de par en par…para que Dios encuentre fácilmente el camino de regreso…o tal vez para que nosotros una vez limpios e iluminados nos demos cuenta de que Él estaba ahí, siempre, y que era nuestra oscuridad lo que nos impedía ver su presencia.