Soy vegetariano desde los 19 años de edad, o sea, llevo 40 años de serlo. Me convertí en vegetariano principalmente por razones higiénicas y dietéticas, continúo siéndolo por razones éticas. Trato de, hasta donde mi atención y sentido de conservación me lo permiten, no tronchar la vida de cualquier ser viviente que tenga ojos, se mueva y sea capaz de sentir de alguna manera. Si estuviera a mi alcance evitaría matar directa o indirectamente a los vegetales, microorganismos y protistas, pero sabemos que eso es absolutamente imposible e inevitable para ellos. Unos matan y otros mueren. No es la muerte en sí lo que nos conmueve, sino la muerte innecesaria y evitable.
Y ese mismo es uno de los lados trágicos de la vida: matar para vivir, defenderse de no ser matados para seguir viviendo. En ese entramado de existencias violentamente quebrantadas se fue construyendo la historia que llevó a inquietas proteínas a organizarse hasta llegar a constituir el último escalón conocido de la Vida: la especie humana. Y con ella aparecieron otros productos que superan las fuerzas más o menos ciegas, aunque inteligentes, de la pura Biología: conciencia, sociedad, valores, libertad. Espíritu, en definitiva.
La Naturaleza no necesita que le reconozcan o le otorguen derechos. La Naturaleza simplemente ES. Ella, con o sin derechos, tarde o temprano se impone y se impondrá. Así ha venido siendo desde hace casi 4.000 millones de años y así siempre será. A quien no respeta las leyes de la vida, la Vida lo arranca implacable y lo saca del camino como a una insignificante brizna de hierba. Millones de especies han desaparecido de esa manera. Por inútiles, por incongruentes, por no marchar en el sentido sagrado al cual la Vida se dirige. Pretender concederle derechos a la Naturaleza, a más de una perversión jurídica, constituye una fábula pueril con la que unos cuantos asambleístas, carnívoros irredentos probablemente, nos sorprendieron. Hoy, los comandantes de aquellos asambleístas, intentan el segundo capítulo de aquella supersticiosa pretensión, menos jocosa esta vez: a fuerza dizque de evitar el estúpido sacrificio de los toros en los ruedos intentan imponer una óptica particular a quienes eso agrada o divierte.
Vamos por trechos. Soy de aquellos a quienes el toreo disgusta repugna es la palabra más precisa y no veo arte en esa innecesaria crueldad. Pienso que es un espectáculo bastante aburrido y aberrante por demás. Igual cosa pienso de las peleas de gallos, la caza y la pesca “deportivas” y no se si me falta algún otro pasatiempo sangriento. Pero así mismo me constituyo en defensor a ultranza del derecho de quienes disfrutan y se dedican a esos menesteres, por muy desagradables que a mí me resulten o por muy aberrantes y aberrados que los disfrutadores a mi me parezcan.
Yo sería muy feliz si no existiesen corridas de toros, peleas de perros o de gallos, caza y pesca “deportivas”, y estoy seguro que los gallos, los toros, los peces, aves y venados serían mucho, muchísimo más felices aún. Pero, la compasión no puede ser pretexto para matar la libertad. Y es que el tema, queridos lectores, no son los toros ni los gallos. El tema es la libertad, la libertad de pensar, sentir y disfrutar, aún cuando sea de manera no solo diferente, sino totalmente opuesta a la mía.
Me encantaría, por ejemplo, que toda la gente, del Ecuador y todo el mundo, fuesen vegetarianos. Que empezasen a amar a los animales no comiéndoselos. Creo que a estas alturas, a nadie que tenga conocimientos suficientes, se le ocurre pensar y decir que la alimentación basada en el consumo de carnes es dietéticamente imprescindible. Hay suficientes estudios y suficiente evidencia para demostrar que no es así. Los seres humanos no necesitan matar animales para nutrirse adecuadamente. El consumo de carne de animales es más una costumbre y un uso cultural, muy arraigado por cierto, en casi todas las culturas ¿Entonces, qué pasaría si mañana, basado en esa evidencia y en la defensa de los pobres bichos sacrificados que terminan en una olla, algún gobierno pretendiera imponer el vegetarianismo a todos? Eso, por muy vegetariano que yo sea, me repugnaría tanto como el hecho de obligara a comer carne. Tendría que tragarme la imposición, el asesinato de una opción propia y eso si jamás lo podré tragar.
Me encantará el día que no hayan corridas de toros en Ecuador y en cualquier parte, no porque alguien lo impuso, sino porque se esfume la taquilla, porque el público desapareció para un espectáculo tan idiota (con el perdón de los taurinos). Gozaré el día que quiebren las ventas de cañas de pescar o las escopetas de caza, pero porque la gente haya madurado en su relación con el mundo y los animales y no encuentre ninguna diversión en matarlos.
El respeto a la vida y la naturaleza solo es honorable cuando surge de la ética personal y ésta de una convicción, jamás de una imposición. El respeto que no respeta y no surge de la conciencia es un irrespeto. Los taurinos tienen derecho de asistir a sus corridas, como los antitaurinos de trabajar por demostrar y difundir a la gente la inutilidad, crueldad y maldad de ese espectáculo, eventos a los que me sumo y espero que algún día florezcan en una toma colectiva de conciencia que haga desaparecer el “arte” taurino por simple consunción, porque no es negocio ya agotar y pinchar toros hasta su muerte.
Seamos claros. Lo que intentan es ponernos a discutir estas cosas mientras lo que tratan es de pasarnos bajo nuestras narices otras tanto o más terribles, ahora en la línea de apoderarse de opiniones, opciones, voluntades. Una vez más, tras la verborrea solidaria lo que se esconde es una intención totalitaria. Oponerse a las corridas es chic, puede ser un nuevo hobby de algunos jóvenes que añoran el forajidismo y que tras manifestarse contra el toreo no vacilan en zamparse una sanguinolenta parrillada y dejar huérfanos a unos cuantos terneritos. Yo no creo en esos defensores de la naturaleza y en ese tipo de compasión acomodaticia de moral doble o triple. La no-violencia es integral, impregna toda la conducta o es embustera.
Es triste que a nombre de la libertad se mate a los toros, pero es mucho más triste que a nombre de los toros se mate a la libertad. Al final quedarán toros y libertad asesinados.

El problema que estos politicos tienen con los toros, es que no los quieren ver ni en pelicula pues les recuerda sus cabezas cachudas. Y los gallos de pelea pues estos pajaracos tienen mas huevos que muchos de ellos.
Bueno, ya lo ves, todo es sicologico.
sino con otro fin o Proposito de Vida, es alagadora tu exposicion de la crueldad existente y de la reflexion que debemos tomar, para que no deban existir estos sacrificios de ningun tipo ni de ninguna manera saciando la excarbante mente humana de unos cuantos que denigran a la humanidad con estos actos.